Toda sociedad deposita en la educación la esperanza de su porvenir. El sistema educativo es, en principio, un proyecto común: debería articular la formación de ciudadanos, el desarrollo de capacidades y la transmisión de valores que permitan construir una comunidad más justa, democrática y solidaria. Sin embargo, en la República Dominicana ese proyecto compartido parece haberse desdibujado. Más que un horizonte común, la educación se ha convertido en un terreno de disputas, apropiaciones parciales e intereses divergentes.

Para comprender esta realidad conviene acudir al lenguaje de las metáforas. Dos, en particular, permiten describir con fuerza lo que sucede: la del espejo roto y la del elefante en la oscuridad. Ambas ilustran la fragmentación de fines y la falta de visión unitaria que aquejan al sistema educativo dominicano.

El sistema educativo dominicano es como un espejo roto. Su propósito original era reflejar una imagen unitaria: la de un país que, a través de la educación, prepara a sus nuevas generaciones para participar de manera plena en la vida social, cultural y económica. Pero ese espejo hoy yace en pedazos. Cada fragmento refleja una imagen distinta, distorsionada y parcial:

  1. El sindicato magisterial tiende a ver el sistema como un recurso del cual obtener conquistas y beneficios, lo que a veces desplaza a un segundo plano la discusión sobre la calidad y los aprendizajes.
  2. Las familias lo conciben con frecuencia como una guardería, un espacio de custodia más que de formación integral.
  3. Los estudiantes suelen experimentarlo como un lugar de socialización y entretenimiento, más que como un ámbito de aprendizaje profundo.
  4. Los políticos lo utilizan como un botín de poder, fuente de empleos, contratos y clientelismo en lugar de una política de Estado.
  5. Los docentes, más allá del sindicato, atrapados en limitaciones de recursos y exigencias burocráticas, lo viven como una trinchera de supervivencia, más que como un taller creativo de formación ciudadana.
  6. Los técnicos y funcionarios tienden a mirarlo como una máquina burocrática, que debe seguir produciendo reportes y estadísticas aunque el producto final —los aprendizajes— sea insuficiente.
  7. El sector empresarial y productivo lo interpreta como una línea de ensamblaje de mano de obra, destinada a responder a necesidades inmediatas del mercado laboral.
  8. Los medios de comunicación y la opinión pública lo reducen a un espectáculo pasajero, visible en titulares ligados a huelgas o resultados de pruebas, pero rara vez como un tema de debate profundo y sostenido.
  9. La academia y los investigadores suelen observarlo desde un observatorio aislado, produciendo diagnósticos valiosos que pocas veces logran influir en la práctica cotidiana ni en las políticas públicas.

Cada uno de estos fragmentos refleja una parte real del sistema, pero ninguno muestra el todo. La suma de percepciones parciales impide construir un propósito común, y en esa dispersión se pierde el sentido colectivo de lo que debería ser la educación: un bien público, un derecho fundamental y el motor del desarrollo nacional.

El sistema educativo dominicano: entre el espejo roto y el elefante en la oscuridad

La metáfora del elefante en la oscuridad, de raíz hindú, ofrece otra vía de comprensión. Según la fábula, varios hombres tocan un elefante en la oscuridad y cada uno cree que el animal es lo que percibe al tacto: uno toca la trompa y piensa que es una serpiente; otro toca la pierna y lo imagina como una columna; otro acaricia la cola y asegura que es una cuerda. Ninguno miente, pero ninguno alcanza la verdad completa.

Así ocurre con la educación dominicana: cada actor social se aferra a una percepción parcial. El sindicato se concentra en las reivindicaciones laborales; las familias, en el cuidado inmediato; los estudiantes, en la convivencia cotidiana; los políticos, en los réditos de poder. Los docentes, atrapados en rutinas y carencias, lo viven como trinchera; los técnicos y funcionarios, como una maquinaria burocrática; el sector empresarial lo interpreta como una fábrica de mano de obra; los medios, como espectáculo pasajero, y la academia, como objeto de estudio distante. Todos tocan una parte del ‘elefante’ educativo, pero nadie reconoce el conjunto. En consecuencia, se toman decisiones fragmentarias que atienden a intereses particulares, debilitando el proyecto nacional.

Esta ausencia de visión compartida no es un problema meramente simbólico: tiene consecuencias palpables. La fragmentación de objetivos se traduce en incoherencia de políticas, debilidad institucional y baja calidad de aprendizajes. La escuela no logra ser un espacio de formación integral porque se le pide simultáneamente ser custodia, fuente de beneficios laborales, escenario de recreo y botín político. En lugar de un sistema orientado al logro de aprendizajes significativos, se construye un espacio atrapado en contradicciones.

El espejo roto y el elefante en la oscuridad expresan, en definitiva, la misma paradoja: la educación dominicana está cargada de expectativas, pero carece de propósito común. Y sin propósito común, lo que queda es un sistema atrapado en inercias y tensiones.

Los resultados de las Pruebas Nacionales 2025 son una muestra dolorosa de esta situación. El análisis de esos datos revela que la mayoría de los estudiantes promovidos apenas alcanza niveles básicos en las competencias fundamentales. En el sector público, solo un 43% en Español, 34% en Matemática, 36% en Ciencias Sociales y 42% en Ciencias Naturales lograron ubicarse en los niveles III y IV, considerados satisfactorios. En el sector privado los porcentajes son algo más altos, pero siguen siendo preocupantes: 60% en Español, 51% en Matemática, 54% en Ciencias Sociales y 60% en Ciencias Naturales.

Lo más grave es que, a pesar de este dominio tan bajo, los estudiantes son promovidos, lo que envía un mensaje equívoco al propio alumno, a su familia y a la sociedad: que avanzar en el sistema educativo no depende de aprender realmente, sino de cumplir con el trámite de la promoción. En cualquier sistema coherente, este hecho habría generado una alarma nacional inmediata. Sin embargo, la reacción pública ha sido débil o casi inexistente: los distintos actores parecen más concentrados en sus rutinas y prioridades inmediatas que en encarar la magnitud del problema. Esta indiferencia revela hasta qué punto se ha normalizado el fracaso educativo, y subraya la urgencia de pasar del silencio a la acción colectiva, de la resignación a la construcción de un propósito compartido.

Si aceptamos esta descripción, el desafío fundamental es recomponer la visión de conjunto. Necesitamos volver a unir los pedazos del espejo y encender la luz que permita ver al elefante en toda su magnitud. Solo así podremos rescatar el sentido unitario de la educación como bien público y como derecho fundamental.

Asumir la educación como un proyecto nacional supone reorientar la acción de cada actor hacia el bien común. El sindicato magisterial debe trascender una lógica centrada exclusivamente en las conquistas laborales y colocar en el centro la calidad de la docencia. Las familias, a su vez, necesitan reconocer que la escuela no es solo un espacio de custodia, sino un ámbito de formación integral que demanda acompañamiento y corresponsabilidad. Los estudiantes han de recuperar el sentido del aprendizaje como experiencia significativa y emancipadora, en lugar de vivirlo como un simple trámite hacia la promoción. También los políticos están llamados a superar la mirada coyuntural y clientelar, para entender la educación como una auténtica política de Estado.

En el plano institucional, los docentes deben dejar atrás la trinchera de la rutina para reconocerse como agentes de transformación, mientras que los técnicos y funcionarios necesitan priorizar los aprendizajes por encima de la lógica burocrática que muchas veces asfixia la innovación. Asimismo, el sector productivo debe mirar la educación no solo como un mecanismo para formar mano de obra inmediata, sino como la base para construir ciudadanía competente, creativa y capaz de sostener un modelo de desarrollo inclusivo. Los medios de comunicación, por su parte, han de trascender la lógica del titular coyuntural y asumir un rol de seguimiento crítico y sostenido que mantenga la educación en la agenda pública. Finalmente, la academia y los investigadores tienen la responsabilidad de cerrar la brecha entre el diagnóstico y la acción, articulando sus hallazgos con las políticas y las prácticas escolares.

Solo cuando cada uno de estos actores reconozca la parcialidad de su mirada y se atreva a integrarla en un horizonte común, será posible encender la luz que ilumine al “elefante” educativo en toda su magnitud.

Si bien es cierto que el sistema educativo dominicano está atrapado entre los pedazos de un espejo roto y las interpretaciones parciales de un elefante en la oscuridad y que mientras no logremos recomponer la visión de conjunto, seguiremos condenados a la dispersión y al desencanto, es justoo reconocer, sin embargo, que la historia reciente nos muestra que no todo está perdido. Existen escuelas que han logrado mejorar sustancialmente sus resultados, comunidades educativas que han hecho de la participación un motor de cambio, maestros que ejercen su profesión con un compromiso transformador y familias que valoran y apoyan el aprendizaje de sus hijos. Estas experiencias, aunque dispersas, son prueba de que es posible recomponer el espejo y alumbrar al elefante.

La esperanza radica en que cada actor, al reconocer la parcialidad de su mirada, se atreva a construir junto con los demás una visión compartida. Y esa esperanza no se sostiene solo en cambios de actitud: exige políticas educativas basadas en evidencias, continuidad en el tiempo, coherencia entre los distintos niveles del sistema, empoderamiento del proceso educativo por parte de los directores y docentes a nivel de centro y un decidido fortalecimiento de la investigación educativa. Sin conocimiento sólido, sin evaluación rigurosa y sin la capacidad institucional para aprender de la experiencia, cualquier intento de reforma será efímero.

Recomponer el espejo significa también construir un ecosistema educativo capaz de generar y usar conocimiento, sostener políticas más allá de los ciclos políticos y articular los intereses de los distintos actores en un propósito común. Solo así la educación podrá dejar de ser un botín, una custodia o un entretenimiento, para convertirse en lo que debe ser: el espacio donde la República Dominicana forja su ciudadanía, fortalece su democracia y asegura su futuro.

El autor es

Director

Centro de Investigación en Educación y Desarrollo Humno

(CIEDHUMANO-PUCMM)

Radhamés Mejía

Académico

Educador. Profesor Emérito de la PUCMM ExVicerrector de la PUCMM por más de 35 años y exrector de UNAPEC. Actualmente es Coodinador de la Comisión de Educación de la Academia de Ciencias de la República Dominicana (ACRD). En la actualidad es Director del Centro de Investigación y Desarrollo Humano (CIEDHUMANO)-PUCMM.

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