No sé hasta dónde tenga éxito el diálogo al que ha convocado el presidente Abinader al liderazgo político y empresarial, a raíz del momento actual que vive el mundo y de sus implicaciones para la economía dominicana. Posiblemente nadie le preste mucha atención, considerando la facilidad con que en este país se celebran diálogos y se llega a acuerdos para olvidarlos después.

Pero deberían tomarlo en serio, porque creo que lo que le espera a la economía dominicana es serio.

Hasta ahora el impacto de la guerra en los precios y el suministro de los combustibles ha sido relativamente tenue, por varias razones:

Una es que las economías más grandes tenían una holgada reserva de petróleo y gas, y la liberaron parcialmente con la idea de reponerlo pronto, confiando en que la interrupción no sería muy larga. La segunda es que los propios Estados Unidos, tan dados en imponer sanciones, flexibilizaron motu proprio temporalmente las que venían aplicando a Rusia y al mismo Irán. Y la tercera es que todavía los buques petroleros que estaban en alta mar previo a la guerra seguían llegando a los mercados de destino, pero ya están llegando los últimos que habían zarpado del Golfo Pérsico y no se esperan más hasta uno o dos meses después de que el Estrecho de Ormuz esté plenamente abierto.

Ahora resulta que después de que se abra tampoco se alcanzará la normalidad inmediatamente, salvo la salida de aquellos buques cisterna que ya estaban cargados, pues la puesta en funcionamiento de los pozos y de las refinerías es otro proceso lento y, para más, algunos fueron dañados por los bombardeos de Israel, de EUA y del mismo Irán en aquellos países de donde venían los ataques, por ser aliados de Estados Unidos y albergar sus bases.

Un análisis de la Agencia Internacional de la Energía concluye que, aunque todo se resolviera, se tomarán unos dos años en regresar al punto donde estábamos antes de la guerra.

¿A qué magnitud llegará el impacto? El FMI, la OCDE y el Banco Central Europeo son ligeramente pesimistas; pero la propia AIE es mucho más pesimista, al decir que esta crisis energética superará las de 1973, 1979 y 2022 juntas. Podríamos decir que posiblemente no sea tanto, dado que el mundo depende menos hoy del petróleo del Golfo Pérsico, pero sigue siendo fundamental, junto al gas.

Aunque esto no ocurra así, recordemos que en 1973-74 se cuadruplicó el precio del petróleo y, en 1979-80 volvió a triplicarse, habiéndose multiplicado por 12 entre ambos. El precio promedio en 1980 fue de US$37.38 que, en dólares de hoy significarían unos 168 dólares: nunca antes ni después se ha visto más alto. Permaneció caro muchos años, y dio lugar a una estanflación global, subidas de las tasas de interés y en América Latina provocó la llamada «década perdida», decretando el fracaso económico de los gobiernos del presidente Antonio Guzmán y Jorge Blanco.

Y las posibilidades de que se agrave son intensas, pues si se atacan las plantas e infraestructura de Irán, este podría defenderse destruyendo plantas, puertos, refinerías y almacenamiento de los países vecinos que están prestando su territorio y espacio aéreo a EUA e Israel; podría, además, inducir a sus amigos a cerrar el paso al Mar Rojo y al Canal de Suez, y eso sí sería grave, pues ni siquiera la mitad del petróleo y gas saudita que sale por el sur podría salir.

En principio, la República Dominicana parecería correr poco riesgo debido a que los combustibles que consumimos no vienen de esa zona, sino principalmente de Estados Unidos y de Colombia. EUA es el mayor productor mundial de petróleo y gas; pero es un espejismo, puesto que también es el mayor consumidor (China es el mayor consumidor mundial de energía, pero la misma depende poco del petróleo).

Aunque Estados Unidos es el mayor productor, tiene relativamente pocas reservas y, al ritmo en que lo está explotando, se le agotarán en poco tiempo. Las grandes reservas de petróleo y gas están en Venezuela o en Rusia, pero casi todo lo demás está en Medio Oriente. Y por muy buenas relaciones y muy amarrados contratos que tengamos, si EE. UU. se ve apretado podría prohibirles a sus empresas exportar sus combustibles.

De todas formas, la República Dominicana se va a ver bastante afectada no solo por los combustibles. Se está recrudeciendo la inflación mundial en varios aspectos: se está presentando una escasez y encarecimiento de fertilizantes, justamente cuando en los países de climas frío y templado se está derritiendo la nieve, momento en que se aprovecha para las siembras de cereales, hortalizas, legumbres y forrajes para el ganado, previéndose menos producción de alimentos; y también habrá problemas con el suministro de productos como el azufre, el helio, los fosfatos, el plástico o el aluminio, claves para la industria, incluso los microchips.

Ya en países de Asia que están más expuestos se están declarando situaciones de emergencia, en algunos recortando la semana laboral, racionando los combustibles, cerrando las universidades y hasta cancelando vuelos.

En Europa todavía resisten, pero se esperan cosas parecidas en una o dos semanas; ya hay filas en sitios de expendio y se está considerando establecer racionamientos. Ojo con el turismo en nuestro país, puesto que el combustible que ha resultado más afectado, tanto en precios como en suministro, es la gasolina para aviación y se comienzan a recortar vuelos en diversos países.

Pero el mayor riesgo para nuestra economía viene por otro lado: ante el recrudecimiento de la inflación, se espera que los bancos centrales no bajen, sino que suban, los tipos de interés. Y aunque no lo hicieran, el mayor endeudamiento público en Estados Unidos, bien sea por los gastos de guerra, por las reducciones de impuestos, o porque las petromonarquías del Golfo Pérsico ya no puedan seguirlo financiando, provocará encarecimiento del costo de sus bonos y, por tanto, de los nuestros.

Fuera el impacto que eso tiene para el financiamiento del déficit fiscal dominicano, los fondos de inversión e instituciones financieras, empresas y hogares ricos tenderán a mover capitales hacia Estados Unidos, presionando la tasa de cambio y la inflación por otra vía, o bien obligando al Banco Central a subir los tipos aquí, limitando la producción y el empleo.

La guerra encuentra al país en un momento en que el crecimiento ha perdido impulso; el gobierno carece de dinero para subsidiar precios o renunciar a los impuestos que les cobra, salvo tomando recursos de programas en los que podrían ser más urgentes. Habrá que tomar decisiones dolorosas y así como Trump escribió a Irán ¡ABRAN EL MALDITO ESTRECHO!, nosotros tendríamos razones para decirle ¡PARE ESA MALDITA GUERRA!

Isidoro Santana

Economista

Ex Ministro de Economía, Planificación y Desarrollo, agosto 2016-2019. Economista. Investigador y consultor económico en políticas macroeconómicas. Numerosos estudios sobre pobreza, distribución del ingreso y políticas de educación, salud y seguridad social. Miembro de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Miembro fundador y ex Coordinador General del movimiento cívico Participación Ciudadana y ex representante ante la organización Transparencia Internacional.

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