Ha logrado entrar en nuestras cabezas. Ocupar cada resquicio de la atención. No se habla sino de él, de sus gestos, de sus palabras, de sus excesos. Se especula sobre su estado mental, se buscan claves psicológicas, se disecciona al personaje.
No es un hombre el que gobierna esta secuencia de la historia, sino una manera de hacer política. Una política sin contención, sin pudor, sin máscaras. Una política que impone la vasallización por la fuerza: militar, económica, simbólica. El derecho estorba. La moral incomoda. La brutalidad, en cambio, va directo al grano.
Hay algo profundamente nuevo y al mismo tiempo muy antiguo en lo que vivimos ahora. Ya no se disimula el llamado a los bajos instintos. Se le reivindica. No se trata de convencer, sino de aplastar, de humillar, de generar miedo. Y esa crueldad se filtra en las sociedades, contamina los debates, deforma el lenguaje. Normaliza la violencia.
La brutalidad impone; la crueldad deshumaniza, y ese es el paisaje político en el que nos movemos hoy.
Exceso, transgresión, espectáculo. Esta aceleración permanente bloquea respuestas coherentes. Aunque “nuevos” líderes surgen en contextos distintos, emplean mecanismos similares y se alimentan de las mismas fracturas: desconfianza institucional, abandono social, miedo al cambio, deseo de autoridad. Lo grotesco y la sideración hacen el resto. El debate democrático queda relegado, sustituido por el choque emocional inmediato.
Frente a la oleada, muchos se sienten diminutos. Arrastrados por una marea continua, sin pausas. Quienes aún intentan pensar aparecen fragmentados, dispersos en reacciones instantáneas, como si faltara la capacidad colectiva de retomar el control de los sentidos.
Esta estupefacción no es una debilidad individual. Es producida, organizada: neutraliza, hace de nosotros fichas. Un mundo aturdido es un mundo gobernable por la fuerza. Y quizá lo más inquietante sea esto: empezamos a acostumbrarnos. Comentamos. Observamos. Seguimos como si fuera un mal menor.
Sin embargo, habría que salir de ese estado para recomponerse. Recuperar una forma de pensamiento menos reactiva, menos fascinada por la brutalidad que dice denunciar. No podemos convertirnos en figurantes de un teatro.
En este contexto, Europa tiene un importante papel que jugar como un espacio que aún pueda rechazar la crueldad como método de gobierno. Hoy Europa es frágil, está atravesada por renuncias y contradicciones. Pero también carga con la memoria pesada e imborrable de los poderosos motivos que dieron origen a su construcción y la de lo que ocurre cuando la fuerza deja de ser contenida. ¡La construcción europea ha sido un milagro!
Su papel no es heroico ni espectacular. Consiste en no ceder. En sostener líneas frágiles. En seguir afirmando que el derecho vale más que la ley del más fuerte. Puede parecer poco. Pero en una época que glorifica la dominación, negarse a la crueldad no es insignificante.
Vivimos un momento que exige algo más que comentarios incesantes. Exige un esfuerzo por nombrar lo que está en juego y por no disolverse en ello. Salir de la estupefacción.
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