Las ideologías no regresaron. Nunca se fueron. Lo que desapareció fue nuestra capacidad para reconocerlas.
A comienzos de la década de 1990, el mundo pareció entrar en una nueva era histórica. El derrumbe de la Unión Soviética puso fin a la Guerra Fría y alimentó una convicción ampliamente compartida: las grandes ideologías que habían dominado el siglo XX estaban agotadas. El comunismo había sido derrotado; el fascismo pertenecía al pasado; la democracia liberal y la economía de mercado parecían haber demostrado una capacidad superior de adaptación, estabilidad y prosperidad.
Por un momento, pareció que la política había encontrado su punto de llegada.
Francis Fukuyama formuló la versión más célebre de esa expectativa. La humanidad, sostuvo, asistía al triunfo histórico de la democracia liberal como forma de gobierno dotada de legitimidad universal.
Samuel Huntington ofreció una interpretación diferente. Las antiguas fronteras ideológicas estaban siendo sustituidas por divisiones culturales y civilizatorias. El gran conflicto del futuro ya no enfrentaría principalmente doctrinas políticas rivales, sino civilizaciones distintas.
Treinta años después, ambas tesis requieren revisión porque la historia no terminó y tampoco se convirtió simplemente en un choque de civilizaciones.
Ocurrió algo más complejo: las ideologías sobrevivieron. Y entre todas ellas, una demostró una capacidad extraordinaria para adaptarse a un mundo que creía haberla superado: el nacionalismo.
Creímos que las ideologías habían muerto porque una de ellas había perdido la Guerra Fría.
Nos equivocamos.
Una palabra con historia
La palabra ideología fue acuñada a finales del siglo XVIII por el filósofo francés Antoine Destutt de Tracy. Su propósito era fundar una ciencia de las ideas que permitiera comprender racionalmente el origen de las creencias humanas.
Posteriormente, Napoleón utilizó después el término para ridiculizar a intelectuales que consideraba alejados de la realidad política. Y Karl Marx le cedió un significado crítico más duradero al entender la ideología como un sistema de representaciones capaz de ocultar relaciones reales de poder y dominación.
Fue en el transcurso del siglo XX que Karl Mannheim amplió el concepto. Toda visión política del mundo, sostuvo, está condicionada por circunstancias históricas y sociales determinadas.
Esa perspectiva resulta especialmente útil para comprender nuestra actualidad histórica.
Las ideologías no son simples errores intelectuales. Son formas de ordenar la experiencia, construir identidades y otorgar significado a la historia.
No solamente explican cómo es el mundo: también indican cómo debería ser.
Por eso no desaparecen simplemente porque una determinada doctrina haya sido derrotada.
El siglo de las ideologías
Pocas épocas ilustran mejor esa realidad que el siglo XX.
Liberalismo, socialismo, comunismo, fascismo y nacionalismo fueron fuerzas capaces de movilizar millones de personas, derribar imperios, fundar Estados y desencadenar guerras regionales y mundiales.
Las ideologías ofrecían algo que las instituciones por sí solas no podían proporcionar: una explicación del mundo y una promesa de futuro.
Durante décadas, el conflicto principal enfrentó a la democracia liberal y al comunismo soviético. La caída de este último llevó a muchos a concluir que la época de las ideologías había terminado.
Pero la antedicha conclusión confundía la derrota de una ideología particular con el agotamiento del fenómeno ideológico. Y, por añadidura, soslayaba que los seres humanos necesitan relatos colectivos que respondan preguntas elementales: ¿quiénes somos?, ¿a quiénes pertenecemos?, ¿qué valores defendemos?, ¿qué futuro queremos?
Cuando un relato pierde fuerza, otro ocupa su lugar.
La democracia liberal pareció durante un tiempo capaz de sustituir los grandes relatos por una combinación de derechos individuales, mercados, prosperidad y procedimientos electorales.
Pero la prosperidad no suprime la necesidad de pertenencia. Y la política no desaparece porque decidamos llamarla pragmatismo.
Huntington y el error de las civilizaciones
La tesis de Huntington contenía una intuición valiosa: la cultura importa. Las identidades históricas, religiosas y lingüísticas siguen influyendo profundamente en la política mundial.
Pero Huntington concedió a esas identidades una autonomía que rara vez poseen.
Taiwán demuestra que una comunidad culturalmente china puede desarrollar una identidad política democrática claramente diferenciada del autoritarismo de Pekín.
Singapur ofrece otra advertencia contra la idea de que una cultura determina necesariamente un régimen político.
Ucrania demuestra, a su vez, que vínculos históricos, religiosos y lingüísticos profundos no impiden una guerra cuando existen proyectos políticos incompatibles.
Las movilizaciones prodemocráticas de Hong Kong o las protestas contra la teocracia iraní muestran igualmente que las aspiraciones políticas atraviesan las fronteras culturales.
La cultura importa, pero no decide por sí sola el destino político de una sociedad.
La misma tradición cultural puede producir proyectos políticos diferentes. La misma religión puede coexistir con sistemas distintos. La misma lengua puede servir tanto a democracias como a autoritarismos.
La cultura proporciona materiales. La política decide qué hacer con ellos.
Por eso la política contemporánea continúa girando alrededor de cuestiones clásicas: libertad, autoridad, representación, soberanía, derechos individuales, límites del poder y legitimidad de la fuerza.
El vocabulario cambia. El conflicto permanece.
El nacionalismo: la ideología sobreviviente
Entre las ideologías modernas, ninguna ha demostrado una capacidad de supervivencia comparable a la del nacionalismo.
Eric Hobsbawm observó que muchas tradiciones nacionales que hoy parecen ancestrales fueron construcciones relativamente recientes. Por su lado, Ernest Gellner mostró que las naciones son inseparables de las transformaciones económicas y culturales de la modernidad. Y Benedict Anderson definió la nación como una “comunidad imaginada”: una comunidad cuyos miembros nunca conocerán personalmente a la inmensa mayoría de sus compatriotas y que, sin embargo, se sienten unidos por una pertenencia compartida.
Lejos de debilitar la idea nacional, esas interpretaciones ayudan a comprender su extraordinaria fuerza.
La nación no es una realidad biológica ni una herencia inmutable. Es una construcción histórica capaz de generar algunas de las lealtades más intensas de la política moderna.
Durante el siglo XIX, el nacionalismo contribuyó a la formación de los Estados modernos. En el siglo siguiente impulsó procesos de independencia y liberación nacional, pero también alimentó movimientos expansionistas y autoritarios.
En el siglo XXI ‘vuelve y vuelve’ a ocupar un lugar central.
China reivindica el nacionalismo como fundamento de su ascenso global. Rusia justifica parte de sus ambiciones geopolíticas mediante narrativas nacionales e imperiales. India experimenta una creciente afirmación nacional vinculada a la identidad mayoritaria hindú. En Europa y Estados Unidos proliferan movimientos que presentan la soberanía nacional como respuesta a la globalización, las migraciones y la pérdida de confianza en las instituciones tradicionales.
El nacionalismo no ha regresado porque nunca desapareció.
Simplemente dejó de ocupar el centro del escenario.
Mientras buena parte de las élites hablaba de globalización, integración y cosmopolitismo, la nación continuaba ofreciendo algo más elemental: pertenencia.
Nacionalismo y democracia: una alianza peligrosa
¿Es el nacionalismo enemigo de la democracia? No necesariamente.
¿Es su aliado natural? Tampoco.
Durante mucho tiempo, ambos fenómenos avanzaron juntos. Los movimientos nacionales europeos del siglo XIX estuvieron frecuentemente asociados a demandas de representación, ciudadanía y soberanía popular. La nación proporcionaba el marco dentro del cual los ciudadanos podían gobernarse a sí mismos.
La democracia moderna –como quien dice, a la sombra de las ciudades-estados (πόλις) de la Grecia antigua– nació, en gran medida, dentro de Estados nacionales.
Pero la misma fuerza que produce solidaridad puede producir exclusión.
Isaiah Berlin observó que el deseo de pertenencia constituye una necesidad política profunda. Cuando se combina con instituciones liberales puede reforzar la cohesión democrática. Cuando se transforma en exclusión, uniformidad o culto identitario, puede derivar hacia formas más primitivas y autoritarias.
Existe un nacionalismo cívico que concibe la nación como una comunidad de ciudadanos libres e iguales ante la ley.
Y existe un nacionalismo étnico que define la pertenencia mediante criterios de origen, religión o cultura considerados excluyentes.
La nación puede ser el espacio de una ciudadanía común o convertirse en el instrumento para decidir quién merece pertenecer.
Puede decir “somos iguales porque compartimos una comunidad política”; sin embargo, también puede decir “somos iguales porque somos de los nuestros”. La diferencia aparenta ser imperceptible, aunque en el espacio político es decisiva.
Las democracias necesitan identidades colectivas capaces de sostener la solidaridad cívica. Pero también necesitan preservar el pluralismo, la diversidad y los derechos individuales que limitan el poder de las mayorías.
Al igual que el reconocimiento del “yo”, una democracia necesita un “nosotros”, pero debe impedir que ese nosotros se convierta en un “nosotros contra el otro” o “contra ellos”.
La paradoja liberal
Llegamos así a una de las grandes y más significativas paradojas de nuestro tiempo.
La democracia liberal triunfó frente al comunismo porque ofrecía libertad, prosperidad y pluralismo. Pero, al convertirse en el modelo dominante, comenzó a comportarse como si ya no necesitara defender una visión política del mundo.
La palabra ideología adquirió entonces una connotación casi exclusivamente negativa.
Ideológico era el adversario. Pragmático era uno mismo.
Mientras tanto, las sociedades occidentales experimentaban globalización, inmigración, desindustrialización, revolución tecnológica, debilitamiento de comunidades tradicionales y creciente distancia entre ciudadanos e instituciones.
Muchas personas comenzaron a sentir que grandes cambios se producían sin que ellas pudieran decidir sobre ellos.
En ese vacío reapareció la nación.
No necesariamente como nostalgia del pasado, sino como demanda de control.
“Recuperar el país frente a los otros”, “recuperar nuestra soberanía”, “poner primero a los nuestros”: detrás de consignas distintas aparece una misma intuición política. La globalización había ampliado el mundo. El nacionalismo prometía volver a hacerlo manejable.
Por eso sería un error interpretar su crecimiento únicamente como nostalgia o irracionalidad. También puede entenderse como respuesta a experiencias reales de desarraigo, pérdida de control y debilitamiento de los vínculos colectivos.
El quid de la cuestión es que una respuesta comprensible no es necesariamente una respuesta democrática. Si bien el nacionalismo puede recuperar solidaridad, también puede fabricar enemigos.
Puede devolver capacidad de decisión a los ciudadanos y también concentrar el poder en nombre de la nación.
Puede defender la soberanía nacional y también es capaz de utilizarla para erosionar las instituciones que limitan al poder.
La revancha de las ideologías
Por consiguiente, la principal lección de las últimas tres décadas quizá sea que las ideologías no fueron sustituidas por los mercados, las tecnologías ni las civilizaciones.
Cambió el escenario, mas no desapareció la necesidad de interpretar el mundo.
La democracia liberal continúa siendo una ideología en el sentido más amplio del término: una visión de la sociedad basada en la libertad individual, el pluralismo, el Estado de derecho y la limitación del poder.
El nacionalismo sigue siendo otra: una concepción de la comunidad política fundada en la pertenencia nacional y la soberanía colectiva.
El problema no consiste en escoger entre ideología y ausencia de ideología. Tal opción no existe.
Solo queda la de decidir qué ideas pueden convivir con la libertad y cuáles necesitan destruirla para imponerse.
Fukuyama se equivocó no porque la democracia liberal haya perdido su fuerza, sino porque confundió su triunfo sobre el comunismo con una victoria definitiva sobre la historia política.
A su vez, Huntington acertó al advertir que las identidades importan, pero desvarió al imaginar que las civilizaciones sustituirían a las ideologías como principal fuente de conflicto.
Ninguno vio completamente lo que estaba ocurriendo.
La política no había dejado de necesitar ideas. Simplemente estaba cambiando de ideas. El nacionalismo reapareció porque seguía ofreciendo algo que ningún sistema puramente institucional puede proporcionar: la sensación de pertenecer a un “nosotros” con memoria, territorio, símbolos y destino compartidos.
Esa es su fuerza. Y su peligro.
Las ideas políticas no desaparecen cuando dejan de estar de moda. Cambian de lenguaje, adoptan nuevos enemigos, encuentran nuevas tecnologías y regresan bajo nuevos nombres.
La cuestión ya no es si las ideologías volverán.
Ya volvieron. Y están, no solo afuera, sino a lo interno de nuestras fronteras.
La cuestión es qué haremos con ellas.
Y sin quizás que valga, ese es el verdadero desafío de la democracia liberal: no construir un mundo sin ideologías, sino impedir que quienes prometen identidad, pertenencia y destino colectivo tengan que destruir la libertad para poder ofrecerlos.
Las ideologías no murieron. Pena que solo hemos estado mirando hacia otro lado.
Bibliografía básica
Anderson, Benedict. Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism. Verso, 1983.
Berlin, Isaiah. The Crooked Timber of Humanity. Princeton University Press, 1990.
Fukuyama, Francis. The End of History and the Last Man. Free Press, 1992.
Gellner, Ernest. Nations and Nationalism. Cornell University Press, 1983.
Hobsbawm, Eric. Nations and Nationalism Since 1780. Cambridge University Press, 1990.
Huntington, Samuel P. The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order. Simon & Schuster, 1996.
Mannheim, Karl. Ideology and Utopia. Routledge, 1936.
Marx, Karl y Engels, Friedrich. The German Ideology. 1846 (ediciones diversas).
Snyder, Timothy. The Road to Unfreedom. Tim Duggan Books, 2018.
Tamir, Yael. Why Nationalism. Princeton University Press, 2019.
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