Cada 26 de enero, el natalicio de Juan Pablo Duarte convoca homenajes solemnes, discursos previsibles y una liturgia cívica que rara vez se detiene en la dimensión más incómoda de su legado. Duarte ha sido convertido en estatua, en consigna, en imagen pulida. Sin embargo, su vida real, su pensamiento político y su muerte contradicen frontalmente la mitificación cómoda con la que suele recordársele. Duarte no murió como un héroe triunfante, sino como un exiliado pobre, enfermo y relegado. Y esa verdad, lejos de ser anecdótica, es profundamente reveladora.
Duarte murió de tuberculosis en Caracas en 1876. No se trata solo de una causa médica. La tuberculosis ha sido históricamente una enfermedad de la pobreza, del hacinamiento, de la desnutrición y del abandono social. No es casual que haya acompañado a los desposeídos, a los desplazados, a los desterrados. Duarte no murió únicamente de una afección pulmonar. Murió también de exclusión política, de destierro, de una República que no supo o no quiso hacerse cargo de su fundador más íntegro. La gloria llegó después. El cuidado, nunca.
Esta paradoja no es exclusiva de la historia dominicana. Forma parte de una constante más amplia y persistente. Simón Bolívar murió empobrecido, enfermo y desencantado, convencido de que había arado en el mar, traicionado por las mismas élites que se beneficiaron de la independencia. José Martí cayó en combate antes de ver realizada la nación que soñó, sin bienes, sin poder y sin concesiones éticas. Mahatma Gandhi murió asesinado tras haber sido progresivamente marginado por el Estado que ayudó a fundar, convertido en una conciencia incómoda para una India ya instalada en la lógica del poder.
Martin Luther King fue ejecutado cuando su lucha dejó de ser tolerable, no solo por denunciar el racismo, sino por señalar la pobreza estructural, la guerra y el orden económico que sostenía la desigualdad. Jesucristo murió traicionado, abandonado y ejecutado como subversivo, sin propiedad, sin defensa y sin tumba propia, expresión extrema de lo que ocurre cuando una ética radical confronta simultáneamente al poder político, religioso y económico.
A esta constelación se suman otras figuras que la historia honra tarde y mal. Antonio Gramsci murió tras años de prisión, derrotado políticamente y quebrado físicamente, mientras el fascismo en Europa consolidaba el poder que él había comprendido con lucidez anticipada. Óscar Arnulfo Romero, en El Salvador, fue asesinado en el altar, aislado por sectores del poder político y eclesial, por haber llevado el Evangelio más allá del consuelo espiritual hacia la denuncia social. Incluso figuras del pensamiento y la cultura como Miguel de Cervantes, Franz Kafka o Giordano Bruno murieron pobres, perseguidos o marginados, sin sospechar el lugar central que ocuparían después en la memoria universal.
En todos ellos se repite una misma lógica. La historia los celebra cuando ya no incomodan. Se les honra cuando ya no pueden cuestionar el orden establecido. Se les transforma en símbolos domesticados para neutralizar la potencia disruptiva de sus ideas. La mitificación cumple así una función política precisa. Exalta al muerto para desactivar al pensamiento vivo. Duarte pertenece plenamente a esa tradición de los justos incómodos.
En el caso dominicano, la operación simbólica ha sido particularmente eficaz. Duarte es exaltado como Padre de la Patria, pero se diluye su proyecto político profundo. Fue un pensador municipalista en un siglo dominado por el caudillismo y la concentración del poder. Creía en la descentralización como garantía de libertad, en municipios fuertes como base de la democracia y en ciudadanos activos como antídoto contra el autoritarismo. Su visión republicana liberal no se construía desde el centro hacia la periferia, sino desde lo local hacia lo nacional.
Su noción de soberanía fue igualmente avanzada y ética. Duarte no confundió soberanía con xenofobia ni con odio racial. No fue antihaitiano. Por el contrario, fue un admirador de Haití y de su Revolución, comprendió su carácter emancipador y reconoció que había sido el primer gran quiebre anticolonial de la región. Su proyecto independentista no se definía por la negación del otro, sino por la afirmación de la autonomía dominicana frente a toda forma de dominación externa. Para Duarte, la soberanía significaba autodeterminación, dignidad política y rechazo a cualquier tutela colonial, ya fuera francesa, española, haitiana o estadounidense.
Esa concepción lo colocó en conflicto directo con las élites conservadoras, anexionistas y centralistas de su tiempo. Duarte no encajaba en una República diseñada para el reparto del poder entre pocos. Por eso fue desplazado, silenciado y finalmente expulsado. Su exilio no fue un accidente, sino la consecuencia lógica de una coherencia política que resultaba intolerable. Su muerte en la pobreza y la enfermedad fue el desenlace humano de una exclusión política prolongada.
Recordar hoy a Duarte en su natalicio debería ser un ejercicio de incomodidad histórica, no un acto ritual vacío. Debería obligarnos a preguntarnos por qué seguimos celebrando fundadores mientras reproducimos las mismas prácticas que ellos combatieron. Debería interpelarnos sobre un país que honra a Duarte, pero desconfía de la descentralización, invoca la soberanía mientras acepta tutelas externas, y convierte el patriotismo en consigna mientras vacía de contenido el proyecto republicano.
Duarte no fracasó. Fracasó una República que prefirió el orden sin justicia y el poder sin ética. Como Bolívar, Martí, Gandhi, Luther King, Romero y el Nazareno, su vida confirma que la grandeza histórica rara vez es recompensada en vida. Tal vez por eso siguen siendo necesarios. No como estatuas tranquilizadoras, sino como preguntas vivas que continúan incomodando.
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