Finalizando el 1937 Juan Bosch emprendió con urgencia su salida del país al tener noticias del genocidio de la frontera y la posibilidad de que la tiranía lo cooptara como congresista. Justo al inicio del ascenso de la ola racista trujillista antihaitiana la integridad moral de Bosch se vio profundamente afectada, no toleraba seguir respirando el aire enrarecido de su patria por el sátrapa.
Rafael Darío Herrera destaca como a partir de la matanza se comenzó a construir el discurso antihaitiano que llega hasta nuestros días. A los intelectuales dominicanos integrados al despotismo trujillista les correspondió la innoble tarea de legitimar la hecatombe de 1937. Sobre la base de un nacionalismo mixtificado, el perfil nacional se definió como opuesto al haitiano. El esfuerzo se orientó a definir las esencias nacionales (blancura, la hispanidad y el catolicismo) como contrapuestas a la haitiana. En tal directriz, la frontera adquiría un significado particular en la medida en que representaba una barrera social, étnica, económica y religiosa absolutamente infranqueable para evitar la contaminación de la Nación dominicana”
Más que el mismo Trujillo, intelectuales como Joaquín Balaguer y Peña Batlle participaron en la campaña anti-haitiana por sus compromisos ideológicos con el racismo y la aporofobia, y lo prolongaron en el tiempo cuando ya el tirano no tenía interés en el tema, y sus argumentos trascendieron la vida del dictador y hoy son las perversas semillas del racismo dominicano.
La conclusión de Herrera sobre la matanza del 1937 y sus consecuencias indican claramente lo que acabo de afirmar. Trujillo se propuso intimidar a los pobladores dominicanos y haitianos de la región fronteriza y, de hecho, lo logró. Durante todo el resto de los años de vida del dictador, esa cruel matanza mantuvo a la población haitiana aterrorizada y alejada de la línea fronteriza, y a la inmigración de braceros estrictamente controlada. También, y más desgraciadamente importante, abrió un profundo abismo entre los dos pueblos que comparten esta isla de Santo Domingo hasta nuestros días. El déspota logró con ese crimen sellar el control territorial de su dictadura hasta que fue ajusticiado el 30 de mayo del 1961.
Para Bernardo Vega el antihaitianismo del trujillismo comenzó un poco más tarde, no en el 1937, sino cuando Lescot ascendió a la presidencia de Haití. Trujillo le ayudó en su ascenso al poder en 1941 pero una vez devino presidente comenzó a criticarlo y, además, prohibió la salida de cortadores de caña hacia Santo Domingo, bajo el pretexto de que eran necesarios para el esfuerzo de guerra en ese país, pues, con motivo de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos le habían pedido que sembrara en grandes cantidades un sustituto del caucho, ya que la producción asiática había caído en manos de los japoneses.
Siguiendo el argumento de Vega, la campaña contra Haití y los haitianos duró los cinco años de la presidencia de Lescot. Será Peña Battle quien a partir de 1941 sería el principal expositor de ideas falangistas (…) (catolicismo e hispanidad) y los ataques contra el presidente haitiano. (…) Después de la caída de Lescot, la propaganda anti-haitiana de Trujillo se redujo considerablemente, hasta su muerte en 1961.
La matanza influyó poderosamente en la partida de Bosch hacia su exilio más prolongado. No bien se enteró de los sucesos en la frontera por amigos, le dicen que Trujillo quería nombrarlo diputado en el Congreso Nacional. En su mente y corazón era intolerable aceptar un puesto político que lo hacía corresponsable de la naturaleza criminal y autoritaria de la dictadura, pero si lo rechazaba su destino era la muerte y casi seguro la de sus familiares.
Manuel Núñez explica el contexto de la partida de Bosch. En 1937, Mario Fermín Cabral le informa que Trujillo ha decidido nombrarlo diputado. Comprendió entonces que de quedarse en el país quedaría atrapado en las redes de un régimen oprobioso, y prepara, consciente de ello, meticulosamente su salida del país. Simula una enfermedad de Isabel, su esposa, que, en aquellos momentos se hallaba embarazada de su hija Carolina, y logra sacar a su familia del país. Sólo dos personas sabían que él no regresaría al país. El escritor Virgilio Díaz Ordóñez, quien era Presidente del Ateneo y el historiador Emilio Rodríguez Demorizi, ambos eran, a su vez, funcionarios importantes del régimen. Llegó a San Juan de Puerto Rico el 13 de enero del 1938.
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