La delincuencia es un patrón de comportamientos alimentado por lo que hacemos o dejamos de hacer desde niño o niña con un ser humano en desarrollo. Se sabe que las acciones delictivas son más probables en personas que comienzan a temprana edad, violando reglas simples y de fácil cumplimiento, pero el asumir las mismas no satisface sus necesidades atípicas, dentro de las cuales se encuentran:

  • Búsqueda de sensaciones desmedidas
  • Necesidad de gratificación inmediata
  • Aburrimiento hacia actividades que no contemplan una recompensa inminente
  • Dificultades para aceptar el “no” o necesidad de que a todo se les diga que sí.
  • Tendencia a subvertir las normas sociales
  • Pretender que sean los demás que se adapten a ellos

Cuando se presentan estas tendencias, que por cierto son muy frecuentes en la niñez y adolescencia, es crucial el rol que juegan las instituciones de primer orden, entre ellas: familia, escuela, iglesia, así como otros espacios del entorno comunitario.

Estas instituciones son las que promueven la cercanía con las conductas prosociales que deben formar parte del repertorio comportamental de un ser humano para vivir en sociedad. Cuando estas instituciones no hacen su labor, entonces emergen con un gran poder de influencia el grupo de iguales y los medios de comunicación, tanto formales como informales para incentivar comportamientos antisociales.

Tristemente, estos últimos están jugando un rol caricaturesco al incentivar la cultura de los “anti héroes”, donde el aparecer públicamente desafiando las reglas morales termina siendo una forma de violencia monetizada, donde el morbo de desafiar lo prohibido se convierte en una osadía que despierta admiración en un amplio segmento de la población, sobre todo en la población juvenil.

El abordaje preventivo del delito, no puede esperar a que este comportamiento logre el objetivo de consumarse, ya que cuando esto ocurre se va consolidando un patrón que con el tiempo es recurrente. Así, los comportamientos pre delictivos en jóvenes deben detenerse a tiempo, como son: exhibir un lenguaje hacia los demás a base de insultos; intentos de fraude o robos de poca monta; admiración hacia figuras relacionadas con el delito o comportamientos antisociales; actitudes que resaltan el logro de bienes usando cualquier método; abandono escolar o de cualquier otra actividad productiva de destiempo; discriminación de los amigos, prefiriendo a los que tienen conductas anti sociales y mostrando falta de respeto a las normas tradicionales y la dignidad de las personas.

En la parte sumergible del Iceberg, se encuentra uno de los mejores aliados de la delincuencia, me refiero a la violencia estructural. La misma está organizada en torno a una serie de dispositivos invisibles cuyo impacto negativo solo se ve de forma indirecta. Así, quienes tienen la responsabilidad desde el hogar de educar a sus hijos, no suelen estar disponibles por que hay que dedicarles más tiempo a varias jornadas laborales para poder sobrevivir. De igual forma, la dinámica cómo funciona la sociedad deja a muchas personas en estado de vulnerabilidad, lo cual aprovechan grupos de antisociales para adoctrinar a niños y adolescentes en base a la fascinación del delito y el crimen.

Los mensajes que invitan a degradar al ser y, la elevación del tener a la categoría de valor supremo, constituyen la filosofía implícita que oculta esta violencia estructural que invita secretamente a las personas a delinquir.

La actitud de ostentación de bienes por personas que los exhiben bajo la torpeza de haberlos adquirido sin mucho esfuerzo, así como los escándalos de corrupción frecuentes ligados a figuras de poder en diferentes estamentos, refuerzan el meta mensaje de que las conductas delictivas pueden verse como normales.

La ley de “quien vale es el que tiene” circulaba de forma discreta a lo largo de los años; ahora se presenta de forma descarada como señal de prestigio social y, tanto los medios tradicionales como los nuevos dispositivos tecnológicos lo amplifican a viva voz.

Estamos viviendo la era donde están dadas las peores condiciones para el contagio social del delito. La motivación personal para cometerlos se anida en muchas personas que solo esperan la oportunidad para incurrir en ellos, y quienes tienen más posibilidades de neutralizar esas condiciones que lo incentivan, suelen mirar para el otro lado, para luego reaccionar con consignas vacías y respuestas impulsivas.

De una tradición socio cultural donde SER era sinónimo de trascender hasta convertir la vida propia en la base de la calidad de vida del otro, una parte importante de la población ha pasado a convertirse en SERES vacíos desde el punto de vista existencial que llenan sus carencias emocionales depredando a los demás. Este andamiaje pre delictivo camina de forma tan impune que la sociedad de hoy no tan solo lo advierte, sino que lo premia.

La solución al delito no puede comenzar pensando en la niñez y la adolescencia solo cuando inician una carrera criminal, para luego eliminarlos. Los avances tienen que impulsarse desde el empoderamiento y apoyo de las instituciones primarias que aportan seguridad y confianza en el proceso de socialización (familia y escuela).

De igual forma, en vez de continuar con la tradición de antaño de utilizar la pobreza de forma política, debemos repensar los barrios y las demás comunidades, no como gente a quienes venderle esperanzas a cambio de votos, sino más bien como espacios sociales de desarrollo, que con sus recursos naturales aporten el clima de seguridad que necesitan los niños, niñas y adolescentes para desarrollarse de forma integral ¡todos los días del año! Y no cada cuatro años.

Así, mi propuesta para reducir la delincuencia y mejorar la seguridad ciudadana se resume en lo siguiente:

  1. Mejorar la calidad del gasto gubernamental, acercando los servicios esenciales al entorno más próximo de la población, su comunidad.
  2. Que no haya un solo niño o niña sin escolaridad. Si los padres están discapacitados para el seguimiento de sus hijos, se debe activar la red de apoyo más cercano con ayuda del estado.
  3. Detectar los mensajes pre delictivos que se difunden en la sociedad a través de los medios de comunicación, tanto tradicionales como no tradicionales y hacer un plan de concienciación ciudadana sobre sus efectos nocivos y el compromiso de disminuirlos o cambiarlos por otros más saludables.
  4. Hacer de las comunidades espacios atractivos para sus lugareños con actividades que promuevan la sana recreación, el deporte y la reivindicación del amor por la lectura y las artes.
  5. Incentivar la creación de programas barriales para uso del tiempo libre, ya que es el tiempo de mayor libertad donde se toman decisiones acertadas o desacertadas. Estos programas se orientarán al aprovechamiento de la energía y creatividad de los jóvenes en favor de actividades pro sociales.
  6. Reducir las motivaciones delictivas, creando redes comunitarias que permitan la detección y referimientos a tiempo de los casos a instituciones competentes para la ayuda psicológica, legal o psiquiátrica mucho antes de que escalen o cronifiquen.
  7. Ser cada vez más consistentes y eficientes en la aplicación de las leyes a quienes delinquen, sin que esta aplicación esté condicionada por la posición social de quienes la infringen.
  8. Que la clase política, como real o potencial administradora de todos los bienes que son comunes a la población nacional, termine de entender su rol ante la sociedad, y sus representantes sean modelo de probidad, funcionalidad, esfuerzo, trabajo honesto y desprendido en favor del pueblo.

Todavía podemos seguir adelante donde debemos hacerlo, pero también devolvernos a los tiempos donde lo que hoy premia el irrespeto y ridículo, en el pasado reconocía la dignidad de las personas. Donde se nos vende que hay que tener cosas a cualquier precio, podemos anteponer la importancia del SER por encima de todo; donde lo que hoy, el objetivo de dañar a otra persona es algo logrado, ayer era un acto de auto condena moral que servía de freno para no hacerlo.

Aunque todo lo anterior parezca utópico, es preferible soñar con la transformación de la humanidad y luchar por ella, que seguir normalizando de forma pasiva la delincuencia y el crimen. Cuando nos apartamos de los principios universales de hacer el bien, ser justos y libres, la única forma de encontrar la ruta es re humanizándonos.

Luis Norberto Verges

Soy psicólogo clínico y terapeuta familiar y de pareja; doctorado en Ciencias de la Salud; coordino varios proyectos sociales a través del Centro Profesional Psicólogos Unidos Inc.

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