Cuanto más se conoce al otro debería amársele más; sin embargo, sucede todo lo contrario. Lo que se llama conocimiento del otro es conocer sus defectos y virtudes fruto del crecimiento en caos, que es la experiencia, el vivir.

El vivir se da cuando se siente que se conoce al otro sin querer que haga lo que nosotros queramos. En el fondo no nos gusta que nos conozcan. Somos hijos del misterio y hacia el misterio vamos de manera irreversible. De ahí que provenga, quizás, que nunca se llega a conocer a alguien, y eso es una verdad por parte y no la mejor del conocimiento entre personas.

¿Conocemos a quien decimos amar, odiar? Por cómo nos esforzamos en conocernos a nosotros mismos, conocemos al otro, al que nos importa. Conocer es un verbo de luz, porque involucra nuestro ser desde el otro, desde lo que otro significa para nosotros. ¿Cómo nos damos para que nos conozcamos desde el otro? ¿Pasa lo mismo con la oración que es una forma de comunicación con algo trascendente? Podría ser y el único que gana “ganancias de pescadores”, somos nosotros mismos. Nos damos a conocer por amor, por debilidad, porque necesitamos que el otro nos comprenda para que nos admire para querer negarlo mañana con cualquier acto intrascendente, que es típico de la naturaleza humana.

Soy dado al conocimiento por amor que tórnase luego en desconocimiento en el mismo orden en que voy ahondando en eso que quiero conocer. Si se siente que nos conocen, empezamos a hacer cosas para que ese otro se desconcierte y empiece a dudar que, si una vez dijo que nos conocía, resbale a la duda. Aunque la duda sea una de las madres del conocimiento.

Cuando el que decimos conocer por amor hace algo que trastorna la manera de verlo y sentirlo, nos sentimos empujados hacia la decepción, que también es una forma de conocimiento. En cierta manera todo va hacia el conocimiento de nosotros mismos desde los actos del otro hasta los propios.

En el caso de alejarnos, se busca con la niebla de la distancia, que no nos vean, en convertirnos en invisibles. Inmenso y espeso es el alejamiento para que nos conozcan menos cada vez, cada segundo, horas, meses, años, hasta alcanzar el olvido de que nadie sepa, incluyéndonos, quienes somos.

De ahí que proponer estudiar la sociedad desde un punto de vista espiritual podría dar buenos resultados para ponderar cómo andamos en el diario vivir, que al final de cuentas, es el que diagnostica con más claridad qué somos en lo que aparece otra cosa. Dividir por sectores, niños, jóvenes, adultos y mayores de edad y estudiarlos espiritualmente. Se me ocurre este enumerar por capricho, juego; porque ante todo esto, lo que cuenta, aun haya manipulación, es lo que dice el otro. El otro es el que nos define de manera casi definitiva, en cualquier orden en que nos pensemos. Todo lo hacemos para el otro, es el mejor espejo para verse además del cuerpo el alma.

Amable Mejia

Abogado y escritor

Amable Mejía, 1959. Abogado y escritor. Oriundo de Mons. Nouel, Bonao. Autor de novelas, cuentos y poesía.

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