La mirada tiene una forma compleja de elegir entre lo que consideramos real o aquello que se dramatiza en lo simbólico. Es una empresa aparentemente sencilla que solo requiere de los ojos como instancia de identidad de un órgano.

Empero no es tan simple, porque intervienen una cadena de nervios bajo un aparato que llamamos cerebro y que dispone de un sentido, el milagro de pulsar y crear las imágenes y sus colores. Es potencia que nos permite ver las escorrentías, los peldaños, tejados, luces, colores, cuerpos y movimientos.

La obra es de Michelangelo Merisi da Caravaggio. Lo que vi tiene nombre. Es una mirada de una mujer madura que lo hace atravesando el tiempo y entrando en el medievo para recrearme con ese pintor que me recuerda a los viejos cortesanos que trataban de empujar sus deseos sobre la falda de una mujer.

Su obra es un completo milagro por la creatividad que empujó en su época.  Es un despertar claro entre la novedad y las enseñanzas de este camino en plena plaza de la vida.

En verdad, no ralentice la prímula de ese ¡ay! que florece sorprendiendo mis pupilas cuando observé los detalles del lienzo de luz y sombra que cubría todo el cuadro: La Cena de Emaús de Caravaggio, es en verdad una obra magnifica no solo en su tiempo, sino tambien en el hoy, por los recursos estilísticos con que maneja la propuesta del futuro arte moderno.

En verdad, descubrí que el pintor muestra un cruce de nuevos senderos. Yo lo contemplé asombrada al mirar cómo él desarticula las fachadas y con su trazo señala que un lienzo se puede relatar a través de expresiones pictóricas que resalten el naturalismo que ya tiene forma exterior e interior en la metafísica del pintor.

Caravaggio, traza un corpus que me maravilló. Esta obra es una estampa hermosa de una mañana de domingo.

El hallazgo, no es accidental. Yo lo soñé exactamente cuándo miré al pintor mostrarme la destreza de su trazo. Lo tuve para mí en la ensoñación.

Caravaggio es un buen maestro que no se acristala con lo conocido, ni con la apariencia de lo exterior. No es ingenuo, es prolífico sin las mortificaciones que la vida muestra. Es un realista que sabe que las identidades reflejan el alma de las personas y las cosas.

Esta obra se sostiene en las emociones de atención sin los revoltijos que siempre se contemplan en los juegos del hambre. La serenidad prima en los sujetos que acompañan al creador.

Una tropieza con la obra, y puedo decir que esta instancia nos lleva a la propiedad primaria de las palabras. La obra no se queda en una vitrina, es un colector de las pequeñas imágenes, algunos con destellos y entradas de luz que se alejan de la ortopedia, los almacenes y el peritaje del crítico del arte, pues se enfrentan a esa maravillosa verdad de lo creativo que tuerce la escritura, la obra y te convierte en creador y observador al mismo tiempo.

Una encuentra un lienzo como el de Caravaggio y quedamos atrapadas con la delicadeza de sus claros y oscuros sentidos de luz y sombra, para dejar atrás esos errores de puertos sin playas. Su aporte fue manejar esos fondos de sombras e iluminar los rostros.

Todos los críticos de arte señalan estas consideraciones nuevas en su época. No obstante, yo lo miro dentro del marco de la psicología y de los cambios epistémicos de su época como preludio de los modernos. Esas imágenes binarias de luz y sombras son los elementos dirustivo de su época.

Esta obra, la encontré entre las imágenes sueltas de un texto que habla sobre el pintor al revisar los cuadros de Caravaggio que están colgados en la Pinacoteca de Brera. Guardé los folletos, libros y críticas de arte, y esto me permitió volver a mirar su obra y dar un giro diferente a esos momentos juveniles, para mirar al pintor con la madurez de los años.

Esta obra fue pintada a inicios del siglo XVII. Lo tituló: La Cena de Emaús. Un quiebre que estremece mi carne. Miro la obra como ese algo que contrae mi boca, porque se concretiza en los sentidos como un enunciado impronunciable que me abraza.

Este pintor es alguien que destaca presencia, nuevas placentas y elecciones políticas del arte que germinan emitiendo paz.

En el cuadro, yo encuentro una acción reveladora para poder contemplar a un Jesús amoroso. Él pintor retrata a un “Ser apolíneo y atemporal” que nos regala un milagro, cuando vuelve a la tierra para hablarnos y enseñarnos sobre el amor comunitario. Un hombre/Dios que rompe las fronteras y es total pureza transformadora de alma.

El lienzo de Caravaggio es un juego de trazos exquisitos donde muestra sus habilidades con la iluminación. El concepto, lo expresa con claridad, un Jesús que es esencia divina, llena de luz. Los trazos de Caravaggio son una gestualidad que conectan con la voz y la alteridad de ese ser celeste, mostrando el manifiesto de la resurrección.

El pintor, no es un imitador o se cuelga de un programa de atenciones de colores y luces. Este hombre no esconde señales, deja caer la luz sobre el corpus del amado, sin escuchar las campanadas de la oscuridad que abrazan todo el espacio pictórico del lienzo.

La imagen del Jesús pintado por Caravaggio es presencia y la puesta en escena de que el resucitado es carne. Es el milagro de materialidad, centro, decoro, palabras, memorias y belleza. En su lienzo hay un decreto que derriba a los imitadores de la naturaleza divina.

En la cena de Emaús, el hijo de Dios es esperanza, verdor íntimo que repara, dejando atrás a los degolladores y detractores de la integridad del Cristo. No necesita aureola, ni batir palmas. Él es el elegido del Padre y trasciende el mundo, y vuelve a reunirse con sus discípulos.

En el lienzo se abraza la belleza en los tiempos de la casa y el almuerzo compartido. El pintor da muestra de saber jugar con la luz y la oscuridad.

Pone en marcha un manifiesto: la serenidad y el conocimiento de los paisajes de los alimentos que se comparten.

En este Cristo se visibiliza el amor, no existe muestra de dolor, venganza, ira, odio, historias pantagruélicas o cualquier desavenidas humanas. Todos están atentos, a la conversación del resucitado.

La cena de Emaús es un territorio de amor y humus verde de la tierra en donde se reconoce la apertura de la esencia de las cosas, la del amor, la paz, serenidad y la luz perpetua del orden divino.

Caravaggio muestra una metáfora de comunicación íntima con el pan, la lluvia, el océano, el jardín interior, el amor ágape, la libertad de las palabras y la compañía.

Levanto mi mirada y le acompaño. Esa obra me da presencia, y allí es donde quiero ir, al testimonio de los detalles en donde hay un claro relato de atención al misterio de la luz.

Fátima Portorreal

Antropóloga

Antropóloga. Activista por los derechos civiles. Defensora de las mujeres y los hombres que trabajan la tierra. Instagram: fatimaportlir

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