En el amanecer hay palabras que se cuelan en las entrañas del alma. Vencejos que en primavera desean anidar. Vectores predictivos que no controlan, ni las plagas de langostas. En verdad, no hay paredes que no vean, escondites que no huelan, atardeceres que no expatrien la luz. Ni sobresalto que no despierten. No hay civilidad sin cuerpo, ni ladrón que se retire, porque siempre el fango tendrá agua.
Hay verdades que flotan y van por donde quieren ir, así como las fábulas que se esparcen bendecidas por el conocimiento de lo que dicen querer y preocuparse por los ajustes del otro. No tengo palabras para tanto. Leyendo el Yocasütra encontré que la causa de la conjunción es la ignorancia, una fortísima aflicción que es causa de la creación del mundo. Me detuve a pensar será posible aislar o hacer desaparecer la conjunción de la ignorancia que conduce a la mentira. No creo que sea posible, por lo tanto, se debe dejar correr la bilis en los lagos de la vida, ya que el cuerpo no se civiliza.
El tiempo es un precioso y distinguido e infalible medio que modela el estado social. Yo lo defino como el áspero sabor del melón verde y los cuerpos de hombres y mujeres que existen en la indulgencia de sus desconsuelos, porque no se sacian con nada, ni encuentran un consuelo en la codicia de sus riquezas, ni en los honores que dicen sustentar. Ellos son esas flores del mal como lo destaca Charles Badelauire, las cuales se ocultan, porque no pueden mostrarse al mundo, necesitan tapar las ásperas miserias de sus almas.
En el occidente medieval, la vejez atemoriza, al igual que las carcajadas de las mujeres inteligentes, o de aquellos, que no suelen interesarse como, las cualquieras, en las cosas del mundo material, tal cual se han diseñado para darle seguimiento a las masas.
Esas gentes están atrapadas en el prestigio de la edad, la belleza homogeneizada, las mofas a los otros, o por el infantilismo que muestra la delincuencia juvenil. En numerosos textos medievales encuentro a los bufones, trovadores, políglotas que dominan muy bien el latín y el griego, hombres y mujeres de fe que acogen en apariencia el legado de la iglesia, pero a escondidillas se desfogan con las señoras corteses que exaltan el amor.
Esos cuerpos son llamados civilizados porque embellecen la realidad de la literatura. Empero sus fuegos interiores, lo devoran en parrandas con arlequines y nobles corteses que se engalanan con sus estrictos marcos anudado al apellido, el matrimonio y la apariencia señorial.
¿Ellos no se acuestan por dinero? Le mentiría, algunos si y otros no. En esos embates los cuerpos principescos, los nobles y plebeyos no tenían tiempo por las numerosas cruzadas y guerras, pero siempre a escondidas aparecían los dividendos del toque.
En muy pocos lugares del mundo medieval se dejaba espacio para los embates del cuerpo y del corazón. En los relatos solo se figuraban las miradas, porque era el sentido de esos tiempos, para darle el espacio al suspiro y a la súplica posterior del beso.
En occidente medieval, el amante se coronaba cuando lograba la concreción del beso. El número de besos, no se tiene claro, en el Libro de la Rosa se resalta que el placer era una tarea que no se podía contener y el texto explicaba que no se debía dejar de navegar hasta no llegar a buen puerto. En esos dilemas de miradas, libros florados, adulterios, frotes a escondidas y la prédica de una moral ascética se diseñó un modelo sobre el cuerpo en el mundo medieval.
En este sentido las fiestas del carnaval, la carne afloraba, no como renuncia por parte de los penitentes, sino como desborde visceral en época de cuaresma. Los feligreses se esparcen como las abejas de flor en flor esparciendo sus descargas en las fiestas. Por igual en los días ordinarios se repetía el menú a hurtadilla, detrás de las cortinas, debajo de una rama del alcornoque. Las festividades permitían las máscaras, las cuales simulaban la lascivia y a la persona y su rango.
El tocamiento era común mientras se acicalaba o cantaban el salterio en pleno fogueo de las celebraciones eclesiásticas. Esos señores de fe, los cuales eran muy devotos y formados para el cumplimiento de la ley se hacían con las limosnas de los feligreses ingenuos y el canto de los laicos. Además del manoseo y las notas de citas para saciar sus deseos libertinos.
La civilidad del cuerpo medieval nunca fue posible por la pasión devoradora del deseo, las múltiples flechas de cupido y la sensibilidad de las chicas nobles que deslizaban sus monedas para ser elegidas y acariciadas por un buen prospecto de esposo, el cual nunca iba a sucumbir a los delirios amorosos de dichas mujeres. Tal era la diligencia de esos licenciados en el erotismo y tocamiento que se tuvo que educar a los monjes para que ellos procuraran controlar la moral y defendieron el matrimonio y la familia.
Está claro, que en la edad media se ignoraron todas estas cuestiones del deseo y del amor, por tales razones se prefería usar el término caritas que implicaba más una devoción y sensibilidad al prójimo, pero carente de deseo sexual. El término amor no se usaba porque significaba pasión devoradora y salvaje. Ese término era desechado por tales consideraciones, mientras se dejaba su uso para las redes de la época, la literatura, los trovadores y alcahuetes. El deseo siempre se desató en las márgenes y recovecos de las paredes de las casas, medievales y de los bosques.
Despreciaban usar la palabra amor y el término caritas era lo que se usaba en todos los actos amables y morales de esos tiempos que anteceden a la modernidad. Por tal razón nos dice Le Goff “el amor no era un fundamento de la sociedad medieval”. Ese concepto de amor tal como lo usamos hoy se desarrolló en la modernidad, con los mismos atributos, por lo que fue condenado en la edad media. La formula que se observó en la edad media, fue a la escondida es mucho mejor y otros en cambio para no pecar preferían un encanto erótico con animales. Ya sea por toqueteo o teniendo experiencias amatorias con animales de la granja. Por tanto, se hereda de estos prestigiosos nobles la presencia de los espacios anticensuras para poder desfogarse, los cuales eran protegidos por sus soldados, amantes y pedigüeños que aceptaban sobornos y escondían esos temas escandalosos que florecían frecuentemente, entre las clases privilegiadas.
En cambio, los de clases más bajas eran muy perseguidos por los poderes de la moral eclesiástica y el Estado. La palabra “erotismo” que deriva del Dios Ero, no existía tal como la conocemos en la actualidad. Es un concepto que no podía ser entendido por los hombres y mujeres medievales que usaban el cilicio para calmar el hambre del cuerpo.
La civilidad del cuerpo es un constructo que se ha sostenido en una gran falacia para todos los tiempos. Esto no solo es entendible para aquellos que viven de la explotación de su cuerpo, ya sea, porque lo miren o le soliciten favores con buena paga. Los particulares, y la gente común han sido controlados, a través del cuerpo, ya sea porque la concebían locas, brujas, prostitutas o blasfemas, etc.
En fin, la iglesia durante mucho tiempo intentó modificar y reglamentar el cuerpo en todos los terrenos de la vida social. Esas medidas atravesaron las revoluciones burguesas y la república, y aún se conservan en los códigos éticos de las sociedades. Por tales razones la gente, sin importar clases sociales, ocultan sus deseos homosexuales, poligamia, prostitución y parafilias de todos los tipos.
La tensión que atraviesa el cuerpo en la actualidad es la misma que en el periodo medieval, salvo que se simula muy bien envolviéndola con un forraje de paja de trigo y avena. Tampoco hoy se quiere discutir si el concepto amor tiene la posibilidad de civilizar al cuerpo.
La occidentalidad quiere seguir manejando con buenas maneras para civilizar el cuerpo. No desean dar paso al deseo que se puede convertir en lujuria, por tales razones muchos historiadores reconocen que el concepto siembre se lleva entre pinzas, pues no desaparece el temor infundado por las creencias religiosas y la misma clínica. Los placeres sexuales y los detalles de manejar la figura corporal de manera obsesiva, así como el llamado “verse bien”, son parte de la puesta en escena de una cultura que invita al cuerpo a manifestarse, pero controlando cada gramo que se comen y cada paso que dan. Occidente fracasó con la domesticación del cuerpo. La cosificación para dar paso a la civilidad del cuerpo es un rotundo “ nunca va por donde quiere ir”.
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