Introducción
El propósito de este artículo es hacer conciencia sobre la naturaleza científica de las diversas modalidades de investigación social y dejar clara la relación inseparable entre teoría, método, evidencia y aplicación.
Es oportuno hablar de este asunto porque incluso en el ámbito académico aparecen sesgos reduccionistas acerca de lo que significa producir ciencia. Dos de ellos son frecuentes: el que entiende que una investigación solo es científica cuando emplea métodos cuantitativos y el que sostiene que únicamente merece el calificativo de “científica” aquella investigación que produce aplicaciones prácticas inmediatas.
El primero reduce la ciencia a la cuantificación; el segundo la reduce a la utilidad inmediata. Con esa visión limitada se tiende a desvalorizar las investigaciones teóricas, conceptuales, interpretativas, históricas o metodológicas que han desempeñado un papel decisivo en el desarrollo de las disciplinas sociales, dentro de las cuales se ubican las relaciones internacionales, que son una rama de las ciencias políticas.
Ambos criterios revelan una comprensión estrecha e incompleta sobre la naturaleza del conocimiento científico y sobre las formas, variadas, en que este se produce, en particular en las ciencias sociales.
Este problema no es “semántico”, pues tiene implicaciones negativas en la formación de investigadores, en la evaluación de la producción académica, en la asignación de recursos para la investigación y en la propia comprensión del papel de la ciencia. Un criterio tan limitado acerca de la cientificidad suele invisibilizar aportes fundamentales que contribuyen a la interpretación de la realidad, aun cuando no adopten la forma de datos estadísticos o de aplicaciones “prácticas” inmediatas.
Ciencia social y pluralismo metodológico
Uno de los rasgos distintivos de la ciencia contemporánea es el reconocimiento de la diversidad de enfoques metodológicos, por lo que la idea de que existe un único método legítimo para producir conocimiento ha sido cuestionada durante décadas por filósofos de la ciencia.
La investigación social ha dejado atrás la oposición entre métodos cuantitativos y cualitativos, asumiendo hoy la visión de complementariedad mediante diseños mixtos. Esa evolución nos enseña que la pregunta de investigación condiciona la metodología empleada y no al contrario. Así, si un investigador desea conocer la distribución de determinados comportamientos en una población empleará métodos estadísticos; cuando busca comprender significados, motivaciones o procesos culturales las técnicas cualitativas suelen ser más apropiadas, y si aspira a integrar ambas dimensiones puede concebir diseños mixtos.
En consecuencia, la cientificidad no depende del tipo de dato utilizado, sino de la adecuación entre el problema planteado, el marco teórico adoptado y los procedimientos empleados para responder a la pregunta de investigación.
Los límites del positivismo y la crítica al cientificismo
La identificación entre ciencia y cuantificación tiene sus raíces históricas en la expansión del positivismo durante los siglos XIX y XX, corriente que, en su momento, aportó elementos útiles al desarrollo de las ciencias modernas, porque promovió la observación sistemática, la contrastación empírica, la búsqueda de regularidades y la exigencia de verificación racional.
Sin embargo, sus interpretaciones más rígidas asumieron que los fenómenos sociales podían estudiarse del mismo modo que los fenómenos físicos, por lo que Max Weber cuestionó esa visión al subrayar que las ciencias sociales no solo deben explicar causalmente los fenómenos, sino también comprender el sentido que los actores atribuyen a sus acciones (Weber, 1949).
Por su parte, Paul Feyerabend criticó la idea de una metodología única aplicable a todas las ciencias, defendiendo la diversidad de estrategias cognitivas como condición para el avance del conocimiento (Feyerabend, 1975).
Estas contribuciones permiten distinguir entre ciencia y cientificismo, ya que la ciencia es una práctica crítica orientada a producir conocimiento confiable, y el cientificismo, en cambio, surge cuando un determinado modelo metodológico pretende monopolizar la definición misma de lo que cuenta como conocimiento válido.
En las ciencias sociales esa diferencia resulta crucial debido a la complejidad de fenómenos como la cultura, la identidad, la legitimidad, las ideologías, las emociones colectivas o las relaciones de poder.
Los diversos tipos de investigación científica en las ciencias sociales
En buena medida la confusión sobre la cientificidad proviene de una comprensión insuficiente de las diferentes modalidades de investigación, por lo que, desde una perspectiva amplia, la investigación científica en ciencias sociales incluye, entre otras, las siguientes categorías:
La investigación básica o fundamental, que busca ampliar el conocimiento disponible mediante la elaboración de teorías, conceptos y modelos interpretativos, tiene una finalidad explicativa o comprensiva, no necesariamente instrumental. Ejemplos clásicos son las contribuciones de Emil Durkheim al estudio de la cohesión social, de Max Weber al análisis de la dominación legítima o de Jurgen Habermas a la teoría de la acción comunicativa.
La investigación teórica y conceptual, que profundiza, redefine o construye conceptos que permiten comprender mejor la realidad. Sartori advirtió que la mala formación conceptual constituye una de las principales fuentes de error en las ciencias sociales y defendió la necesidad de una rigurosa ingeniería conceptual (Sartori, 1970, pp. 1033-1053).
La investigación metodológica, que desarrolla técnicas, procedimientos e instrumentos para la observación y análisis de fenómenos sociales. Las escalas de medición, los índices compuestos, los cuestionarios validados y los modelos analíticos constituyen ejemplos de esta modalidad.
La investigación empírica, que recoge y analiza información directamente obtenida de la realidad social, y puede ser cuantitativa, cualitativa o mixta.
La investigación aplicada, que utiliza conocimientos teóricos y empíricos para intervenir sobre problemas específicos. Frecuentemente se expresa en políticas públicas, programas de desarrollo, evaluaciones institucionales o investigaciones orientadas a la toma de decisiones.
Todas esas modalidades forman parte de la actividad científica y ninguna posee el monopolio de la cientificidad.
La interdependencia entre teoría, método y aplicación
Uno de los errores más extendidos consiste en imaginar estos tipos de investigación como compartimentos aislados, a pesar de que la realidad indica lo contrario, porque toda investigación aplicada descansa sobre marcos teóricos construidos previamente; cualquier teoría necesita algún grado de contraste con la realidad; un instrumento metodológico surge para responder tanto a necesidades teóricas como empíricas y toda aplicación genera nuevas preguntas para la investigación futura.
Lo anterior significa que la producción científica opera mediante procesos recursivos de retroalimentación, como lo asume el Pensamiento Complejo de Edgar Morin. Además, esta idea se encuentra sintetizada así: "No hay nada más práctico que una buena teoría" (Van de Ven, 1989). Esta frase es crucial para las ciencias sociales, pues los procesos de intervención pública suelen estar precedidos por conceptos que refinan la manera en que una sociedad interpreta sus problemas; por tanto, antes de intervenir hay que comprender, antes de “medir” hay que conceptualizar y antes de diseñar políticas hay que explicar. En suma, la separación entre teoría y práctica es una dicotomía difícil de argumentar.
La utilidad social de todas las formas de investigación científica
Otro de los sesgos frecuentes consiste en asumir que únicamente la investigación aplicada posee utilidad social, y esa creencia ignora el carácter acumulativo del conocimiento científico. Por ejemplo, Robert Merton observó que la ciencia progresa mediante la construcción gradual de marcos conceptuales que posteriormente permiten investigaciones más específicas (Merton, 1968). Por su parte, Pierre Bourdieu insistió en que la producción de instrumentos conceptuales constituye una forma de intervención intelectual sobre la realidad social (Bourdieu, Chamboredon y Passeron, 2002).
Desde otro ángulo cabe señalar que la utilidad social de una investigación no depende exclusivamente de su “inmediatez”, sino del contenido que aporta. Por ejemplo, una teoría puede modificar la percepción colectiva de un problema; un concepto puede hacer visible una dimensión de la realidad que no se había tomado en cuenta; una innovación metodológica permitiría observar fenómenos difíciles de detectar con instrumentos anteriores y una revisión teórica puede reorganizar un campo entero de conocimiento. En síntesis, todas poseen impacto social, aunque este no siempre sea inmediato ni fácilmente observable.
En las ciencias sociales el conocimiento cumple también una función reflexiva porque ayuda a las sociedades a comprenderse a sí mismas, y esa capacidad de autoconocimiento es una forma de utilidad pública tan relevante como cualquier aplicación “técnica”.
El artículo científico como espacio de producción de ciencia
Por otro lado, existe el criterio confuso de que un artículo es “científico” cuando expone resultados de una investigación previamente realizada. Sin embargo, las revistas científicas (indexadas) incluyen investigaciones empíricas, artículos teóricos, trabajos metodológicos, debates conceptuales, revisiones sistemáticas y estados del arte. Lo cierto es que, también, la producción de conocimiento ocurre durante el proceso mismo de redacción del artículo, que es en sí “la investigación”. Por eso la integración crítica de literatura dispersa, la construcción de nuevos marcos conceptuales, la formulación de hipótesis inéditas o el desarrollo de categorías analíticas originales constituyen actividades científicas en sí mismas.
Karl Popper sostenía que los avances científicos dependen en gran medida de la formulación de problemas y conjeturas novedosas (Popper, 2002). Desde esta óptica la producción científica no comienza con la recolección de datos, sino con la construcción intelectual de preguntas capaces de ampliar el horizonte del conocimiento. De ahí que negar el carácter científico de un artículo teórico que no resulte de una investigación “previa” equivale a desconocer una de las dimensiones fundamentales del desarrollo científico.
Implicaciones para las ciencias sociales contemporáneas
Las ciencias sociales de hoy enfrentan fenómenos complejos, como la polarización política, las transformaciones tecnológicas, las crisis de legitimidad institucional, migraciones masivas, cambios culturales acelerados y nuevas formas de participación ciudadana. Ello implica que la comprensión de esos procesos necesita enfoques metodológicos variados y complementarios, porque ninguna técnica aislada puede capturar por sí sola todas las dimensiones de estos fenómenos.
Piénsese, a fin de cuenta, que la investigación cuantitativa aporta capacidad de generalización; la investigación cualitativa ofrece profundidad interpretativa. La investigación teórica proporciona marcos explicativos; la investigación aplicada, al igual que las otras, traduce el conocimiento en acción; la investigación metodológica crea instrumentos para observar mejor la realidad. Cada una cumple una función específica dentro de un sistema integrado de producción científica. Entre ellas no debe haber jerarquía resultado de un voluntarismo administrativo o político, lo que implicaría un sesgo cognitivo.
Conclusión
Identificar ciencia con “cuantificación” y con “utilidad inmediata” revela un mismo error epistemológico: la tendencia a reducir la complejidad del conocimiento científico a dos de sus dimensiones. Semejantes enfoques generan sesgos cognitivos que dificultan comprender cómo se produce realmente la ciencia y conducen a desvalorizar modalidades enteras de investigación que han sido esenciales para el desarrollo de las ciencias sociales.
La historia permite constatar que los grandes avances científicos no han surgido exclusivamente de la medición ni de la intervención práctica, sino de la interacción entre observación, teoría, conceptualización, metodología, contrastación empírica y aplicación.
La ciencia social produce conocimiento cuando construye conceptos, cuando elabora teorías, cuando desarrolla instrumentos metodológicos, cuando genera evidencia empírica y cuando aplica ese conocimiento para comprender o transformar la realidad. Cada una de estas actividades es una expresión legítima de la labor científica.
Es más próximo a la realidad de la vida concebir la producción científica como un ecosistema intelectual integrado y no como una jerarquía de procedimientos donde unas modalidades serían auténticamente científicas y otras no. Ninguna de estas funciones es superior a las demás; todas son necesarias.
En última instancia la madurez de una cultura científica se refleja en su capacidad para reconocer la diversidad de formas mediante las cuales se produce conocimiento nuevo. Cuanto más compleja es la realidad, más necesario se hace el pluralismo metodológico, teórico y epistemológico. Y pocas realidades son tan complejas como las estudiadas por las ciencias sociales.
La verdadera pregunta no es si una investigación es cuantitativa o cualitativa, básica o aplicada, conceptual o empírica. La pregunta correcta es si contribuye de manera rigurosa, sistemática y crítica a ampliar la comprensión de la realidad social. Si la respuesta es afirmativa, estamos ante una auténtica producción científica.
Desde la perspectiva del Pensamiento Complejo -a la que me adscribo- la producción científica en las ciencias sociales constituye un sistema recursivo en el que teoría, método, observación, interpretación y aplicación se coproducen mutuamente.
Por tanto, los intentos de identificar la cientificidad con la cuantificación o con la utilidad inmediata responden a un criterio simplificador que fragmenta un proceso interdependiente. En cambio, una comprensión compleja de la ciencia reconoce que todas las modalidades legítimas de investigación participan en la construcción colectiva del conocimiento y poseen utilidad social, ya sea mediante la generación de conceptos, la producción de evidencias, el desarrollo metodológico o la intervención práctica sobre la realidad.
La cientificidad reside en la inserción de cada investigación en la trama compleja de relaciones mediante las cuales una sociedad produce conocimiento sobre sí misma; y puntualizar que la ciencia no lo es por decreto o voluntarismo administrativo y que sus resultados no tienen que complacer a una ideología ni a un poder establecido.
Bibliografía
Bourdieu, P., Chamboredon, J. C., y Passeron, J. C. (2002). El oficio de sociólogo: Presupuestos epistemológicos. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.
Feyerabend, P. (1986). Tratado contra el método: Esquema de una teoría anarquista del conocimiento. Madrid: Tecnos.
Merton, R. K. (2002). Teoría social y estructura social. México D.F.: Fondo de Cultura Económica (FCE).
Popper, K. R. (2008). Conjeturas y refutaciones: El desarrollo del conocimiento científico. Barcelona: Paidós.
Sartori, G. (1984). "La política como ciencia: La malformación de los conceptos en la política comparada". En La Política: Lógica y método en las ciencias sociales (pp. 189-208). Madrid: Alianza Editorial. Nota: El célebre artículo "Concept Misformation in Comparative Politics" (publicado originalmente en la American Political Science Review) fue traducido e integrado posteriormente en sus libros metodológicos en español.
Van de Ven, A. H. (1989). "No hay nada tan práctico como una buena teoría". Academy of Management Review, 14(4), 486-489. Nota: En la academia hispanohablante se cita directamente traduciendo su título original: "Nothing Is Quite So Practical as a Good Theory".
Weber, M. (1993). Ensayos sobre metodología sociológica. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
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