El pasado viernes 8 de mayo se cumplió un año de la elección de Robert Prevost como el Papa número 267 de la Iglesia Católica, el cual tomó el nombre de León XIV. En su primera alocución desde el tradicional balcón vaticano, desde donde hablan los papas recién elegidos, sus primeras palabras fueron pidiendo por la paz en el mundo.

Su elección fue sorpresiva para muchos; verdaderamente entró como cardenal al cónclave y salió como papa, pero parece que algo se entretejió junto a él, claro, unido al Espíritu Santo, pues hubo grupos que sacaron a la luz pública ciertos datos sobre su ejercicio pastoral en la diócesis de Chiclayo, Perú, pero al parecer nada de eso frenó el que fuera elegido obispo de Roma.

Comenzó su ministerio tímidamente, como es lógico y propio del que inteligentemente comienza un trabajo, y en la Iglesia una misión. Tenía tiempo conociendo los avatares eclesiales a nivel mundial, pues fue superior general de su orden agustina, y la elección que había hecho Francisco de él, para que presidiera el sumamente importante Dicasterio para los Obispos, en la Santa Sede, pues desde allí son elegidos todos los obispos de la Iglesia alrededor del mundo y en los organismos que lo requieran. Todos los sábados en la mañana se encontraba con Francisco para la aprobación de la tarea que día a día llevaba entre manos; en otras palabras: el hombre estaba bien curtido para la misión que le esperaba en la Iglesia.

Pero él heredaba el legado de un hombre que en los últimos años había revolucionado a la Iglesia con su quehacer y con su hablar: el papa Francisco se había vuelto un referente mundial para los de dentro de la Iglesia como para los de fuera, y había dejado iniciado un nuevo proyecto que era la sinodalidad; entonces venía la interrogante de si el papa Prevost iba a continuar con un papado al estilo Francisco y dar seguimiento al proyecto empezado, algo que él no necesariamente tenía que hacer. En un primer momento, por el hecho de haberse presentado el día del anuncio con muceta y estola roja, diferente a como lo hizo Francisco, solo con el hábito piano, comenzó a marcar las diferencias; luego el ir a Castelgandolfo, lugar de descanso de los papas, y establecer un día para ello en la semana y volver a cohabitar los apartamentos pontificios, no la casa Santa Marta como su antecesor, reafirmó la novedad del nuevo cabeza del Estado Vaticano.

Pero confirmó que el proyecto de la sinodalidad y de la Iglesia en salida, en misión, se continuaba, no para seguir la senda de Francisco, sino la que el Espíritu le estaba marcando a la Iglesia en este momento de la historia. Aun así, su imagen seguía tímida entre el entramado mundial de los medios y las situaciones del mundo; no valían videos, fotos y otras cosas para conectar e impactar en el universo mediático y del mundo. Pero su llamado a la paz mundial, como lo hizo el día de su elección, y ahora ante la situación de guerra emprendida por el presidente Trump, de su país natal, y su posterior pronunciamiento ante una pifia irrespetuosa de este hacia su persona: León XIV habló, y lo escuchó el mundo entero; en otras palabras: el León rugió, diciendo que no tenía miedo a nada ni a nadie, que lo suyo es fidelidad al evangelio. Y así ha comenzado a marcar terreno, haciendo ver que el mundo no está solo, que tiene a alguien a quien le duele y le importa lo que sucede en él, un nuevo líder mundial capaz de defender la justicia y la paz necesaria en este mundo. Los señores de la guerra deben tener cuidado, pues hay un custodio y profeta de la paz que necesitamos y la cual debe imperar entre nosotros, y ese hombre es Robert Prevost, hoy papa León XIV, al cual deseamos largo y buen tiempo de pontificado.

William Arias

Vicario de Pastoral de la Arquidiocesis de Santiago. Administrador parroquial de la parroquia santuario Divino Niño. Director de la Escuela de Teología de la PUCMM Santiago. Secretario de la Comisión Nacional de la Animación Bíblica de la Pastoral.

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