Hay conversaciones que no ocurren en los espacios formales de la política. No pasan en reuniones oficiales ni en salones de decisiones. Ocurren en otros lugares, más discretos, donde el poder no se ejerce… pero se entiende.

En mi caso, muchas de esas conversaciones tienen lugar alrededor de un café. A veces virtual, a veces compartido. Y casi siempre con Leonte Brea, politólogo, escritor y observador constante de la vida política dominicana, autor de ¨El Manejo del Poder¨, ¨El Politico: Radiografía intima¨.

Hablar con él no es solo escuchar opiniones. Es entrar en una forma distinta de mirar la política. Una donde los procesos importan más que los titulares, donde la experiencia no necesita imponerse para hacerse sentir, y donde el análisis no está condicionado por la urgencia del momento.

De cada uno de esos cafés no solo salen ideas. Sale algo más valioso: una memoria. Una forma de conectar hechos, de entender cómo lo que ocurre hoy muchas veces tiene raíces profundas, y de reconocer que la política, aunque cambie de actores, suele repetir patrones.

Esa memoria, tejida entre historia y presente, es la que muchas veces parece ausente en los espacios donde hoy se toman decisiones.

En tiempos donde la política parece moverse al ritmo de lo inmediato, esas pausas son cada vez más escasas… y más necesarias.

Durante años se ha hablado de la importancia de la experiencia en la vida partidaria. Y con razón. Los partidos no se construyen desde cero en cada ciclo electoral. Hay memoria, hay aprendizajes, hay errores que no deberían repetirse.

Pero quizás el problema no es la presencia de esa experiencia, sino su ubicación.

No todos los que saben tienen que estar en la primera línea. No todos los que tienen trayectoria necesitan seguir siendo el rostro visible. Y no toda la autoridad se ejerce desde el protagonismo.

Ahí es donde aparece una distinción que pocas veces se discute: la diferencia entre liderar y orientar.

Hay figuras que, por su recorrido, están llamadas a cumplir un rol distinto. No menos importante, pero sí diferente. Un rol que no compite por espacios de visibilidad, sino que contribuye a darle sentido a las decisiones.

Sin embargo, la política contemporánea muchas veces ha confundido permanencia con vigencia.

Y eso tiene consecuencias.

Cuando los entornos de poder se llenan de caras que remiten constantemente al pasado —no por su valor histórico, sino por su desgaste acumulado— el mensaje hacia la sociedad se debilita. No porque falte experiencia, sino porque falta conexión.

Especialmente con una ciudadanía que, como ya hemos visto, ha cambiado.

En ese contexto, recuperar la figura del “sabio” no es volver atrás. Es, más bien, reubicar correctamente el valor de la experiencia.

Quizás el problema no es que falten voces con criterio en la política. Quizás el problema es que muchas de esas voces no están siendo escuchadas… o no están sentadas donde podrían aportar más.

Y mientras tanto, otras ocupan espacios para los que ya no conectan con el tiempo que vivimos.

Renovar no implica desplazar. Implica reorganizar.

Implica entender que hay quienes deben seguir construyendo desde la visibilidad… y quienes pueden aportar más desde la reflexión, la orientación y la memoria.

Porque al final, toda política necesita liderazgo.

Pero las mejores decisiones casi siempre nacen de buenas conversaciones.

Rossina Guerrero Heredia

Escritora

Rossina Guerrero Heredia, escritora y analista cultural. Mi trabajo se desarrolla entre la reflexión crítica, la experiencia en la gestión pública y la escritura literaria. He publicado cuentos que exploran la memoria, el dolor, los vínculos y la fragilidad humana, una mirada que atraviesa también mi forma de pensar la política y la vida pública. Escribo desde una perspectiva ensayística que busca ir más allá de la coyuntura inmediata, para comprender cómo el poder, el cansancio colectivo y las emociones configuran nuestra experiencia política en la República Dominicana contemporánea.

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