Decir que uno es dominicano en Roma es invocar, incontinenti, un milagro caribeño grabado en la memoria colectiva del neorrealismo tardío. Para los camareros de las trattorias, la República Dominicana no existe en la cartografía: es, sencillamente, la patria de Astriaha, la diosa de ojos imposibles que le robó el aliento a Massimo Troisi y Roberto Benigni en la comedia Non ci resta che piangere. Basta nombrar el origen para que el camarero de turno, llevándose la mano al pecho, suspire: “Ah, la Peynado…”
Iris es, hablando sin rodeos, un espectáculo visual. Un assemblage salvaje y cinematográfico, la mezcla más atrevida entre África y Europa que haya parido nuestra isla, con una belleza tan rotunda que te mira y convierte al resto de la humanidad en un grupo de extras en blanco y negro.
Una decena de embajadores dominicanos en la Ciudad Eterna, desde Calventi, Tobal y Cabral hasta Raful y Lantigua, han sabido aprovechar su presencia como auténtica Marca País. El propio poeta Tony Raful, más deslumbrado como hombre que como diplomático, le escribió versos como si su mera existencia fuera la única razón por la que Roma no se ha venido abajo. Y es que cuando Iris entra en una habitación, y esto no es un exceso poético mío sino física pura, la oscuridad se rinde por un shock fotosistémico y la luz se enciende sola. Una vez le dije que, si regresaba a Santo Domingo, los apagones se acabarían por combustión espontánea.
Su vida parece escrita para la pantalla grande. Ha trabajado con gigantes como Ettore Scola, cineastas que sabían que la cámara se inventó con el único propósito de adorar a mujeres como ella. Iris tiene esa fuerza visceral de la mujer huracán, la Atabeyra encomendada para cuidar la abundancia. Es la fortuna de don Primo Mariotti, el hombre que, para desgracia de legiones de admiradores, tiene el privilegio de dormirse a su lado. Verlos juntos es presenciar un anuncio de la felicidad absoluta.
Tras un paréntesis al pie de los Alpes Apuanos, Iris y Primo volvieron a Roma porque la ciudad se estaba volviendo rematadamente aburrida sin ellos. Desde entonces, organizan en su Tokonoma del barrio de Monteverde unas tertulias culturales al estilo de Gertrude Stein, mientras equilibra las energías con sesiones de meditación budista que se han convertido en el secreto mejor guardado de la movida romana.
En su salón, bajo un cuadro colosal de tonos cálidos firmado por el gran Ugo Attardi, un gato deforme preside una escena deliciosa sobre la ausencia: Iris recibe a sus devotos envuelta en un expresionismo imperfecto y puramente teatral. Inmortalizada en el lienzo, parece abandonada de la presencia, mientras a sus espaldas Roma arde en un atardecer de un naranja chillón y sangriento.
El embajador Lantigua supo otorgarle el título imaginario de Goodwill Ambassador, un gesto afectuoso y simbólico que bien podría terminar convirtiéndose en realidad. Hoy, Iris prepara una película más íntima, donde ilusiona pensar que participarán sus hijas, herederas de su beldad, mientras fantasea con posicionar a la República Dominicana en los nuevos escenarios de la Bienal de Venecia. Al mismo tiempo, deslumbró en la Soho House presentando un podcast literario, lidera proyectos de integración para minorías étnicas y, en noviembre, conducirá en los históricos estudios de Cinecittà un conversatorio, junto a la Embajada, sobre la importancia de la mujer en la cinematografía dominicana.
Iris Peynado es un género cinematográfico en sí misma: una diosa volcánica de fuego y carmín que sigue reinventándose en su propio panteón.
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