En el presente mes de octubre, nuestro mundo se ha visto sacudido por doquier por protestas y manifestaciones lideradas por las juventudes pertenecientes a la llamada “Generación Z”. Desde Indonesia, la India y Pakistán hasta Argentina, Chile y Colombia, pasando por Estados Unidos, Italia, Francia, España, Grecia, Portugal y Albania, una nueva generación de activistas se levanta contra la pesadilla neoliberal que ha acosado al planeta desde hace décadas, así como contra la ofensiva ultraderechista que ha surgido recientemente para conservar tal estado actual de cosas. El trasfondo de todas estas movilizaciones es la creciente desigualdad socioeconómica global, con su consiguiente precarización de la vida cotidiana, y los métodos autoritarios de muchos gobiernos del mundo en su empeño por protegerla y reforzarla.
En su libro El capital en el siglo XXI (2013), el economista francés Thomas Piketty (n. 1971) previó hace años el aumento de la inestabilidad y la turbulencia sociopolíticas a raíz del desenfrenado avance de la desigualdad a nivel mundial. Y, para combatir tal fenómeno, propuso audazmente un impuesto progresivo y global sobre la riqueza. El objetivo de este impuesto no sería meramente recaudar fondos, sino, además, frenar la concentración de la riqueza y democratizar su control. Sin embargo, la principal dificultad para hacer realidad esta propuesta de Piketty reside en la ausencia de un organismo democrático y transnacional capaz de imponer este impuesto al uno por ciento más rico del mundo, de tal modo que —sin importar adónde mueva su capital— le sea imposible evadir su carga tributaria.
Mientras un segmento significativo de ese uno por ciento —los líderes del sector tecnológico mundial— cierra filas alrededor del presidente estadounidense Donald Trump (n. 1946)[1], las masas de jóvenes proletarizados y proletarizadas por décadas de capitalismo neoliberal se lanzan a las calles del mundo en demanda de condiciones de vida dignas. No obstante, las fuerzas de derecha se valen del discurso “antiterrorista” que el gobierno estadounidense ha reciclado desde la llegada al poder de Trump, para desprestigiar a las y los manifestantes y justificar la brutal represión contra éstos. Desde Isabel Ayuso (n. 1978)[2] — presidenta de la Comunidad de Madrid—, hasta Emmanuel Macron (n. 1977)[3] —presidente de Francia— las fuerzas dominantes en Europa acusan a sus pueblos en lucha de “terrorismo” y “extremismo de izquierdas”.
El verdadero desafío de cara al futuro para estos levantamientos espontáneos que recorren el mundo será la organización y articulación de una alternativa política para sus respectivas sociedades, que puedan transformar profundamente las instituciones que han causado estos estallidos en primer lugar. Si observamos algunos ejemplos históricos recientes en América Latina, vemos que tras el llamado “estallido social” chileno de 2019, durante la presidencia de Sebastián Piñera (1949-2024); así como en el caso de Colombia entre los años 2019 y 2021, durante la presidencia de Iván Duque (n. 1976), estos alzamientos desembocaron en las victorias electorales de fuerzas progresistas y de izquierda en las elecciones que siguieron a ambos procesos sociales.
La articulación de fuerzas políticas capaces de ofrecer a sus pueblos una auténtica alternativa al consenso neoliberal que ha regido la globalización capitalista desde el derrumbe del mal llamado “bloque socialista”, sumada a la formación de un organismo democrático y transnacional con el poder suficiente para imponer un freno a la exorbitante concentración de riqueza a nivel mundial, es la única vía que podría apaciguar la ira popular que actualmente arde en tantas partes del mundo.
[1] ‘Super Intelligence’: Three takeaways from Trump’s tech summit
[2] https://www.abc.es/espana/madrid/ayuso-exige-gobierno-retire-acampada-ante-sospecha-20261010165828-nt.html
[3] https://efe.com/mundo/2026-10-18/macron-protestas-francia/
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