Hay series que atrapan por sus giros argumentales. Otras lo hacen por sus personajes, por sus escenas de acción o por la promesa de un gran misterio. From consigue algo mucho más difícil: transforma el lenguaje cotidiano de los cuentos y de la literatura en una experiencia profundamente inquietante. Nos obliga a mirar de nuevo imágenes que creíamos entender desde la infancia y las devuelve deformadas, como si alguien hubiera tomado los símbolos más comunes de nuestra imaginación y los hubiera colocado frente a un espejo roto.

Quizá ese sea el verdadero secreto de la serie. No son los monstruos. No es el pueblo. Ni siquiera es la pregunta obsesiva sobre qué está ocurriendo realmente. Lo que vuelve inolvidable a From es su capacidad para convertir lo familiar en algo radicalmente extraño.

Todo comienza con una imagen casi literaria: un camino interrumpido por un árbol caído. Es una escena que hemos visto incontables veces en novelas, cuentos populares y películas. El árbol bloqueando el camino representa el obstáculo, el momento en que el héroe debe desviarse para iniciar una aventura. Es una metáfora universal del destino cambiando de dirección.

Pero en From ese árbol no anuncia una aventura.

Anuncia una condena.

No existe la posibilidad de retroceder. El árbol no desvía el camino; lo rompe para siempre. Después de verlo, la vida anterior desaparece como si jamás hubiera existido. De pronto, un símbolo clásico del viaje del héroe se convierte en el umbral de una prisión.

Y eso ocurre una y otra vez.

La serie parece preguntarse qué sucedería si todas las imágenes literarias que asociamos con la esperanza decidieran volverse en nuestra contra.

El pueblo es otro ejemplo extraordinario.

Desde hace siglos, el pueblo pequeño representa el refugio. Es el lugar donde todos se conocen, donde la comunidad protege al individuo frente a los peligros del mundo exterior. En la literatura es el espacio de la memoria, de la infancia y de la pertenencia.

Aquí sucede exactamente lo contrario.

El pueblo no protege.

El pueblo atrapa.

No es un hogar.

Es una boca abierta que nunca deja salir a quienes entran.

Cada casa, cada calle y cada ventana conservan la apariencia de una vida normal, pero esa normalidad funciona como un disfraz. Resulta imposible contemplar esas fachadas sin sentir que esconden una voluntad propia, una inteligencia silenciosa que observa a sus habitantes como un entomólogo observa insectos dentro de un frasco.

Y entonces llega la noche.

Pocas series han entendido tan bien el valor simbólico de la oscuridad.

En la tradición literaria, la noche representa el misterio, el miedo y aquello que permanece oculto. From recoge esa idea, pero la lleva mucho más lejos. Aquí la noche no solo cambia el paisaje. Cambia las reglas mismas de la realidad.

Cuando el sol desaparece, las puertas dejan de ser simples puertas. Las ventanas dejan de ser ventanas. Las casas dejan de ser hogares.

Todo adquiere un significado completamente distinto.

Una ventana abierta ya no simboliza libertad.

Es una sentencia de muerte.

Una puerta cerrada ya no representa aislamiento.

Es la única diferencia entre seguir respirando o convertirse en otro cadáver.

La serie convierte los objetos más cotidianos en decisiones morales.

Cada cerradura es una elección.

Cada cortina es un acto de fe.

Cada tabla clavada sobre una ventana parece una oración desesperada.

Y luego están los monstruos.

Qué idea tan brillante la de hacer que el horror sonría.

El cine nos ha acostumbrado a criaturas salvajes, deformes y frenéticas. Nos enseñó que el peligro ruge, corre y persigue.

Los monstruos de From hacen exactamente lo contrario.

Caminan.

Hablan con tranquilidad.

Sonríen.

Esperan.

Parecen vecinos educados que han venido a pedir una taza de azúcar.

Y precisamente por eso resultan insoportables.

Porque destruyen otra imagen profundamente arraigada en nuestra imaginación: la sonrisa como símbolo de confianza.

En From, la sonrisa deja de tranquilizar.

Se convierte en una máscara.

En una promesa de violencia.

En un anuncio de que la muerte puede tener modales impecables.

Es imposible no pensar que la serie entiende algo fundamental sobre el miedo: lo verdaderamente aterrador nunca necesita levantar la voz.

También el bosque participa de esta inversión simbólica.

En los cuentos tradicionales, el bosque es el territorio donde el protagonista se pierde para encontrarse. Es el espacio de la transformación. Allí aparecen los sabios, las brujas, los lobos y las pruebas necesarias para regresar cambiado.

Pero el bosque de From parece rechazar toda posibilidad de aprendizaje.

Cada árbol oculta un nuevo enigma.

Cada sendero conduce hacia otra pregunta.

No existe un centro.

No existe un mapa definitivo.

Es como si el bosque hubiera olvidado que debía conducir a alguna parte.

O peor todavía.

Como si condujera exactamente al lugar donde desea llevarte.

La naturaleza deja de ser escenario para convertirse en una inteligencia silenciosa.

Eso explica por qué incluso los árboles parecen inspirar desconfianza.

No porque hagan algo.

Sino porque parecen saber algo.

Y qué decir de los talismanes.

Otra de esas imágenes ancestrales que la literatura ha utilizado durante siglos.

Los amuletos representan la esperanza materializada. Son pequeñas pruebas de que existe algún orden oculto capaz de protegernos frente al caos.

En From, sin embargo, los talismanes producen una sensación profundamente ambigua.

Funcionan.

Pero nadie sabe por qué.

Y precisamente ahí reside el problema.

La fe siempre resulta más incómoda cuando produce resultados.

Los habitantes cuelgan esas piedras sobre las puertas con una mezcla de esperanza y desesperación, como si cada noche realizaran un ritual cuyo significado olvidaron hace mucho tiempo.

No creen porque comprendan.

Creen porque necesitan sobrevivir.

Y quizá esa sea una de las ideas más poderosas de toda la serie.

La fe no nace necesariamente de la certeza.

Muchas veces nace del miedo.

Otro símbolo inolvidable es el faro.

Pocas imágenes representan tan claramente la orientación como una luz elevándose sobre la oscuridad.

Durante siglos, el faro ha sido el anuncio de que existe tierra firme, de que alguien guía el camino de los perdidos.

En From, incluso esa promesa parece contaminada.

El faro continúa siendo una llamada.

Pero nadie sabe si llama hacia la salvación o hacia una verdad todavía más terrible.

Cada respuesta obtenida allí parece abrir una herida nueva.

La luz sigue iluminando.

Lo que ya no sabemos es si ilumina el camino correcto.

Y después está Victor.

Quizá el personaje que mejor resume toda la esencia de la serie.

Victor vive rodeado de dibujos.

Otra imagen aparentemente inocente.

Los dibujos infantiles suelen representar la imaginación, la creatividad y la memoria feliz.

Aquí cumplen exactamente la función opuesta.

Son archivos.

Son pruebas.

Son el desesperado intento de impedir que el horror desaparezca bajo el peso del olvido.

Cada dibujo parece una página arrancada de un libro imposible.

Un mapa elaborado por alguien que comprendió demasiado pronto que la realidad nunca volvería a tener sentido.

Hay algo profundamente conmovedor en esa idea.

Mientras otros personajes buscan respuestas, Victor intenta conservar recuerdos.

Como si supiera que olvidar es incluso más peligroso que morir.

Tal vez por eso From provoca una fascinación tan difícil de explicar.

No solo construye un gran misterio.

Construye un nuevo lenguaje simbólico.

Nos obliga a desconfiar de imágenes que llevamos siglos utilizando para contar historias.

Los caminos dejan de conducir.

Las casas dejan de proteger.

Las sonrisas dejan de tranquilizar.

Los bosques dejan de enseñar.

Las luces dejan de orientar.

Incluso los niños dejan de representar únicamente la inocencia para convertirse en mensajeros de algo incomprensible.

La serie consigue que el espectador vuelva a mirar el mundo con la sospecha de quien acaba de despertar de un sueño demasiado vívido.

Y esa es una hazaña extraordinaria.

Porque el verdadero terror nunca consiste únicamente en crear monstruos nuevos.

Consiste en enseñarnos que los símbolos de siempre ya no significan lo que creíamos.

Después de ver From, un árbol caído deja de ser un árbol.

Una ventana abierta deja de ser una ventana.

Una sonrisa deja de ser una sonrisa.

La serie coloniza nuestra imaginación con una elegancia inquietante. Toma prestadas las imágenes más antiguas de la literatura universal y las reorganiza hasta convertirlas en algo irreconocible. Es como si los cuentos de hadas hubieran envejecido mal, como si los mitos hubieran olvidado su propósito y solo conservaran su capacidad para producir asombro y miedo.

Quizá por eso resulta tan difícil abandonar ese pueblo incluso cuando termina un episodio. Porque, en realidad, nunca hemos dejado de habitar un mundo construido con símbolos. From simplemente nos recuerda que basta con alterar ligeramente su significado para que todo aquello que parecía seguro se convierta en un territorio desconocido.

Y cuando una obra logra que volvamos a mirar un camino, un árbol, una casa, una ventana o una simple sonrisa con una mezcla de fascinación y temor, entonces ha conseguido algo reservado para muy pocas historias: ha cambiado la manera en que imaginamos el mundo.

Gustavo A. Ricart

Cineasta y gestor cultural

Soy cineasta, gestor cultural y crítico en formación. Desarrolló mi carrera entre la creación audiovisual y el pensamiento crítico, combinando la práctica artística con estudios universitarios en Historia y Crítica del Arte. Actualmente cursa una maestría en Gestión Cultural, con el firme propósito de contribuir a la vida pública desde la reflexión estética y el análisis sociocultural. En paralelo, colabora activamente en proyectos que buscan descentralizar el acceso a la cultura y revalorizar nuestro patrimonio.

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