“C’est pire qu’un crime, c’est une faute.”
“Es peor que un crimen, es una torpeza.”
Máxima atribuida, indistintamente, a Talleyrand, Fouché y Boulay
Durante mucho tiempo, la vulgaridad fue una posición subordinada. Era la marca de quienes estaban fuera de los círculos del poder, la cultura y la distinción. Podía existir, pero no aspiraba a gobernar.
Las élites, aun corruptas, hipócritas o inmorales, necesitaban conservar una apariencia de respetabilidad. El poder debía parecer serio, culto, disciplinado y superior.
Thorstein Veblen ayuda a comprender la paradoja. Las élites históricamente no solo exhibieron riqueza: también necesitaron proyectar respetabilidad. El poder económico debía acompañarse de autocontrol, educación, responsabilidad y cierta noblesse oblige.
Ese código parece quebrarse.
Si las élites ya no necesitan aparentar respetabilidad, ¿por qué debería el pueblo respetar sus códigos de respetabilidad?
En la política y la cultura contemporáneas, la vulgaridad ya no es necesariamente una desventaja. Puede convertirse en fuente de autenticidad, audiencia, legitimidad y poder.
Donald Trump y Santiago Matías García —Alofoke— pertenecen a mundos radicalmente distintos, pero expresan, cada uno a su manera, una transformación común: el poder ya no necesita parecer superior al pueblo; puede obtener legitimidad pareciéndose a él.
José Ortega y Gasset llamó “hombre-masa”, en La rebelión de las masas (1930), a quien no reconoce una instancia superior a sus propios criterios y considera innecesario someterse a disciplina o perfeccionamiento.
Hoy esa intuición exige una vuelta de tuerca: el hombre-masa contemporáneo no solo reclama el derecho a ser vulgar; reclama que su manera de hablar, vestir, consumir y mirar el mundo sea reconocida como legítima.
Ahí comienza la era del espejo.
En la República Dominicana, el trujillato llevó al extremo la concepción vertical de la autoridad.
El régimen podía ser brutal y expoliador, pero necesitaba revestirse de solemnidad, ceremonias, uniformes, monumentos, discursos y hasta medallas y rituales.
Con Balaguer, en otro contexto, sobrevivió buena parte de esa representación del gobernante como estadista, intelectual y hombre de Estado.
Las transiciones democráticas, la modernización cultural y, finalmente, las redes sociales fueron deshaciendo esa distancia. Radio y televisión popular primero; plataformas digitales después, multiplicaron las voces del espacio público.
Los partidos, alardeando de populismo, dejaron de tener el monopolio de la representación y los medios tradicionales perdieron el control absoluto de la agenda.
La transformación de fondo decisiva, empero, fue otra: cambió la relación entre representación y semejanza.
El gobernante tradicional parecía decir: “Yo sé lo que ustedes necesitan”. El nuevo dirigente popular puede decir: “Yo soy como ustedes”.
La vulgaridad deja entonces de ser simplemente una carencia y puede convertirse en sello de autenticidad.
El lenguaje elaborado parece máscara; la cortesía, cálculo; la diplomacia, cobardía; la solemnidad, impostura.
Quien habla sin filtros, confronta y provoca puede parecer más sincero que quien habla como estadista.
Es justamente aquí donde Alofoke adquiere importancia.
Su fenómeno puede observarse desde cuatro perspectivas complementarias.
La primera es la alarma de algunos. ¿Es un fenómeno peligroso, populista o potencialmente desestabilizador? La respuesta no debería depender del gusto personal por su lenguaje o estilo.
El peligro aparecería si la capacidad de movilizar emociones y audiencias sustituyera las instituciones, los controles y la deliberación que requiere gobernar.
La segunda es la viabilidad electoral. La pregunta es sencilla: ¿tiene realmente posibilidades?, pues no basta con ser popular. Convertir audiencia en votos exige organización territorial, alianzas, estructura, recursos y capacidad para transformar seguidores digitales en electores.
Pero sería igualmente ingenuo pensar que una enorme audiencia carece de consecuencias políticas.
La tercera perspectiva es la sociológica. Expresa el agotamiento de los partidos y la aparición de liderazgos extrainstitucionales. ¿Cuál es aquella ‘vieja política’? Es la que una proporción creciente de dominicanos ya no confía: organizaciones convertidas en vehículos para acceder a las prebendas del Estado, mientras políticos y altos funcionarios usufructúan las mieles del poder y del botín del erario público.
Por contraproducente que sea, no deja de ser ingenuo pensar que el mundo político puede prescindir de organizaciones formales y, en todo, del factor humano.
La cuarta es la ruptura. El propio Alofoke ha presentado su proyecto como alternativa a la susodicha vieja política. Su fuerza no consiste únicamente en hablar distinto, sino en afirmar que no necesita adoptar los códigos de quienes tradicionalmente administraron la representación.
Alofoke no inventó esa transformación. La encontró y parece dispuesto a convertirla en industria. Ha transformado lenguaje callejero, confrontación, provocación, espectáculo, intimidad y conflicto en una extraordinaria maquinaria de audiencia e influencia. Lo que antes podía impedir el acceso a los espacios de respetabilidad puede ser ahora precisamente la razón del éxito.
Por eso resulta insuficiente preguntar si Alofoke está preparado para ser presidente. Hay una pregunta anterior que espera respuesta. ¿Por qué sorprende que una parte de la sociedad dominicana quiera ser gobernada por alguien que se parece a ella?
Trump ofrece una versión distinta del mismo fenómeno. Es un multimillonario que puede presentarse como enemigo de las élites mediante una estética de exceso, confrontación y transgresión. La fórmula vuelve a ser la semejanza.
Pero aquí está el problema: representar no es gobernar.
Hablar como el pueblo no significa saber gobernar un país. La política requiere conocimiento, negociación, límites, responsabilidad y capacidad para reconocer a quienes no se parecen a uno mismo. La popularidad no equivale a virtud, ni la audiencia a ciudadanía.
La cuestión dominicana es todavía más incómoda. Después de tres modalidades de postrujillismo, no necesariamente se superó la vieja tentación del enriquecimiento descarado desde el poder político o mediante influencia sobre este. Cambiaron los actores, los discursos y las formas, pero persiste la sospecha de que la política puede ser utilizada como puerta de entrada a la nómina pública, al privilegio y al botín estatal.
Por eso Alofoke puede ser simultáneamente amenaza para la política tradicional y consecuencia de su fracaso.
La democracia no puede ni debe impedir que el pueblo elija a quien quiera. Pero sí ha de ser responsable y preguntarse qué ocurre después de que el pueblo ha elegido.
El espejo no miente: devuelve nuestras frustraciones, contradicciones, prejuicios, creatividad, rabia y esperanza. El peligro no es que el pueblo haya encontrado una voz. El peligro es confundir tener voz con tener razón, representar con gobernar y popularidad con capacidad de gobierno.
El desafío consiste en construir una autoridad capaz de parecerse al pueblo lo suficiente para comprenderlo y darse a entender, pero de ser suficientemente distinta para gobernar justamente y no limitarse a reproducir los mismos errores seculares.
Porque gobernar no consiste solamente en representar a una sociedad.
Consiste también en transformarla; y, sobre todo, en recordar que gobernar es servir, no enriquecerse, engreírse ni vanagloriarse a costa de quienes ante la autoridad del Estado están de más.
Bibliografía
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