Hace poco publiqué en Acento dos artículos sobre la conocida polémica entre Albert Camus y Jean-Paul Sartre, provocada por la publicación de El hombre rebelde y por la crítica que Francis Jeanson hizo del libro en Les Temps modernes. Mi punto de partida había sido una ponencia de Tony Raful, reconocido escritor y político dominicano, actualmente embajador de nuestro país en España. Raful defendía la posición de Camus y formulaba varias críticas a Sartre, entre ellas su supuesto mesianismo, determinismo y una concepción de las relaciones humanas que dificultaría el reconocimiento del prójimo.
En aquellos artículos respondí a esas críticas desde mi lectura de Sartre. Ahora quiero regresar a la fuente y formular una pregunta anterior: ¿de qué acusa realmente Camus a Sartre?
Tengo impresa en español la polémica completa y he vuelto a leer la carta de Camus. Además, un colega a quien tomo muy en serio intelectualmente me envió recientemente un trabajo que no pude abrir, pero cuyo título anunciaba una clara defensa de Camus. Esto aumentó mi interés por volver directamente a los textos. En este artículo me limitaré, de manera extremadamente sencilla y clara, a Camus. En otro caso, presentaré la respuesta de Sartre, quien, como veremos, se defiende de estas acusaciones.
Camus comienza cuestionando el método empleado por el colaborador de Les Temps modernes para juzgar su libro. No me detendré, sin embargo, en esa discusión sobre el método de la crítica, pues aquí me interesa atender exclusivamente a las objeciones teóricas que aparecen en la carta.
La primera precisión teórica es importante. Camus no escribe simplemente que Sartre sea «mesiánico», «determinista» o que no tome en cuenta al prójimo. Algunas de estas expresiones son interpretaciones posteriores de una crítica más compleja. Sin embargo, las tres tienen relación con problemas que Camus plantea.
El mesianismo
Uno de los ejes de la carta es la concepción de la historia. Camus sostiene que «el antihistoricismo puro» puede ser tan peligroso como «el puro historicismo» (Camus, 1999, p. 36), y precisa que El hombre rebelde «no niega la historia», sino que critica «la actitud que lleva como finalidad el convertir a la historia en un absoluto» (Camus, 1999, p. 37).
Camus no llama personalmente «mesiánico» a Sartre. El término aparece referido a Marx: recuerda haber escrito que Marx mezcló en su doctrina «el método crítico más valedero y el mesianismo utópico más discutible» (Camus, 1999, p. 42).
¿Qué cuestiona? Una filosofía de la historia que atribuya al proceso histórico una finalidad futura capaz de justificar los sacrificios presentes. Camus afirma que los sacrificios exigidos por la revolución marxista solo pueden justificarse «en consideración a un fin feliz de la historia» (Camus, 1999, p. 45).
De ahí surge la pregunta dirigida a Sartre: si el hombre posee un fin determinado de antemano, ¿Qué ocurre con la libertad que el existencialismo había defendido? Camus ve una tensión entre la libertad sartreana y un marxismo que pudiera introducir un fin previsible de la historia.
¿Determinismo?
Esto conduce a la segunda crítica. Camus tampoco demuestra que Sartre sea, sin más, un determinista histórico. Lo interroga desde sus propios principios. Si la historia tiene una finalidad necesaria, ¿cómo conservar aquella «terrible e incesante libertad» de la que Sartre habla? (Camus, 1999, p. 45).
La objeción se vuelve más clara cuando Camus advierte que, si la historia se convierte en «única razón y única regla», terminaría divinizada. Y agrega que ello supondría «la negación de la libertad y de la aventura existenciales» (Camus, 1999, p. 46). No rechaza la historia; rechaza su absolutización.
Camus intenta situarse entre una libertad abstracta y una necesidad histórica que absorba la libertad. Más adelante expresa el dilema al hablar de «la relativa libertad y la necesidad de la historia» (Camus, 1999, p. 48). Detrás de esta discusión hay una preocupación ética y política: ¿puede sacrificarse al ser humano presente en nombre de una humanidad futura?
¿Falta de amor o ausencia del prójimo?
La tercera crítica exige mayor cautela. No encuentro en la carta una acusación directa según la cual Sartre carezca de amor.
Lo que sí aparece con fuerza es el ser humano concreto que puede convertirse en víctima de una política legitimada por la historia. Camus habla de los campos de concentración y del terror (Camus, 1999, p. 43); de pueblos utilizados por las necesidades de la guerra y del poder; de víctimas que los verdugos se intercambian, y de aquellos para quienes «la historia es una cruz antes de ser un tema de tesis» (Camus, 1999, p. 48). También rechaza que, en determinadas condiciones, el individuo pueda ser esclavizado (Camus, 1999, p. 49).
Aquí encuentro la base más sólida para relacionar su carta con la cuestión del prójimo. Camus no acusa a Sartre de «no amar». Su preocupación es que una teoría histórica pueda convertir a las personas en medios para un futuro prometido. El prójimo aparece, entonces, como límite ético de la política.
Mesianismo, determinismo y olvido del prójimo convergen en una misma preocupación: la absolutización de la historia. Esta puede amenazar la libertad, justificar la violencia y subordinar a las víctimas presentes a un futuro prometido.
Una observación final: el nihilismo
El nihilismo no figuraba entre las tres críticas de Tony Raful que han guiado estos artículos, pero aparece en la carta de Camus y conviene mencionarlo como información complementaria de la polémica. Camus sostiene que una determinada manera de «servir a la historia» puede conducir «a cierto nihilismo» (Camus, 1999, p. 38). Más adelante, aunque la crítica de El hombre rebelde había sido escrita por Francis Jeanson, Camus se dirige directamente a Sartre y afirma que «la actitud atestiguada por su artículo se apoya filosóficamente sobre la contradicción y el nihilismo» (Camus, 1999, p. 40). Por tanto, no lo llama simplemente «nihilista», pero tampoco dirige el reproche solo a Jeanson: lo incorpora a su crítica de la posición de Sartre y de Les Temps modernes.
Me interesa especialmente esta cuestión porque una de las hipótesis de la investigación que realizo es que Sartre no es nihilista y que su preocupación ética muestra que, para él, no todo vale. No desarrollaré aquí este problema; volveré sobre él al examinar la respuesta de Sartre, cuando disponga de tiempo.
Hasta aquí he querido dejar hablar principalmente a Camus. Sartre responde y se defenderá de sus señalamientos. Ese será, como dije, el objeto de otro artículo.
El verdadero núcleo de la objeción de Camus no es, a mi juicio, una descalificación personal de Sartre, sino una pregunta filosófica y política: ¿hasta dónde puede llegar la acción histórica sin traicionar a los seres humanos y los valores en cuyo nombre comenzó?
Referencia
Camus, A. (1999). Carta a Jean-Paul Sartre. En La polémica Sartre-Camus (pp. 28–50). elaleph.com. (Trabajo original publicado en 1952).
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