Hay territorios que uno visita y otros que uno atraviesa. La diferencia parece mínima, pero no lo es. Visitar supone mirar un lugar desde cierta distancia; atravesarlo implica dejar que el territorio penetre en la propia experiencia. Eso me ocurrió en este segundo viaje a la frontera dominicana, al que fui invitado por mi amigo, experto en geopolítica, Iván Gatón. Durante varios días, con un grupo de camarógrafos, fotógrafos, diplomáticos y políticos, recorrimos distintos puntos de la línea fronteriza, acompañados por convoyes militares, entrando en pueblos, escuelas, mercados, montañas y espacios cargados de memoria histórica.
La frontera suele ser pensada desde el centro. Desde Santo Domingo se habla de ella, se legisla sobre ella, se discute políticamente sobre ella, se construyen discursos acerca de ella. Pero una cosa es hablar de la frontera y otra muy distinta es estar allí. Cuando uno llega, la abstracción desaparece. Aparecen los caminos, los rostros, los mercados, las escuelas, la pobreza, los militares, los árboles, los niños, las mujeres que trabajan y una geografía que no puede reducirse a ningún discurso.
Nuestro recorrido comenzó en Loma de Cabrera, en el Liceo de Arte José Cabrera. Allí presenciamos una actuación de los estudiantes de un centro que ofrece formación en educación artística. Aquella escena me produjo una reflexión inmediata: la frontera también se defiende mediante la cultura.
Estamos acostumbrados a pensar la defensa territorial en términos militares. Y ciertamente el Estado necesita proteger su soberanía. Pero una nación no se sostiene únicamente mediante la vigilancia de sus límites. Se sostiene también mediante la educación, la cultura y la formación de ciudadanos capaces de reconocerse en una historia común.
Aquellos jóvenes, estudiando arte en Loma de Cabrera, representaban una posibilidad de futuro. Frente a la precariedad económica y las limitaciones que caracterizan buena parte de la región, el arte aparecía como una forma de resistencia contra la exclusión. La educación artística no era allí un adorno curricular: era una manera de ampliar el horizonte de vida.
De Loma de Cabrera nos trasladamos a Fondo Grande, donde participamos en una actividad cultural. Allí vimos una representación y conocimos a un niño ciego que canta y compone. Su presencia quedó en mi memoria como una de las imágenes esenciales del viaje.
Porque aquel niño demostraba que la cultura puede surgir precisamente allí donde las condiciones materiales parecen más adversas. El cuerpo que la sociedad podría considerar limitado encontraba, mediante la música, una posibilidad de expansión. El canto se convertía en lenguaje, y el lenguaje en una forma de libertad.
Desde allí llegamos a Capotillo, uno de los lugares fundamentales de nuestra memoria histórica. El monumento recuerda el inicio de la Guerra de la Restauración, iniciada en 1863, cuando los dominicanos volvieron a levantarse para recuperar la soberanía perdida tras la anexión a España.
Estar allí modifica la relación con la historia. Los acontecimientos que conocemos mediante fechas y nombres adquieren una dimensión espacial. La historia deja de ser una página y se convierte en paisaje.
Capotillo nos recuerda que la soberanía dominicana no fue un hecho definitivo conquistado de una vez para siempre. La nación tuvo que defenderse, reconstruirse y afirmarse. Por eso resulta imposible recorrer la frontera sin pensar en la relación entre territorio, memoria e identidadAl día siguiente continuamos nuestro recorrido acompañado por convoyes militares. Pasamos por Restauración, Villa Anacaona, llegamos a Tirolí, visitamos el fuerte y posteriormente el mercado binacional.
Y allí apareció otra frontera.
El mercado binacional revela una verdad sociológica elemental: las fronteras políticas no eliminan las necesidades humanas. El hambre, el comercio, el trabajo y la supervivencia encuentran sus propios caminos.
Allí comprendí también que la frontera dominicana es una zona de enorme complejidad social. Es un espacio donde conviven soberanía, desigualdad, intercambio económico, migración y pobreza. Pretender reducir esa realidad a una sola categoría significa desconocer su verdadera naturaleza.
Nuestro itinerario nos llevó después por Los Algodones y Guayajayuco, donde visitamos un vivero y conocimos el trabajo de reforestación realizado por mujeres de la comunidad.
Mientras unos hablan de la frontera como un problema, ellas estaban ocupándose de la tierra.
Mientras los grandes discursos hablan de nación y territorio, aquellas mujeres plantaban árboles.
Mientras la política suele mirar el territorio desde arriba, ellas lo tocaban con las manos.
Reforestar es una acción ecológica, pero también puede ser entendida como una acción social y política. Un árbol necesita tiempo. Quien lo planta está pensando en un futuro que probablemente no verá completamente desarrollado. Es una forma silenciosa de responsabilidad colectiva.
Más tarde llegamos a Santa María y al puerto militar de Las palmitas. Allí volvía a aparecer la dimensión estratégica de la frontera. El recorrido nos había llevado de la cultura a la historia, de la historia al comercio, del comercio a la ecología y de la ecología a la defensa territorial.
El tercer día llegamos a Dajabón y visitamos el mercado binacional.
Fue quizás el momento más duro del viaje.
La pobreza que encontramos al atravesar hacia el lado haitiano resultaba estremecedora. Hay una diferencia radical entre conocer la pobreza mediante estadísticas y encontrarse con ella corporalmente. Una cifra no tiene rostro. La pobreza que uno contempla sí.
Allí vi personas intentando vender, comprar, transportar mercancías, sobrevivir.
Vi una economía construida desde la necesidad. Y comprendí que el mercado no era únicamente un espacio comercial: era también una institución informal de supervivencia.
La pobreza extrema no puede explicarse únicamente como un problema individual. Tiene raíces históricas, económicas, institucionales y geopolíticas. Y cuando uno contempla las condiciones del otro lado de la frontera, comprende que la desigualdad entre ambos países no es solamente una diferencia estadística: es una realidad territorial y humana que produce migraciones, tensiones, dependencia y conflictos.
Después cruzamos el puente sobre el río Masacre.
Ese momento tuvo para mí una enorme carga simbólica. El río es frontera natural, pero también memoria. Su nombre está asociado a uno de los episodios más dolorosos de las relaciones dominico-haitianas.
Sin embargo, allí estaba el puente: una estructura que permite atravesar aquello que históricamente ha separado.
Defender la soberanía no significa perder la sensibilidad humana. Reconocer las diferencias históricas entre República Dominicana y Haití no obliga a desconocer la dignidad de quienes viven al otro lado.
Este segundo viaje con Iván Gatón me permitió mirar la frontera desde otra perspectiva. Vi al estudiante de arte y al niño que canta; al militar y a la mujer que planta árboles; al comerciante y al campesino; al dominicano y al haitiano; al monumento histórico y al mercado contemporáneo.
Vi, en definitiva, una sociedad fronteriza atravesada por contradicciones.
Y quizá por eso la frontera sea uno de los lugares donde con mayor claridad podemos contemplar el rostro de la nación.
Porque allí aparecen nuestras fortalezas, pero también nuestras carencias.
Aparece la cultura, pero también la pobreza.
Aparece la soberanía, pero también la desigualdad.
Aparece la historia, pero también el presente.
Aparece el conflicto, pero también el intercambio.
Y aparece, sobre todo, la necesidad de no perder la dimensión humana.
Regresé con la impresión de que la frontera no es simplemente el lugar donde termina un país. Es, paradójicamente, uno de los lugares donde con mayor intensidad ese país se pregunta qué es.
Es una pregunta.
Una pregunta sobre la nación, sobre la historia, sobre la identidad y sobre nuestra responsabilidad ante el otro.
Y quizá por eso viajar hacia la frontera sea, en última instancia, una manera de viajar hacia nosotros mismos.
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