Mi mamá tenía un don para trabajar con las manos. Tejía, cosía, pintaba y disfrutaba las manualidades. Entre las cosas que hacía estaban los pañitos bordados en punto de cruz, unos para la casa y otros para regalar a sus amistades. Cuidaba los ruedos y cada terminación. Pero había algo que llamaba especialmente la atención: al darles la vuelta, tampoco se veían nudos ni imperfecciones. La parte que iba a quedar oculta estaba trabajada con el mismo esmero que la que todos podían admirar.

La señorita Antonia, como le decían sus estudiantes, tenía en sus manos un oficio que otros reconocían. Doña Olga, directora del Colegio Educare, la invitó a regresar a las aulas, a enseñar manualidades a las niñas desde primero de primaria. Aquello que hacía para nuestra casa y para personas cercanas también podía convertirse en una enseñanza.

En sus clases, las niñas deshacían lo que quedaba mal y volvían a bordarlo. Sin embargo, la señorita Antonia no les calificaba el reverso. Les mostraba el de sus propios pañitos para que vieran que también por detrás podía quedar bien si ellas se lo proponían. Muchas lo lograron.

He vuelto a pensar en esos pañitos al reflexionar sobre la calidad del trabajo en nuestras organizaciones. Solemos mostrar lo que se ve de frente: el evento celebrado, las fotografías, la cantidad de participantes. El reverso recibe menos atención. Allí están la preparación, los problemas que hubo que resolver y el seguimiento que se dio cuando terminó la actividad.

Es posible que casi nadie mire esa parte. Aun así, de ella depende buena parte del valor de lo que hacemos.

Comenzar antes de sentirnos listos

Hace algunos años, en AFS Dominicana consideramos ofrecer talleres sobre voluntariado y gobernanza a organizaciones y personas fuera de nuestra red. Llevábamos tiempo formando voluntarios y sosteniendo una estructura de gobierno con participación voluntaria. Teníamos conocimientos que podían ser útiles para otros, además de contar con voluntarios certificados a nivel internacional para impartir talleres y facilitar sesiones.

Sin embargo, algunos voluntarios pensaban que todavía no estábamos preparados. Preferían esperar a tener mejores materiales, más experiencia y mayor seguridad sobre lo que podíamos ofrecer.

Decidimos comenzar. Al conocer otras ofertas de formación en el país, descubrimos que nuestra experiencia nos permitía ofrecer talleres de calidad y que las referencias internacionales con las que trabajábamos tenían mucho valor. Habíamos aprendido dentro de nuestra red más de lo que nosotros mismos reconocíamos. Trabajar con nuevos públicos nos permitiría seguir aprendiendo.

Aquella experiencia me viene a la mente cuando veo a un equipo posponer un proyecto porque siente que todavía le falta preparación. La prudencia es comprensible. Hay compromisos que requieren conocimientos y condiciones que debemos asegurar antes de asumirlos. Pero también llega un punto en que solo la experiencia puede enseñarnos lo que falta.

La señorita Antonia no esperaba que una niña de primero de primaria bordara como ella. Sería injusto exigir a quien comienza el dominio de quien lleva años perfeccionando un oficio. Podemos empezar con un alcance manejable, prepararnos bien y revisar lo ocurrido antes de dar el siguiente paso. Esperar a sentirnos completamente seguros puede dejarnos fuera de la experiencia que necesitamos para avanzar.

Los años también pueden convertirse en rutina

Existe otra dificultad. Hay equipos que ejecutan muchos proyectos y repiten las mismas debilidades. Vuelven a organizar un evento con los problemas de convocatoria del año anterior. Imparten talleres sin averiguar si los participantes pudieron aplicar algo de lo aprendido. Entregan informes detallados, pero les cuesta explicar qué hacen ahora mejor que antes.

Repetir una actividad durante diez años no garantiza que se haya perfeccionado. Algunas deficiencias terminan siendo tan habituales que dejan de llamar la atención.

En las asociaciones sin fines de lucro, esto merece una reflexión especial. Trabajamos con recursos que otros nos confían y con personas que esperan respuestas a necesidades reales. Cumplir las metas de un convenio es necesario. También debemos preguntarnos por la calidad de la experiencia que ofrecimos y por su utilidad.

Un taller puede tener el salón lleno, una fotografía excelente y una lista de asistencia completa, mientras quienes participaron salen sin saber cómo utilizar lo que escucharon. Los documentos acreditan que la actividad ocurrió. Para conocer su valor hay que mirar más de cerca.

También nuestros proyectos tienen un reverso.

Lo que hacemos después de mirar

Revisar el trabajo puede comenzar con una conversación al terminar un proyecto. ¿Qué esperábamos lograr? ¿Qué ocurrió? ¿Qué nos dijeron quienes participaron? Y, sobre todo, ¿qué vamos a modificar?

Escuchar una observación tiene consecuencias cuando influye en una decisión. Tal vez haya que reducir el contenido de un taller para dedicar más tiempo a practicar. Quizás la convocatoria necesite comenzar antes, o el seguimiento deba recibir tanta atención como la actividad misma.

Si las mismas «lecciones aprendidas» aparecen cada año sin que cambie nuestra manera de trabajar, conviene preguntarnos para qué las estamos escribiendo. Una dificultad puede persistir después de intentar corregirla. Lo preocupante es acostumbrarnos a describirla.

Quienes gobiernan y financian las organizaciones también influyen en estos hábitos. Si reconocer un error siempre trae una sanción, los equipos tendrán razones para ocultarlo. Si los informes solo piden cantidades, buena parte del esfuerzo se concentrará en producirlas. Necesitamos preguntar qué se corrigió y dar valor a las respuestas.

En las clases de mi mamá había una exigencia y un ejemplo. El cuidado del reverso quedaba como una posibilidad que las niñas podían descubrir y alcanzar, aunque no les diera una mejor nota.

No todos los detalles de un proyecto aparecerán en un informe. Muchos quedarán en la manera de preparar al equipo, de responder una inquietud o de acompañar a una persona cuando ya terminó la actividad. Ese trabajo merece cuidado aunque no reciba reconocimiento.

De mi mamá recuerdo los pañitos terminados y también esa parte que quedaba contra la mesa. Al darles la vuelta, el cuidado seguía allí. Quisiera que nuestras organizaciones pudieran mostrar el reverso de su trabajo con la misma tranquilidad.

Pablo Viñas Guzmán

Educador, gestor cívico

Pablo Viñas Guzmán es director ejecutivo de AFS Intercultura en República Dominicana, gestor cívico y educador. Desde esa posición lidera programas de intercambio educativo, formación de jóvenes líderes, cooperación intersectorial y participación ciudadana. Es líder de GivingTuesday en República Dominicana y forma parte de su red global, además de presidir la Junta Directiva de Alianza ONG y participar activamente en otros espacios de articulación del sector social. Ha sido consultor y conferenciante en diplomacia pública, educación global, voluntariado internacional y fortalecimiento institucional en América Latina, Europa y Asia. Ha diseñado y ejecutado programas con el apoyo de agencias de cooperación y organismos internacionales, y ha colaborado con iniciativas de la Unión Europea, WINGS y otras plataformas en la consolidación de ecosistemas filantrópicos en el Caribe. Cuenta con formación en Derecho, Negocios Internacionales, Liderazgo Cívico y Diplomacia, y es egresado del Programa Executivo en Estrategia de Impacto Social e Innovación de la Universidad de Pensilvania.

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