La gente se sorprende por las cosas que dice y hace el actual presidente de los Estados Unidos, pero en realidad Donal Trump solo ha hecho un poco lo mismo que sus predecesores, tanto demócratas como republicanos: invadir y bombardear países y matar gentes como si fueran hormigas, aparte de financiar y patrocinar el genocidio palestino al igual que su predecesor, el presidente zombie Joe Biden y otros. La diferencia es que Donald Trump dice en general lo que piensa, es un deslenguado, un inmoral, no se molesta en fingir, no disimula, no oculta sus propósitos, que son los propósitos del imperio. Ha dicho que quiere cogerse a Groenlandia y el canal de Panamá y las riquezas petroleras de Venezuela y todo es cierto, pero el proyecto no es suyo, es del imperio. Es algo que está aprobado y planificado desde hace tiempo, pero no se anuncia con el descaro que lo hace Trump.

Trump es como el licenciado Melesio Morrobel, aquel personaje extravagante que representaba Freddy Beras Goyco. El Licenciado Morrobel, quizás la mejor creación del inolvidable Freddy Beras Goyco, era un político corrupto, sinceramente corrupto, descaradamente corrupto. A diferencia de los políticos tradicionales decía lo que pensaba, decía lo que piensan y no dicen los políticos corruptos. No prometía combatir la corrupción, la corrupción era su meta, como la de todos los políticos del sistema. Los candidatos corruptos, incluyendo sobre todo a los candidatos a la presidencia a la res pública, hablan contra la corrupción, prometen combatir la corrupción y el narcotráfico, etc. Morrobel prometía robar. Se va al poder a robar, decía, y él quería el poder para robar. El poder es para «hacerse».

Los demás son discípulos de Maquiavelo y siguen los consejos que da Maquiavelo al príncipe. Un príncipe, un gobernante, no tiene que tener moral ni principios, pero debe fingir que los tiene.

Donald Trump es una especie de Morrobel, un alter ego. Por eso escandaliza a tantas personas. No sabe guardar las apariencias. Pero no es tan diferente de los demás. Es además es un mujeriego enfermizo, un pedófilo, el primer delincuente convicto en ocupar el cargo de presidente de los Estados Unidos, pero no es el único delincuente que ha ocupado el cargo. Ahí está Richard Nixon, por ejemplo. Y está Ronald Reagan y su vicepresidente George H. Bush, vinculados a un escándalo de venta de armas y tráfico de drogas en complicidad con el teniente coronel del cuerpo de marines Oliver North.

Donald Trump sobresale, desde luego —entre la mayoría de criminales de guerra que han ocupado el trono de los Estados Unidos— por su inestabilidad emocional, su desenfreno y su atrevimiento y es capaz de llevar alegremente al mundo a una catástrofe. Con la presidencia de Donald Trump, la llamada gran democracia del norte se revela como lo que es, una plutocracia. El irrespeto a los derechos civiles y la brutal represión contra los inmigrantes, empieza a recordar el nazi fascismo. Pero Donald Trump no es el único malo de la película.

El taimado Billy Clinton (otro delincuente) también era mujeriego y además mentiroso, y hasta fue sometido por cargos de perjurio y obstrucción de la justicia. Para peor, cada vez que lo implicaban en alguno de sus numerosos líos de faldas se inventaba un bombardeo, preferiblemente en algún país africano. Célebre, por ejemplo, fue el bombardeo y destrucción de una industria de medicamentos en Sudán. Específicamente la fábrica de Al Shifa en la ciudad capital de Jartum. En esa fábrica se producían la mitad de los productos farmacéuticos del país, incluyendo los medicamentos contra la malaria, hasta que fue convertida en escombros por un ataque de misiles crucero por órdenes del bueno de Clinton el día 20 de agosto de 1998.

Mucho más célebre fue lo del bombardeo de Yugoslavia, o de lo que quedaba de Yugoslavia en 1999 por parte del mismo Clinton. O de la OTAN, que es igual. Esta vez no fue un simple ataque, sino una campaña de bombardeos que iniciaron el 24 de marzo y duraron setenta y ocho días, algo que deja chiquito a lo que ha hecho Trump hasta ahora. La operación se llevó a cabo sin aprobación de ONU (cosa que tampoco hubiera tenido mayor importancia) y en el momento en que se produjo fue, trágicamente, la mayor operación militar que tuvo lugar en Europa desde la Segunda Guerra. Más de de nueve mil toneladas de bombas con uranio empobrecido fueron arrojadas en Belgrado, la capital de Serbia, y sobre ciudades de Kosovo y Montenegro, y produjeron una grave contaminación que durará miles de años. La contaminación afecta huesos, riñones, comporta riesgos permanentes para la salud, produce y seguirá produciendo muertes por cancer y malformaciones en recién nacidos.

Paradójicamente, ninguno de los recientes predecesores de Trump mantuvo con tanto entusiasmo y perseverancia el país en guerra, ni ordenó tantos bombardeos, como el pacifista y premio Nobel de la paz llamado Barack Obama. Hasta ahora, Obama es el presidente que ha estado más tiempo en guerra en toda la historia de los Estados Unidos. El único que mantuvo a la nación en guerra durante sus dos mandatos.

Obama se presentó como un candidato de la paz, como un palomo, alguien que había manifestado su oposición tajante a la invasión de Irak, pero resultó ser uno de los peores halcones. En el año 2009 sustituyó a George W. Bush y se esperaba que pusiera fin a los conflictos que heredó de su gobierno, pero en vez de apaciguarlos le echó más leña al fuego y creó otros.

Durante el gobierno de George W. Bush y  su todopoderoso vicepresidente Dick Cheney se orquestó desde el año 2001 la más infame campaña de mentiras para justificar una guerra contra Saddam Hussein, el presidente de Irak. En la campaña, la primera campaña de desinformación mundial del siglo, se involucró el presidente y el vicepresidente, por supuesto, y casi todos los funcionarios civiles y militares. Todo se basó en en la premisa de que el gobernante iraquí poseía armas de destrucción masiva y estaba vinculado a Al-Qaeda. Las acusaciones, desde luego, eran falsas y se demostró su falsedad durante la primera fase de la guerra. Una guerra que sumió al país en el terror, la devastación y el caos, y provocaría en pocos años la muerte de un millón de iraquíes, creó durante más de una década una espiral de violencia incontenible, facilitó la insurgencia del llamado Estado Islámico y causó la fragmentación del país.

Cuando Obama llegó al poder, se presagiaron grandes cambios, y los cambios se produjeron en efecto, pero no los que se esperaban.

Al tiempo que se le concedía el llamado premio Nobel de la Paz, demostró ser otro mentiroso y criminal de guerra. Solo en 2016, el último año entero de gobierno, «la administración Obama» lanzó unas 26,171 bombas. Las bombas y drones cayeron en Afganistán, Pakistán y Yemen, Siria e Irak, Afganistán y Libia, siete países musulmanes. Eso equivale a decir que «el ejército estadounidense bombardeó a combatientes o civiles en el extranjero con 72 bombas al día; eso son tres bombas cada hora, las 24 horas del día». Como dice Medea Benjamin: «Qué sangriento final para el reinado de Obama»

Pedro Conde Sturla

Escritor y maestro

Profesor meritísimo de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), publicista a regañadientes, crítico literario y escritor satírico, autor, entre cosas, de ‘Los Cocodrilos’ y ‘Los cuentos negros’, y de la novela histórica ‘Uno de esos días de abril.

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