Los líderes políticos están llamados a tomar decisiones que, aunque necesarias, a veces son desagradables. Hay momentos en que se debe ser firme, sobre todo si se tiene poder para serlo. En esos momentos, la duda es dañina. Es un error ser firme cuando se debe ser flexible, pero lo es también ser flexible cuando se debe ser firme.
Es competencia del líder saber cuándo debe asumir una postura y cuando la otra. A él, y no al rebaño, le corresponde evaluar adecuadamente sus fuerzas y las del adversario, así como también la coyuntura nacional e internacional, y proceder en consecuencia.
Nunca ha sido bueno subestimar la fuerza contraria pero tampoco sobreestimarla. Las decisiones hay que tomarlas cuando hay que tomarlas, ni antes ni después. No tomarlas debiendo tomarlas se convierten en costosos y decisivos errores.
ll
Las elecciones presidenciales de 1994 fueron polarizadas entre el presidente Joaquín Balaguer y el doctor José Francisco Peña Gómez. Disminuído el Partido de la liberación dominicana, que había competido de tú a tú con Joaquín Balaguer en 1990, el doctor Peña Gómez, venido desde el tercer lugar, había logrado la proeza de colocar al PRD en condiciones óptimas de competir, e incluso, de ganarle al anciano presidente.
De hecho, las encuestas lo colocaban en primer lugar. El doctor Peña Gómez capitalizó el sentimiento antibalaguerista y concretó un gran acuerdo nacional con fuerzas sociales y políticas que lo colocaron en la puerta del Palacio Nacional.
Conscientes los balagueristas de la fuerza de Peña montaron contra él una terrible campaña, acusándolo cuando menos, sin presentar ninguna prueba, de que un probable triunfo suyo conduciría a la unificación de la isla. Se trataba de agitar burdamente el nacionalismo dominicano. Para Balaguer, en política, todo se valía. La política, para él, siempre fue, no el arte de lo correcto o de lo justo, sino el de lo conveniente, y en ocasiones, el de lo posible.
Esa campaña, sin embargo, no disminuyó la popularidad de Peña. Entonces hubo de recurrir al fraude burdo para impedir su triunfo, produciéndose una crisis política que colocó el país al borde del caos, por no decir de la guerra civil.
Al final se logró encauzar la crisis política por el camino de las negociaciones, que terminaron con la firma del llamado Pacto por la Democracia, mediante el cual se recortó el período presidencial de Balaguer en dos años y se estableció el 50 por ciento para ganar en la primera vuelta.
Lo del 50 por ciento fue un golpe a Peña. Primero se acordó el 45 por ciento, pero poco antes de firmarse el Pacto, peledeístas y balagueristas, en el entendido de que el 45% no impediría el triunfo de Peña en la primera vuelta, lo cambiaron por el 50%. Así de sencillo.
Peña Gómez, obviamente, se molestó. Muchos le dijeron que no aceptara ese cambio. El, reflexionó, y sabiendo lo que se fraguaba en su contra aceptó, eso sí, a regañadientes, el 50%.
Muchos entienden que Peña no debió aceptar el 50%, porque estaba en condiciones de rechazarlo y de seguir firme con lo acordado inicialmente.
No lo hizo. Ingenuamente aceptó y validó la jugada en su contra, y pagó caro esa ingenuidad. Cuando se contaron los votos, el doctor obtuvo 45,9, con lo cual hubiese sido presidente de la República si no se produce aquel cambio a última hora. Los que patrocinaron ese cambio sabían lo que hacían y Peña cayó en el gancho. Tal vez creyó que comoquiera llegaría al 50 por ciento, en la primera o en la segunda vuelta. Sin duda, le faltó carácter para plantarse en firme y rechazar la trama.
lll
Otro error que cometió Peña Gómez, y de mayor envergadura, fue cuando se negó a aceptar el respaldo que le ofreció el doctor Balaguer para la segunda vuelta. No hay una razón política, una sola, que pudiera justificar semejante desatino. Lo único que pidió Balaguer a cambio de su respaldo, que hubiera llevado sin duda a Peña al poder, fue sustituir a Fernando Álvarez Bogaert como candidato vicepresidencial. Balaguer sabía del cáncer de Peña, y por lo tanto que podía fallecer en pleno ejercicio de su mandato, lo que convertiría a Fernando Álvarez en presidente de la República. Y Balaguer, que no dejaba cabos sueltos ni nada al azar, no lo quería por nada del mundo. Fernando y Balaguer habían terminado rompiendo sus vínculos y Balaguer le tenía un profundo resentimiento. Lo veía como un ingrato por haberlo abandonado en las elecciones de 1994.
Peña cometió el error de consultar con algunos dirigentes perredeístas rabiosamente antibalagueristas, y todos, salvo Hatuey De Camps, recomendaron rechazar el apoyo del doctor Balaguer aún cuando eso le costara el poder. Supeditaron la táctica del poder a principios y argumentos ideológicos y a lo que dirá la historia. Grave error.
Peña Gómez era un buen táctico y estratega. Lo había demostrado. Pero en aquella hora decisiva no lo fue. Erró al ser leal a su amistad personal con Fernando Álvarez cuando debió privilegiar su ascenso al poder. Con su rechazo prácticamente estaba llevando al doctor Balaguer a apoyar a Leonel Fernández y estaba decretando su derrota y la de su partido. Lamentablemente, un líder de la dimensión política e intelectual de Peña pensó más en su imagen ante la historia y en su sentimiento personal de lealtad hacia el amigo, que en lo que convenía políticamente para su partido que llevaba diez años oliendo donde guisan.
Hay momentos donde hasta los líderes más brillantes se ofuscan y cometen costosos errores. Ese fue, como cuando aceptó tranquilamente el 50%, uno de esos momentos oscuros de Peña, en que la ofuscación le quitó lucidez y le jugó en contra.
Compartir esta nota