Hay momentos en los que un país siente que avanza, pero no sabe hacia dónde.
Se toman decisiones, pero no se construye rumbo. El día a día se resuelve, mientras el futuro se posterga.
Ese sentimiento aparece cuando una familia en Villa Mella espera horas por un camión que traiga agua, cuando un padre en Santo Domingo pierde dos horas diarias atrapado en el tráfico, cuando los ingresos no alcanzan para cubrir las necesidades básicas, cuando el Estado responde tarde a problemas que llevan años acumulándose. No es solo malestar: es la señal de una conducción que opera por inercia y urgencias.
Al conmemorarse los 213 años del nacimiento de Juan Pablo Duarte, la pregunta es inevitable: ¿la República Dominicana se conduce con una visión clara de nación o permanece atrapada en la lógica de la coyuntura, sin estrategia de largo plazo?
Duarte concibió la idea de una República, convencido de que los dominicanos y dominicanas podíamos gobernarnos bajo un orden político fundado en la justicia, la institucionalidad y el respeto a la dignidad humana. Para él, la política no era improvisación ni espectáculo, sino una tarea exigente que demandaba formación, disciplina y compromiso ético.
Desde esa lógica, entendió la independencia como el inicio de un proyecto nacional sostenido en instituciones sólidas, leyes justas y ciudadanía consciente. Por eso dedicó años a estudiar modelos republicanos, a formar liderazgos y organizar voluntades antes de proclamarla. Esa concepción de la política como un servicio racional al bien común marcó los mejores momentos de nuestra historia y debe guiarnos a todos los que creemos en nuestro país.
Haber servido en el gobierno y observar hoy la realidad nacional desde la oposición me permite formular una reflexión serena: no es lo mismo gobernar con planificación, método y continuidad que limitarse a administrar urgencias sin una arquitectura estratégica que ordene prioridades, sostenga políticas y mida resultados.
Hemos visto lo que significa gobernar con método: inversiones que se sostienen porque responden a diagnósticos, no a anuncios; políticas que se evalúan porque se conciben con métricas; resultados que se verifican porque hubo planificación.
En educación: la inversión del 4% del PIB en educación preuniversitaria, la jornada escolar extendida y la garantía de alimentación para más de un millón de estudiantes no respondieron al asistencialismo, sino a políticas basadas en evidencia.
Cuando convergieron crecimiento económico y focalización social, más de un millón de dominicanos superaron la pobreza en ocho años. La visión y expansión de las estancias infantiles generaron impactos directos en el desarrollo y el ingreso de miles de hogares. El fortalecimiento del financiamiento agropecuario se tradujo en mayor seguridad alimentaria.
Ese enfoque de diagnóstico, ejecución y evaluación es coherente con la idea de República que Duarte defendió con su vida. Pero una nación no se conduce solo con medidas dispersas. Se conduce con visión de Estado.
La República Dominicana cuenta desde 2012 con un instrumento aprobado por ley para orientar su desarrollo: la Estrategia Nacional de Desarrollo 2012–2030 (END). Concebida como pacto nacional, establece objetivos y compromisos en educación, energía, seguridad social, institucionalidad, sostenibilidad fiscal, competitividad y calidad democrática.
A cuatro años de su horizonte final, revisar la END a fondo es un acto de responsabilidad con el país. Implica examinar con rigor qué se avanzó, dónde se estancaron las reformas acordadas y en qué áreas se produjeron retrocesos. Evaluar es corregir el rumbo, recuperar la coherencia y priorizar lo esencial.
La END fue concebida para trascender gobiernos y coyunturas. Sin embargo, varias de sus transformaciones estructurales siguen abiertas. Entre las más urgentes:
Primero, consolidar el pacto educativo como una política integral orientada a la calidad, en medio de debates técnicos sobre la eventual fusión del MINERD y el MESCyT que afectaría el sistema educativo en lugar de mejorarlo.
Segundo, resolver de manera definitiva el problema del sector eléctrico, con pérdidas del 42% —niveles no vistos en dos décadas— según diagnósticos oficiales.
Tercero, materializar la reforma del sistema de seguridad social que las familias esperan desde hace años.
Cuarto, reimpulsar la modernización del Estado, cuyos resultados aún no se reflejan en la experiencia cotidiana de los ciudadanos y ciudadanas-
Quinto, convertir la evaluación de políticas públicas en regla, no en excepción.
Cuando esas agendas acordadas se diluyen, el país no tiene hoja de ruta ni dirección. Se evidencia en los servicios que fallan, en los trámites que no se resuelven, en las obras inconclusas, en las decisiones que cambian sin explicación y en las oportunidades que se posponen y se reflejan en la ejecución presupuestaria.
El contraste con la situación actual merece una discusión responsable. Un crecimiento por debajo del promedio histórico se traduce en empleos que no se crean y en ingresos que avanzan con demasiada lentitud. Una inversión pública limitada se refleja en déficits persistentes de agua, drenaje y movilidad urbana. Y la falta de continuidad en los proyectos estratégicos encarece las soluciones y profundiza las desigualdades.
Duarte asumió enormes costos personales para hacer posible la independencia. Su trayectoria recuerda que la República no se construye sin sacrificio, sin método ni dirección. La pérdida de rumbo no es neutra: erosiona el proyecto nacional.
El pensamiento político de Duarte deja una enseñanza central: la República Dominicana necesita gobiernos justos, capaces de diseñar políticas públicas sólidas y ejecutarlas con rigor. Sin instituciones funcionales y sin dirigentes preparados y comprometidos, la democracia pierde capacidad de responder a las expectativas ciudadanas.
Necesitamos liderazgo con formación técnica, experiencia en gestión pública y visión de largo plazo. Duarte no improvisó una nación: se preparó, estudió, organizó y construyó consensos. Comprendió que sin método no hay un país libre y sostenible.
Honrar hoy a Duarte implica algo más que evocarlo: supone exigir estándares más altos. Exigir planes serios, verificables y financieramente responsables. Exigir políticas apoyadas en evidencia. Exigir un Estado que piense estratégicamente y actúe con coherencia y líderes preparados para la complejidad del mundo actual.
La República Dominicana cuenta con recursos, talento humano y estabilidad democrática. Lo que le falta es conducción estratégica. Por ello, a cuatro años de que expire el horizonte de la Estrategia Nacional de Desarrollo 2030, el país tiene derecho a saber: ¿Qué se logró? ¿Qué se abandonó? ¿Hacia dónde vamos?
A 213 años del nacimiento de Juan Pablo Duarte, estamos llamados más que a conmemorar su memoria: a preservar su legado, a dar continuidad a su obra, a abrir una etapa seria de planificación nacional, a que se gobierne con visión y método y a asumir la responsabilidad histórica de conducir la nación hacia un desarrollo sostenible e inclusivo, con la altura que Duarte tuvo para pensar nuestra Patria.
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