Que desde las esferas gubernamentales se auspicie una nueva ley sobre la educación formal, que llevaría a reformas en el sector, responde a inquietudes generalizadas de la sociedad. Las deficiencias en educación afloran inquietante y recurrentemente en los estudios locales e internacionales. Hace poco le fue entregado al presidente Abinader un informe resultado de consultas a miles de personas ligadas al sector. La actual Ley de Educación “preuniversitaria”, la 66-97 (con sus modificaciones), y la 139-01 sobre Educación Superior, Ciencia y Tecnología, rigen desde hace más de dos décadas nuestro sistema educativo oficial.

¿Procede revisar y hasta transformar el orden jurídico en el que descansa este aspecto de la vida nacional? Siempre y cuando seamos capaces de buscar la fiebre en el cuerpo y no en la sábana, sí. La creación de las leyes mencionadas implicó sin duda reformas y pasos de avance. Pero me temo que sus efectos estuvieron muy lejos de significar una verdadera reforma, más allá de lo formal, de la adopción de nuevos lenguajes y de lo meramente cuantitativo.

Hoy, creo que la reforma necesaria debería atender más a la concepción misma de la educación que a aspectos jurídicos.

Nuestra educación formal sigue atrapada –y en esto no es muy diferente a la inmensa mayoría de los sistemas educativos del mundo— en los formalismos y en la promoción-graduación como razón de ser central de la docencia. Ello, como se ha dicho desde tiempos inmemoriales, no garantiza aprendizaje porque todo tiende a reducirse a simulación… Ni hablar del memorismo como estilo de aprendizaje.

Hoy día se agregan elementos que prácticamente HUNDEN al sistema educativo en el reino de la incertidumbre sobre su propia pertinencia y razón de ser. Tiene que ver con la omnipresencia del ciberespacio y sobre todo de la llamada Inteligencia Artificial.

Pero antes de abundar un poco sobre ello, quiero resumir mi concepción sobre la enseñanza, el aprendizaje y el papel de la escuela. La enseñanza formal no es sino un mecanismo expresamente destinado por la sociedad para tratar de asegurar un mínimum de aprendizaje de la gente sobre aquello que no puede garantizarse por las vías espontáneas. (Ni hablar de que la escuela es siempre un mecanismo de control social: la escuela no es ni puede ser ideológicamente neutra). Pero la enseñanza y el aprendizaje son hechos cotidianos, permanentes y hasta inevitables. Se enseña y se aprende lo que la gente quiere y lo que la gente vive. Desde hace varios siglos las sociedades fueron estableciendo los principios de educación obligatoria y universal, con sus consecuencias positivas pero también negativas. (Esto sería otra discusión). En todo caso, ¿cuál será, en general, el contenido de esta enseñanza? Lo que los Estados entiendan necesario para enfrentar las necesidades de las sociedades. Pero aquí aflora un problema: ¿son estas necesidades siempre y necesariamente las verdaderas y prioritarias? Depende de para quiénes. En todo caso, ¿se enseñará –en los hechos– siempre en el sentido de las verdaderas necesidades? Más aún: ¿hasta qué punto la población, en sus distintos sectores y clases, perciben correctamente sus verdaderas necesidades? ¿Y hasta qué punto demandan y se interesan por educarse para darles respuestas? Tomando en consideración todo esto he elaborado mi propuesta de visión ecosistémica de la educación*

¿Qué papel juega o podría jugar la escuela dentro de este marco? De nuevo –pero ahora tal vez podrá verse con mayor claridad–, dependerá de la intencionalidad que presida el sistema educativo. Lo que he tratado de destacar es que deberá enseñarse y aprenderse en función de necesidades, demandas e interés por aprendizajes. Y aquí afirmo: deberá educarse en función de necesidades formativas auténticas —esas cuya satisfacción apuntan a mejorar la vida humana— y la enseñanza solo puede ser sostenible y cumplir su cometido si es capaz de preservar y generar el interés por aprender. De lo contrario, la enseñanza sucumbe ante el formalismo y se convierte en una carga que solo se sostiene por mera obligación.

Esta carga, por supuesto, también puede generar (pero solo secundariamente) buenos resultados, entre otros factores porque siempre habrá parte de la población involucrada –docentes y discentes— que, pese a todo, preservarán grados de interés, por diversos tipos de razones.

HOY, la enseñanza formal tiene que habérselas con un mundo y por tanto con unas poblaciones estudiantiles saturadas de distracción, de desinformación y de manipulación mediática, a golpe de medios tradicionales y de “redes sociales”. Se traduce en más apatía intelectual y por la lectura edificante. La Inteligencia Artificial y en general la disponibilidad de “materiales de apoyo” en el ciberespacio hacen de fuente tan cómoda y abundante que apenas si cualquier esfuerzo se estime necesario. La proliferación de la “ética” del dinero fácil y abundante –del tipo corrupción, narco o pastores del “evangelio de la prosperidad”–, el hedonismo y la cultura del espectáculo no dan precisamente buenos motivos para la sana búsqueda del saber. Hacer buena docencia conlleva hoy, necesariamente, atreverse a navegar a contracorriente.

Esto claramente apunta a la cuestión de la calidad del magisterio. Siempre la buena docencia ha sido clave, pero hablar hoy de maestros y maestras de calidad remite más que nunca capacidades para enfrentarse a fuentes sabelotodo que es menester someter al fuego de la crítica, la aclaración y hasta la corrección. El rechazo de plano a las disponibilidades de las fuentes digitales sería tan absurdo como pretender que esas fuentes por sí solas resuelven las tareas educativas. Pero, como dijo Umberto Eco, “Internet es el escándalo de una memoria sin filtro, donde no se distingue el error de la verdad”.

Por otro lado, para ciertos sectores del país, toda reforma educativa debería apuntar principalmente a hacer de la educación un tema signado principalmente por la razón económica. Este paradigma economicista suele ir aparejado con empleabilidad como criterio también central.  Que la búsqueda de la empleabilidad sea legítima y necesaria no es por supuesto la verdadera discusión. La discusión sería si a esto deba reducirse la misión de la educación formal, en especial la superior.

La reforma precede para hacer la educación más pertinente, más de cara a la vida. Y para dar cabida al pensamiento crítico. Para mejorar la calidad de los procesos formativos. Para llenar de contenido la llevada y traída Tanda Extendida, especie de desperdicio actual. Para ello hay que contar con directores y directoras, docente docentes, funcionarios que sepan lo que tiene entre manos).

Por lo demás, la educación es demasiado importante y amplia para dejarla solo a las escuelas y universidades. ¿No son, por ejemplo, los medios de comunicación, por definición, poderosos medios educativos? Lo son en el sentido más amplio de la palabra, es decir, incluyendo la mala y la buena educación. Si alguien piensa que es posible reorientar y fortalecer la educación dominicana sin contar con el papel de dichos medios, solo estaría mostrando lo pobre de su visión sobre el tema.

La educación formal en República Dominicana nunca ha sido la gran cosa. Las fuerzas conservadoras han hecho muy bien su trabajo: mientras peor se eduque a la gente, mejor para esas fuerzas. Las izquierdas, que en algunos mementos sí mostraron alguna preocupación por el tema, parecen haberlo descuidado por completo… Pero más allá de signos ideológicos –hasta donde hablarse, en el caso, de más allá –, lo patente es que a nadie debería resultarle indiferente que tanto dinero se le vaya al país para resultados tan ostensiblemente magros.__

  • Aludo al texto Pedagogía centrada en el interés. Una visión ecosistémica de la educación, publicado en el 2017.

Luis Ulloa Morel

Pedagogo, profesor y político

Luis Ulloa Morel es pedagogo, profesor y activista social y político. Autor de Los caminos del aprendizaje, Enseñar el fácil, Estado Iglesia y Educación en la República Dominicana, Vocabulario político-social básico, entre otros trabajos. Ha sido articulista de numerosos periódicos del país.

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