Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos hoy una Eucaristía de acción de gracias por los veinticinco años de la Ley 87-01, que creó el Sistema Dominicano de Seguridad Social. La Palabra de Dios nos ofrece una clave espiritual decisiva: el Espíritu de Dios es Espíritu de Verdad. A lo que Jesús añade: “Cuando venga el Paráclito, el Espíritu de la Verdad… Él dará testimonio de mí”. Y a seguidas advierte: “ustedes también dan testimonio”. Ese testimonio traerá conflictos, porque muchas veces quienes persiguen la verdad creen defender el bien.
La primera lectura nos presenta a Lidia: mujer emprendedora, jefa de familia, persona de oración y hospitalidad. El texto dice que “el Señor le tocó el corazón”. Y cuando Dios toca el corazón, abre también la casa, la mesa, la mente y las decisiones. El Espíritu de la Verdad transforma la fe en gesto concreto.
Hoy pedimos esa misma gracia: que el Espíritu de la Verdad nos toque el corazón para mirar estos veinticinco años con gratitud y honestidad. Agradecer cristianamente no es maquillar la realidad. El agradecimiento no es propaganda; es memoria lúcida: reconocer lo bueno, corregir lo malo y nombrar lo feo.
Por eso propongo recorrer estos veinticinco años con un esquema sencillo: “El Bueno, el Malo y el Feo”. No para destruir ni desanimar, sino para discernir y dejarnos guiar por el Espíritu de la Verdad.
1. Lo bueno
Lo bueno es que la Ley 87-01 representó un esfuerzo ambicioso para pasar de una asistencia fragmentada a una protección social organizada. La ley quiso proteger a la población frente a riesgos fundamentales: vejez, discapacidad, cesantía por edad avanzada, sobrevivencia, enfermedad, maternidad, infancia y riesgos laborales; quiso mirar la fragilidad humana de manera amplia.
Lo bueno es que esa ley nos hizo creer que otro modo de gestionar los riesgos de la vida era posible: que la enfermedad, la vejez, la discapacidad, la maternidad, la infancia y los riesgos laborales debían ser asumidos por la sociedad organizada.
También es bueno reconocer avances. Antes del sistema actual, el viejo IDSS cubría de manera limitada al trabajador asalariado formal y a su cónyuge; quedaban fuera los hijos, los padres, los trabajadores informales y la mayoría de la población. El viejo modelo nunca superó una cobertura de 4.4 % en los años sesenta. Frente a ese pasado, ha habido un salto histórico. Eso es bueno, y cuando algo es bueno, se agradece.
Las estadísticas oficiales informan que hoy cerca del 97 % de la población dominicana depende del nuevo diseño institucional para acceder a servicios de salud, protegerse frente a riesgos laborales y aspirar a una pensión digna. Existe una institucionalidad compleja, con recaudación centralizada, reguladores y mecanismos de defensa de los afiliados.
También podemos dar gracias por tantas personas honestas que han servido en el CNSS, TSS, SISALRIL, SIPEN, DIDA, IDOPPRIL, SeNaSa, hospitales, clínicas, prestadoras, ARS, AFP y oficinas públicas. No todo ha sido abuso: hay servidores que han dado lo mejor de sí. Y gracias, de modo especial, a quienes han dado la cara ante la corrupción destapada en SeNaSa, alerta dolorosa de que el mal acecha incluso allí donde debería cuidarse la vida.
2. Lo malo
Pero el Espíritu de la Verdad no nos permite quedarnos solo en lo bueno. También hay que mirar lo malo.
Lo malo es que el sistema nació con una tensión todavía no resuelta: por un lado, la seguridad social como derecho; por otro, la seguridad social como mercado. En la conmemoración de los 25 años de la SISALRIL, este desajuste se formuló con claridad: la modalidad institucional adoptada creó una tensión que no ha hecho más que crecer entre prestadores, ARS, afiliados y gobierno.
Sin dudas, la protección social necesita eficiencia, sostenibilidad y administración profesional. Pero cuando la eficiencia se separa de la dignidad humana, se vuelve cálculo frío; cuando la sostenibilidad se usa solo para negar derechos, se vuelve ideología; y cuando la administración olvida al vulnerable, el sistema pierde alma.
Una abogada católica, gran conocedora de nuestra ley de seguridad social, me compartía una idea muy iluminadora: si miramos la ley solo como instrumento financiero y de negocio, podríamos celebrar sin más. Pero si la miramos desde el ser humano, desde el enfermo, el anciano, el discapacitado, la viuda, el huérfano y el más pobre, entonces la celebración se convierte también en examen de conciencia.
Lo malo es que el sistema puede asegurar más a quienes ya están más seguros y menos a quienes están menos seguros. El trabajador formal entra con más claridad; pero el informal, el desempleado, el independiente pobre, la doméstica, el vendedor ambulante, el trabajador agrícola o el obrero ocasional entran con mayor dificultad. Urge incluir a esos trabajadores de difícil afiliación y replantear la cobertura del trabajo doméstico remunerado.
Lo malo es que los tres regímenes —contributivo, subsidiado y contributivo-subsidiado— han producido una ciudadanía social fragmentada: zonas grises, exclusiones, diferencias de acceso y una protección menos robusta para quienes más necesitan protección.
3. Lo feo
Y ahora viene lo feo. Lo digo con caridad, pero también con responsabilidad.
Lo feo es cuando el dolor humano se vuelve oportunidad de ganancia desproporcionada: una madre que no puede comprar los medicamentos de su hijo; un afiliado que descubre que su carné no basta; una cobertura negada por tecnicismos; conflictos entre actores que terminan afectando la calidad y la oportunidad de los servicios.
Feo es que muchas pensiones sean negadas o resulten tan precarias que no alcancen para el sustento mínimo de una persona mayor. Feo es ver caducar beneficios adquiridos o saber que se rechaza una pensión por discapacidad a quien ya no puede trabajar. Feo es que la pensión solidaria ronde apenas los seis mil pesos mensuales, cifra insuficiente para vivir con dignidad.
Más feo todavía es que todo esto ocurra mientras algunos sectores reportan beneficios extraordinarios protegidos por la ley. Las ganancias exorbitantes de ARS y AFP gritan al cielo. Tampoco se justifica la acumulación de recursos del IDOPPRIL en detrimento de pensiones y beneficios que debe garantizar.
Lo feo también está en la opacidad: cuando nadie sabe exactamente quién decide, quién bloquea, quién gana, quién pierde, quién supervisa y quién responde. Pero más fea aún es la discriminación silenciosa: trato digno para quien puede pagar; espera, papeleo y carga económica para quien no puede.
Lo ocurrido con SeNaSa en 2025, con informes de irregularidades remitidos al Ministerio Público e investigaciones sobre posibles fraudes, nos recuerda que la corrupción en seguridad social no es un pecado administrativo menor. Cuando se toca el dinero destinado a la salud, se toca la vida de los pobres. Donde debía haber protección, hubo sospecha de desvío y traición a la confianza pública.
En ese sentido, la Alianza por el Derecho a la Salud (ADESA) lo ha denunciado con claridad: gobernanza y rectoría deficientes, capturadas por intereses lucrativos; elevado gasto de bolsillo; limitada cobertura de medicamentos; PDSS insuficiente y rezagado; atención primaria débil y resistida; débil regulación de planes complementarios; cobertura limitada para enfermedades catastróficas; y marcadas diferencias entre régimen subsidiado y contributivo.
En fin, “lo feo de lo feo” es que, en nombre de la ley, se pueda negar el espíritu de la ley. El espíritu de la Ley 87-01 fue proteger. Pero todo espíritu humano necesita ser purificado por el Espíritu de la Verdad. Y ese Espíritu nos recuerda que ninguna norma, reglamento, catálogo de prestaciones o cálculo actuarial puede ponerse por encima de la dignidad de una persona.
4. Memoria cristiana de la seguridad social
Antes de proponer desafíos, recordemos algo en el marco de esta celebración de fe. La seguridad social no nació simplemente de una técnica administrativa. Tiene raíces morales y cristianas profundas. Juan Luis Vives, humanista cristiano del siglo XVI, suele considerarse un precursor remoto de la seguridad social moderna. No creó un sistema moderno de pensiones y prestaciones, pero formuló una intuición decisiva: la atención a los pobres no podía reducirse a limosna ocasional. Cuando el sufrimiento se vuelve social, la caridad necesita organizarse socialmente.
Vives propuso que la ciudad conociera a sus pobres, distinguiera sus necesidades y protegiera a ancianos, enfermos, niños, viudas, personas con discapacidad y quienes no podían valerse por sí mismos. Su aporte permanece: la sociedad debe hacerse responsable de quienes están en necesidad.
La doctrina social de la Iglesia desarrolla esa intuición. León XIII habló de socorrer al trabajador en enfermedad, vejez o accidente. Juan XXIII formuló la seguridad social como derecho ante enfermedad, invalidez, viudez, vejez, desempleo y cualquier eventualidad que prive a la persona de sustento.
Desde ahí, la Iglesia nos ofrece principios: dignidad humana, bien común, solidaridad, subsidiaridad, destino universal de los bienes, opción por los pobres, participación y justicia social. La Iglesia no diseña el catálogo técnico de prestaciones, pero sí plantea la pregunta moral decisiva: ¿protege realmente a quienes más necesitan protección?
5. Cinco desafíos desde el Espíritu de la Verdad
Desde esa luz, propongo cinco desafíos.
Primero: reformular la Ley 87-01 saliendo del esquema actual hacia un compromiso sistémico con la universalidad y la solidaridad. Nuestro modelo se inspira en el Chile neoliberal de Pinochet e impuesto en América Latina por grandes agencias financieras internacionales. Este dato no niega los avances, pero obliga a reordenar el sistema desde su fundamento moral: proteger personas, no maximizar ganancias ni distribuir beneficios solo según logros laborales individuales. La ley debe revisarse y, mientras tanto, cumplirse en su espíritu lo mejor posible.
Segundo: superar los tres regímenes separados y avanzar hacia un piso universal de protección. El país necesita un piso común garantizado para todos, y luego figuras especiales según necesidades concretas. Cerca de la mitad de la población vive en la informalidad o en trabajos precarios, y no está bien representada en el esquema tripartito clásico. Un modelo adaptado de experiencias como la holandesa podría ayudar: primero un piso nacional fuerte; luego capas complementarias. Los más ricos deben contribuir más y el Estado asumir más responsabilidad.
Tercero: recomponer el CNSS para mejorar la representatividad, incluyendo un sector social, como ocurre en el CES, ayudando a redireccionar el llamado derecho de veto. Ese veto fue pensado para evitar que un solo actor dominara el sistema, pero con el tiempo ha dificultado decisiones necesarias. ADESA propone hacer más ágiles los mecanismos de decisión y limitar o eliminar el veto salvo en asuntos de fondo. La inclusión de asociaciones de pacientes, personas con discapacidad, envejecientes, trabajadores informales y organizaciones comunitarias ayudaría a mirar las decisiones desde el bien común y no desde bloqueos corporativos.
Cuarto: fortalecer radicalmente los organismos reguladores. No basta tener instituciones. Necesitamos organismos capaces de vigilar, sancionar, transparentar información y defender al afiliado. Desde la SISALRIL llega un grito de alerta aplicable también a la SIPEN: “No podemos vigilar con herramientas del pasado”. El caso SeNaSa mostró que ninguna institución puede quedar fuera de controles rigurosos, auditorías oportunas, trazabilidad de pagos y consecuencias penales.
Quinto: corregir con equidad los mecanismos operativos del sistema, para que las decisiones se tomen desde la persona y no solo desde el negocio. No basta proclamar universalidad y solidaridad si, en la operación diaria, el afiliado termina pagando de su bolsillo, esperando autorizaciones, recibiendo negativas o descubriendo que el PDSS no responde a sus necesidades reales. La pregunta no puede ser solo cuánto cuesta, cuánto rinde o quién administra, sino qué protege mejor la vida y la dignidad de quienes más lo necesitan.
Esto exige reducir el gasto de bolsillo. ADESA recuerda que más del 50 % de ese gasto corresponde a medicamentos y que una proporción creciente se debe a cobros no autorizados. Urge avanzar en prescripción por principio activo, genéricos y bioequivalentes de calidad, precios de referencia, historia clínica digital, cobertura de enfermedades catastróficas y controles sobre copagos indebidos. Enfermarse no puede seguir siendo una condena económica.
La misma exigencia vale para la atención primaria y las pensiones. La atención primaria debe ser puerta de entrada a un sistema más humano, preventivo y sostenible. Y en pensiones, no basta celebrar fondos acumulados si esos fondos no se traducen en pensiones dignas. El sistema no debe medirse solo por el capital que administra, sino por la seguridad real que produce, especialmente para quienes han trabajado con bajos salarios o empleos precarios. Por eso sigo preguntando por qué quienes crearon este sistema preservaron para sí un sistema de reparto, mientras impusieron a la ciudadanía la capitalización individual; y por qué los grandes países no adoptaron esa panacea predicada en América Latina por la banca multilateral en los años 80 y 90 del siglo pasado.
Queridos hermanos y hermanas, estos desafíos no son simples demandas técnicas. Son exigencias de justicia, tareas de Estado, de ciudadanía, de conciencia y convivencia. Para quienes creemos, son también tareas espirituales, porque el Espíritu de la Verdad no nos deja cómodos en la mentira ni en la indiferencia.
6. Gracias también por la ciudadanía que se organiza
Añadamos otra acción de gracias: junto con el sistema estatal han surgido organizaciones, redes y movimientos ciudadanos que luchan para que responda de verdad a la justicia, la solidaridad y la dignidad humana. La seguridad social no es solo asunto de técnicos, funcionarios, empresas o reguladores; es una conquista ciudadana que debe ser vigilada y corregida por la sociedad.
Pensemos en las asociaciones de pacientes, que agrupan a personas y familias con enfermedades crónicas, raras, complejas o de alto costo, y han convertido su dolor en voz pública.
Pensemos también en la Coalición por una Seguridad Social Digna y otros espacios ciudadanos que han mantenido viva una pregunta incómoda pero necesaria: si el sistema fue creado para proteger, ¿por qué tantas personas siguen sintiendo que deben pelear solas para recibir lo que en justicia les corresponde?
Y pensemos en ADESA, coalición que busca acceso universal a servicios sanitarios de calidad y ha insistido en atención primaria, reducción del gasto de bolsillo, regulación de medicamentos, transparencia, mejor financiamiento público y defensa del derecho a la salud.
Damos gracias por esa ciudadanía organizada porque, sin ella, los sistemas se vuelven mudos ante el sufrimiento. Las instituciones necesitan leyes, reglamentos y presupuestos; pero también pueblo vigilante, pacientes que hablen, familias que reclamen y organizaciones que recuerden que detrás de cada expediente hay una persona, y detrás de cada derecho negado hay una vida herida.
7. Despedida
Queridos hermanos y hermanas, celebramos veinticinco años de una gran promesa social. Damos gracias por lo alcanzado, por las vidas protegidas, las instituciones creadas y las personas honestas que han servido. Pero escuchamos la voz del Espíritu de la Verdad, que nos pide ir más lejos.
Ese Espíritu no destruye la esperanza; la purifica. No niega los logros; los coloca al servicio de una fidelidad mayor. No invita a la amargura, sino a la conversión.
La seguridad social dominicana debe entrar en una etapa más universal, solidaria, transparente, regulada, centrada en la persona y atenta a quienes viven en mayor vulnerabilidad.
Jesús nos advirtió que el testimonio de la verdad puede traer conflictos. A veces nos expulsarán de los lugares cómodos, de los intereses establecidos, de los consensos aparentes, de las mesas donde todo se negocia menos el sufrimiento de los pobres. Pero no estamos solos. El Espíritu de la Verdad da testimonio de Cristo, y nosotros también debemos dar testimonio.
Que esta Eucaristía nos haga servidores de una seguridad social con alma. Que la doctrina social de la Iglesia nos recuerde siempre que la dignidad humana está por encima del mercado, que el bien común está por encima del interés particular, que la solidaridad está por encima del privilegio, y que la justicia es una forma concreta de amar.
Que el Señor toque nuestro corazón como tocó el de Lidia, para que abramos la casa común de la República a quienes más necesitan protección. Y que, al mirar los próximos veinticinco años, podamos decir con humildad y esperanza: el Espíritu de la Verdad nos encontró dispuestos a cambiar. Amén.
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