“Indicaremos esas esculturas que se forman y deshacen en las esquinas señaladas de algunas callejas, donde se detienen los grandes paquetes anaranjados. Llegamos, somos los primeros en esquinarnos, esperamos tiesos o dando pequeñas volteretas. Así seguimos hasta que se desprende el primer bostezo, globo de cristal que se rompe sobre nuestras mejillas. Después, un adolescente estudiante que abre y cierra sus libretas; cierra su boca masticando, masticando. No es la rumia que exigía Nietzsche en la Alta Engadina, es tan solo diente inútil lanzado sobre el tiempo inútil". José Lezama Lima, Tratado en la Habana, 1949.
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En su edición del 13 de marzo de 1926 la revista La Opinión informaba la apertura de un corredor de transporte público que iba desde Pajarito (o Villa Duarte) hasta las ruinas de la Fortaleza de San Jerónimo, en el malecón dominicano. Aunque el acceso al mar de la capital dominicana solo se daba por los predios del Paseo Presidente Billini, que se desplazaba desde las esquinas con 19 de Marzo hasta la Espaillat, hay que imaginarse la ruta. Los turistas nativos debían moverse por la Avenida Independencia para luego bajar por algunas de las calles hacia esa zona ahora perdida de vista de la vieja Fortaleza, destruida en 1937 y borrada con la edificación de la Tratoria Vesubio en los 60.
Aunque no era un transporte público propiamente dicho, es curioso que ya se asumiese un concepto de paseo y de significación de un lugar tan importante para la historia como San Jerónimo, y que la guagua ya operase como un dispositivo urbano.
El país entonces celebraba dos años de desocupación norteamericana, luego de ocho años de perdida nacionalidad (1916-1924). Insertos ya en la belle epoque, la nueva clase media, surgida a partir del comercio, la exportación, la bonanza de los precios internacionales y la significación de la agricultura, ofrecía casi un panorama de vaudeville.
Importada de Cuba, donde a su vez se había traído desde Canarias, aquello que debía ser “ómnibus” simplemente se asumió como “guagua”.
De aplicar las teorías de Paul Virilio sobre la “dromología” -o el estudio de los principios de la celeridad-, podríamos pensar en cómo el nuevo sujeto urbano aceleró los principios de vida, visiones, asunciones del otro. En esa prehistoria del ser como celaje, tendríamos el contraste entre el afuera y el adentro de la guagua. Enmarcado en un paisaje colonial, por no decir rural, la modernidad venía sobre ruedas. Las guaguas facilitaron los encuentros sociales, la algarabía que debía producirse cuando su novedad requería al mismo tiempo juego y aprendizaje, estrenarlos como se subía a cierto insertarse dentro de una narrativa de pasar, ir, llegar, ver, dejarse ver, en una ciudad que entraba y salía por la ventanilla.
Como aparatos, también debían considerarse nuevos valores con la llegada de la guagua: espera, desesperos, el aumento de los “conductas nerviosas”, como diría Georg Simmel ya poco años antes en su célebre ensayo sobre la vida urbana. Luego, lo menos deseado, los accidentes.
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La primera en integrar las guaguas dentro de la literatura dominicana fue Hilma Contreras. Seguramente por haberse criado prácticamente en Francia, debía haber normalizado ese medio de transporte.
Tras el choque que debió producirse con su regreso a aquel país dominicano de los años 30, debió parecerle curioso el detalle de cómo las guaguas comenzaron a lavarse en los ríos. En su cuento “Guazábara”, tomado de “Pueblo chiquito”, escritos entre 1934 y 1935, leemos:
“La bajada polvorienta de la carretera que nos ata al corazón del Cibao terminaba en un puente de tablones flojos. En el río lavaban una guagua verde. Aquí también llovían sobre la clara corriente cortinas flexibles de parásitas. Guazábara resopló al reconocer la vecindad de su potrero. Tras un rodeo nos echamos al río, cuyas aguas rebotaron en silbantes surtidores.
Una avenida de plátanos nos condujo al rancho de la finquita de Ramírez. A nuestro arribo se desbandaron los patos con gran ruido de alas pintadas.
—¡Aguaiten! —exclamó en jarras una vieja petiseca—. ¿Qué se le ofrece al amigo Lionaido?”
Para Hilma una guagua es objeto que se animaliza, que siendo “guagua verde” se integra en un espacio acuoso como para que se le devuelva su carácter de nuevo, de novedad.
Siguiendo esta línea “en negativo”, por el imaginario de la autora francomacorisana las guaguas se irán constituyendo en elemento de fuerzas formuladoras de espacios críticos. Veamos en su cuento “Ahora seremos felices”:
“Lo dijo sin emoción, clavada la mirada en el visitante que se aliviaba la espalda del peso de la mochila, y agregó:
—Más polvo no le cabe encima, amigo, ¿por qué viene a pie?
—Se dañó la guagua en el cruce de los dos caminos. Allá los dejé varados, pero yo tengo prisa, debo presentarme en Loma Alta a las ocho de la mañana”.
En su libro “Facetas de la vida” (1993) Contreras escribiría el cuento por excelencia para pensar el impacto y la materialidad de este medio de locomoción: “Del sueño a la realidad”.
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De Ramón Marrero Aristy siempre llegan dos temas: su novela “Over” y su trágica muerte, ¡que siendo ministro de Trujillo este salió de él de manera terrible!
Pero aparte de esas vallas, hay un campo amplio compuesto por sus ensayos, cuentos y hasta reportajes periodísticos.
“En busca del enganche” es una de las narraciones más declaradoras de ese momento en que se consolidó Ciudad Trujillo: la ciudad moderna sobre los restos de siglos coloniales.
En este relato se pasa revista a la llegada del campesinado a la “gran ciudad” que era la capital dominicana de los años 40. Ya la guagua no era aquella pequeña villorrio con cuatro ruedas, sino esa máquina ruidosa y sonante, cuyos ecos marcaban ya la gran metrópoli que debíamos seguramente ser:
“Un semáforo había dado paso a ocho automóviles que esperaban la luz azul, y fue tal el tráfago que produjo el arranque de las ocho máquinas, con sus resuellos, con su bramar, que la voz del campesino se perdió. Gritaron las bocinas de tres guaguas; chilló un vendedor de billetes. Un muchacho de esos que no tienen hogar y que no respetan a nadie fue a dar de cabeza contra el más alto de los mocetones.
—¡Muchacho el diablo!”
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Breve, intensa, compacta, todo aquello que pueda revelar síntesis es lo que encontramos en la breve obra narrativa de Aída Cartagena Portalatín.
Cibaeña como Hilma Contreras, compañera de generación, igualmente fue impactada por el francés y los aires parisinos. Sin embargo, en Aída observamos más atención a los temas de la modernidad. En su libro de cuentos “Tablero” (1978) Aída captó la reconstitución de la sociedad dominicana a partir del balaguerato (1966-1978): a partir del universo de la trabajadora doméstica y su pasión por Donna Summer, echó una mirada a lo Vivan Maier a eso que acontecía en el otro y que en ella no dejó de crecer. En algún momento, se debía tomar la guagua:
“Me complace esa música sinfín de la Donna Summer, garrapateando, aullando sin cesar, o cayendo como una cascadita vibrante y excitante. Pero no es cierto que doña Sarah me va a guardar para siempre dentro de su caja de música excitante, que el jazz, qué el boogaloo, que el ragtime o los beguín, etc. Ya a esa vieja no le pega eso. Ella creía que no iba a marcharme, me agradaría que viera cómo camino ligero a tomar la guagua, arrastrando este bulto pesado con la ropa y mis libros. Aquí, chofer, me quedo en Haina”.
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Las guaguas que se mueven en la narrativa de René del Risco tienen ligeros tintes cinematográficos. Van entre la lluvia o son objetos esfumables, ante los que hay que apurarse, produciendo tensiones.
En “El mundo sigue, Celina”, donde se narra una historia de abuso a edad temprana y luego de prostitución y migración, la parada de guaguas es como un nudo donde se entrecruzan historias múltiples:
“…para que me riera y casi de reírme así se me corría el colorete con las lágrimas, sí, lágrimas que se me confundían con la lluvia, allí mojándome en la parada de guagua a las nueve y quince.
Es necesario ver los hombres
caminar apresuradamente
como quien teme perder la última guagua;
las muchachas de cabellos dorados
y párpados sombreados
para el llanto.
René del Risco, ESTE ES UN JUEGO TRISTE.
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Los años 60 estuvieron marcados por lo trágico. Los principios de la muerte se enseñorearon con amplísimos registros, desde la más íntima hasta la tan heroica, desde los espacios oníricos de Virgilio Díaz Grullón hasta los más exteriores de Antonio Lockward Artiles.
De este último rescato el cuento “Nueve horas santas para el perdón de un zapatero”, de la obra colectiva “Bordeando el río” (1969).
En plena noche trágica del Balaguerato (1966-1978), nuestro autor recrea un espacio urbano marcado por los rituales de la violencia y la desaparición. Como dispositivo de transporte, pero también como contenedor de una socialidad popular, la guagua se convierte en esa estructura viajera, reconocedora de lo más amplio urbanamente, como si en ese recorrido se estuviese trazando un mapa de las desapariciones. Como para concederle mayor magia a los eventos, Lockward Artiles distorsiona el mapa de Santo Domingo: dispone un cementerio en la Tiradentes, donde en verdad no existe, porque debería ser en la Avenida Máximo Gómez. Pero como simbólicamente funciona más acercarse a una de las metáforas del trujillato que a una vinculada afectivamente a la historia -la figura del generalísimo libertador de Cuba-, entonces se asume esa licencia trastocadora. Pero lo importante será la guagua deslizándose como tinta por aquellas calles enrojecidas y ennegrecidasd:
“Una cruz con su muerto. Hielo recién comprado. La primera misa. La última. El aniversario. La rezadora del barrio lo dirige todo. Solo dejó luto, el mierda. Hace beber más café a la gente. Te obliga a decir, de día y de noche, el secreto. Agitas tu sesera y te preguntas cuándo saltarás por la ventana de la guagua para llegar al cementerio de la Tiradentes, si es que continúa rindiendo servicios. Allá delante, el sacerdote de Cristo se pasea como un pavo real bajo su capa y estola. Ha fallecido en la paz del Señor.
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Con los años 70 el concepto de “autobuses” y “guagua” se fue decantando a favor del segundo. Normalizado el transporte público, en una ciudad que se ampliaba hasta ir conectando con todo lo que era periferia en el norte y el oeste, a las guaguas se les fue rebajando esa calidad cuasi trágica que habían tenido. El poeta las fue asumiendo como uno de sus ajuares.
Enriquillo Sánchez, cultivador de iconoclastia y puertas barrocas, fue dando el tono a esa nueva asunción de esos transportes. En “Los cantos del húsar” (1985) leemos:
“Aquí, entre hombres que van a morir,
dentro de músicas que navegan -intocables- en el viento.
en ciudades que muerden el naranjo y la ceniza.
en parques olvidados y en olvidadas balerinas.
dentro de autobuses que perdieron su memoria de hipocampo,
entre hombres que van al presidio o a la noche,
la noche que respira con pulmones de alquitrán o vino
como un animal que el mar acosa hacia mañana.
Aquí, aquí”.
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En los años 80 las guaguas se han “normalizado” en la vida urbana. Ya no fueron esas especies de espacios para reconocer e interactuar con el miedo y la violencia acontecidos en los espacios del afuera, sino parte ya de una cotidianidad donde teníamos que “movernos”.
Recuperando esos rasgos melancólicos de la memoria, José Rodríguez nos lanzaba “Proyecto de ternura” (1986). Como dialogando por esa veta rené-delrisquense, José nos sumerge en esos beige y malva de los primeros años, dándole consistencia a las míticas guaguas de dos pisos. Según esta poética de Rodríguez, nos transportaremos a unos años 60 frescos, donde las guaguas se pintaban y firmaban a mano, de lo que puedo ser buen testigo. En su poema “Nostalgia”, accedemos a estos arcanos:
“Para entonces
Rubirosa se convirtió en el dios de los tunantes
Las guerras de bagazos en las guaguas de dos pisos
pintadas por Sullivan o Pelo Fino
Dos mitos recurrentes
las tetas fabulosas de Sofía Loren
y el hoyo en la barbilla de Kirk Douglas”.
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La calidad de las guaguas y el enmarañamiento de una pujante clase media que la fue atestando y al mismo tiempo obviándole en función de las facilidades que brindaba el auto propio, las convirtieron en un fenómeno urbano en los años 80. El pintor Freddy Javier dialogó intensamente con este fenómeno en su obra: enjambres humanos viendo a ver lo que pasaba camino a Herrera, a la Universidad, al trabajo.
En “El recurso de la cámara lenta” (1996), un cuento ganador del Concurso de Cuentos de Casa de Teatro Ramón Tejada Holguín nos dibuja a su vez aquellas guaguas rayaban las fronteras de Villa Francisca, San Carlos y la Ciudad Colonial:
“El hombre, ligero, se encamina hacia la esquina Duarte con Benito, donde tomará una guagua o un carrito que lo guíe a su destino. ¿Te has detenido a pensar que siempre nos guían? Estás ensimismado, viajas por regiones irreductibles a la razón, en las que el presente permuta su sitio con un futuro onírico, deseado.”
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La dramaturgia dominicana no ha sido una buena observadora de las dinámicas espaciales. Atendiendo más a los traumas en los mitos griegos que a la locura de esta tropicalidad que sí ha tenido cultores en Cuba y Puerto Rico, los teatristas locales no han permitido el tránsito de guaguas en sus producciones. Un autor se salva, particularmente: Carlos Castro. En su obra “Roca La Tumba”, el kilómetro O del Parque Independencia es el ombligo del mismo país, y desde ahí se podría “coger la guagua”.
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Junto a Carlos Castro hay que situar, en los planos de la poesía a un autor nodal en todo lo que significa creatividad e intelección de ese “ser” contemporáneo dominicano. Pienso en Homero Pumarol y un poema al que se le puede considerar como uno de los “epos” de este siglo XXI. Me refiero a “Jack Veneno ha muerto”, de su poemario “Cuartel Babilonia” (2000). Las guagua de Homero ya son “voladoras”. Desmontado el sistema de transporte de “Onatrate” -la palabra más fea del dominicano según me contara Luis Días-, las viejas y cuasi todopoderosas guaguas de la Ruta 5, entre otras, le cedieron el lugar a unos con menores formatos, denominadas “voladoras”, por su no reconocimiento de límites de velocidad y hasta peligro. Con Homero, ya estamos divisando los contenidos de la postmodernidad a la criolla:
“y llorar y dar vueltas al parque Independencia y al tabaco
y terminar de enrolarlo a lágrima viva
del mismo lado de la calle El Conde,
entre los borrachos de a pie, los maniceros,
las barrigas verdes de polyester de los policías,
los carros públicos, las guaguas voladoras”.
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Potenciando esos principios de aceleración, mundos cebráticos y mundos donde ya los normales serán los rostros de Francis Bacon, la emergencia de la poesía de Frank Báez le concedió nuevas cualidades a esta visión del pastiche, la sobreimposición y cierto orden físico post-newtoniano. En “Panorámicas” podemos ver:
“y el vecino de la tercera
maldice la vida
y desayuna
y arroja el teléfono por el balcón
y la muchacha sentada a tu lado
en la guagua
saca un revolver de la cartera
y en la esquina una mujer
se quita un tacón”
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Frank Báez podría ser considerado uno de los grandes cartógrafos del nuevo Santo Domingo, con el subrayado que le ha hecho a una de sus zonas más pujantes: Los Kilómetros. En su premiada obra “Postales” (2011), vemos en una marcada con el número 123:
“A Miguel que cuando se aburría se sentaba a mirar cómo los carros y las guaguas caían en un hoyo de la avenida Independencia”.
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El caso de Juan Dicent es uno de los más curiosos de nuestra literatura. Nacido y crecido en Bonao (1969), de aquellos espacios cibaeños dio tremendo brinco para caer en una zona al parecer de nadie y de pocos, que no era “Los Kilómetros” pero que igual estaba como una isla periférica al Gran Santo Domingo: aquella franja cercana a la carretera Duarte, bordeada por la Avenida Núñez de Cáceres. Asumiéndose en una dinámica cuasi fundadora, nos hace pensar en la dinámica urbana de los 70 y 80, resaltando la manera en cómo la ampliación de la capital fue al mismo tiempo la ampliación de un viejo estadio de anomia que nos conformaba. “La casa Mamey”, de su clásico libro de cuentos “Summertime” (2005), realiza como una acuarela de la época y aquellos lugares:
“La Núñez de Cáceres no tenía ruta de guagua. Todo era monte. La Junta cogió otro sábado para beber y cortar la hierba donde ahora está el almacén de Distribuidora Corripio. Nos enseñaron a jugar pelota. Se sentían orgullosos al vernos hacer hazañas como caer y caer.”
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Fiel a la nueva dinámica literaria de potenciar los bordes capitaleños, enfrentándose así a cinco siglos de centralidad condiana, Rey Andújar se integró al nuevo filón conceptual. Aquí sí que tenemos un giro, sin guaguas voladoras pero sí con los viejos monstruos guagüeros. En “La sangre de Philippe”:
El abuelo me llevaba de la mano por la Avenida España cuando la inmensa guagua de ONATRATE desbarataba a un moreno en un Honda 70cc.
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Con Aurora Arias las guaguas adquieren nuevas dimensiones. Ya no son dispositivos para la tragedia o máquinas maquinizando. Son más táctiles. Como diría un aprendiz de Marshall McLuhan: son como extensiones de tu cuerpo. En dos de sus cuentos encontramos referencias a este medio de transporte, en un plano frágil de la cotidianidad, y en un tiempo cuando más apelábamos a ella: en Semana Santa. En su cuento “Cuaresma”,
“¿Qué hacía durante todo ese tiempo en que las culebras pretendieron destruir su fe? ¿Por qué no supo morir, cuando meses antes una guagua loca lo estropeó de camino a Higüey, a los pies de la Virgen de la Altagracia en santa peregrinación? ¿Por qué se burlaban de él los pasajeros que iban en la guagua al verlo flaco, barbudo, con su pañuelo azul de perfecto profeta amarrado a la cabeza, su funda de elepés, y su guitarra, yendo descalzo por la carretera a cumplir una promesa?”
En “Hotel Radiante”, Arias homenajea a una línea de autobuses que ha hecho fama: Transporte Espinal:
“Tu presencia hizo que el viejo desistiera de coger para la playa. Ella se alegró. Su tía arribaría en la guagua de Transporte Espinal a eso de las seis, y ya eran las cinco.”
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La guagua como puente, vínculo, enlace. En “La cabeza del puente” Rita Indiana recrea las esferas del Puente Duarte, aludiendo a veces a una historia de “defensa”, como cuando aquel espacio fue campo de batalla en la Guerra de Abril de 1965, pero igualmente, como un anodino espacio del entra y sale de la capital dominicana:
“Cuando la gente pierde las esperanzas se llena de una súbita agonía liberadora. Filip descansa con la cabeza en mis rodillas, imposibilita mi propio derrumbe, sentados en una cuneta, “después de todo, cuánta magia”, me dice el cabrón, y el puño me tiembla en un pescozón que no puedo darle, el cabrón que me trajo hasta el puente donde según él encontraríamos una guagua a la capital”.
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