Dependencia y autonomía del conocimiento: ¿depender de otros saberes significa ser un saber de segundo grado?

¿La dependencia de un saber respecto a otros constituye un criterio suficiente para clasificarlo como un saber de segundo grado?

La dependencia entre los saberes no puede interpretarse automáticamente como una relación de sometimiento jerárquico. Aunque un campo del conocimiento se apoye en los conceptos, métodos o resultados de otro, no se deduce necesariamente que ocupe una posición epistemológica inferior. Para establecer esta conclusión, sería necesario explicar por qué la dependencia debe traducirse en una diferencia de grado y qué criterio justificaría dicha jerarquía. En este sentido, conviene distinguir entre la existencia de relaciones de dependencia y la interpretación jerárquica que se puede hacer de ellas.

Esta cuestión puede ponerse en diálogo con la filosofía de Jacques Derrida, especialmente con su crítica a las oposiciones binarias que han estructurado gran parte del pensamiento occidental. Desde la perspectiva de la deconstrucción, determinadas oposiciones conceptuales no funcionan como distinciones neutrales entre términos equivalentes, sino que pueden organizarse mediante relaciones de privilegio y subordinación. En estas relaciones, uno de los términos aparece como originario, central o superior, mientras que el otro queda definido como derivado, secundario o dependiente.

Jacques-Derrida

Entre los ejemplos que Derrida examina se encuentra la oposición tradicional entre el habla y la escritura. En la tradición metafísica occidental, el habla tiende a considerarse más próxima a la presencia inmediata del pensamiento, mientras que la escritura se interpreta como una representación secundaria de la palabra hablada. La deconstrucción cuestiona esta distribución jerárquica al mostrar que lo que se presenta como originario no puede comprenderse al margen de las relaciones y condiciones que supuestamente pertenecen al término subordinado.

La operación deconstructiva no consiste simplemente en invertir la jerarquía y otorgar superioridad a lo que antes ocupaba una posición inferior. Su propósito es examinar y desestabilizar las condiciones conceptuales que permiten establecer dicha oposición y determinar por qué uno de los términos ha recibido prioridad sobre el otro. Así, la relación entre ambos deja de entenderse como una separación absoluta entre lo originario y lo derivado, para pasar a examinarse atendiendo a las condiciones de interdependencia que intervienen en la constitución de sus significados.

Dos nociones resultan especialmente relevantes para comprender este procedimiento. La primera es la différance, término con el que Derrida señala que la producción de significado depende tanto de las diferencias entre los signos como de un proceso de aplazamiento que impide considerar el sentido como una presencia plenamente autosuficiente. La segunda es la noción de suplemento, mediante la cual se examina una relación en la que lo que se presenta como un añadido exterior puede revelar que la supuesta autosuficiencia de lo originario nunca fue completa.

Trasladada con cautela al problema de los grados del saber, esta perspectiva permite formular una pregunta relevante: ¿es posible que un saber sea presentado como secundario precisamente porque se define a partir de otros, cuando esos mismos saberes tampoco pueden comprenderse siempre de manera aislada? La cuestión no es afirmar que Derrida haya formulado directamente una teoría de los grados del conocimiento, sino utilizar críticamente algunas de sus herramientas conceptuales para examinar los supuestos que sostienen una clasificación jerárquica.

Desde esta perspectiva, la dependencia entre los saberes no demuestra por sí misma la existencia de una subordinación epistemológica. Para determinar si la distinción entre primer y segundo grado expresa una diferencia efectiva entre formas de conocimiento, será necesario investigar si existe un criterio independiente que justifique esa clasificación o si, por el contrario, la posición secundaria atribuida a determinados saberes depende de la manera en que se ha construido la relación entre ellos.

La concepción de Gustavo Bueno establece una distinción entre los saberes de primer grado y el saber filosófico de segundo grado, según la relación que mantienen con sus respectivos campos de conocimiento. Desde el materialismo filosófico, los saberes científicos, técnicos, políticos y prácticos proporcionan los conceptos sobre los que trabaja posteriormente la filosofía, cuya actividad consiste en confrontarlos, examinar sus relaciones y analizar las ideas que surgen de sus conexiones. Sin embargo, esta caracterización plantea una dificultad que merece ser examinada críticamente: ¿por qué la actividad de un saber que trabaja con conceptos procedentes de otros ámbitos debe situarse necesariamente en un grado epistemológico distinto? El hecho de utilizar materiales conceptuales producidos por otros saberes no demuestra, por sí mismo, que exista una diferencia jerárquica entre ellos. Para sostener esta conclusión, sería necesario identificar una propiedad que justificara la separación entre ambos grados, más allá de la constatación de que sus procedimientos y objetos de análisis pueden ser diferentes.

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Gustavo Bueno Martínez (1924-2016), filósofo español, fundador del materialismo filosófico.

El problema se hace más evidente cuando se atribuye a los saberes de primer grado una relación directa con determinadas regiones de la realidad, mientras que la filosofía se caracteriza por operar sobre los conceptos e ideas que proceden de esas regiones. Esta distinción parece establecer una diferencia entre el conocimiento que se ocupa de determinados objetos y el conocimiento que examina las relaciones conceptuales entre ellos. No obstante, la oposición no es tan clara como cabría suponer. Las ciencias no se limitan a registrar pasivamente una realidad previamente constituida, sino que elaboran modelos, construyen conceptos, establecen relaciones teóricas y revisan sus propios fundamentos. La física, por ejemplo, no se ocupa únicamente de fenómenos observables de manera inmediata, sino que desarrolla estructuras matemáticas y modelos teóricos cuya interpretación exige examinar conceptos como el espacio, el tiempo, la causalidad y la materia. Del mismo modo, las ciencias biológicas, cognitivas y sociales mantienen debates que no siempre pueden resolverse mediante los procedimientos internos de una sola disciplina. Por consiguiente, la reflexión sobre los conceptos, sus relaciones y sus presupuestos no parece ser una actividad exclusiva de la filosofía ni una operación que aparezca únicamente después de que las demás disciplinas hayan alcanzado su desarrollo.

El ejemplo de la eutanasia permite apreciar esta dificultad. Un biólogo puede estudiar los procesos celulares relacionados con la muerte, un médico puede examinar las condiciones clínicas de un paciente, un jurista puede analizar las disposiciones legales aplicables y un filósofo puede investigar los conceptos de autonomía, dignidad, responsabilidad y libertad implicados en la controversia. Es evidente que estas actividades no son equivalentes y que cada una plantea problemas específicos. Sin embargo, de esta diversidad no se desprende necesariamente que unas constituyan conocimientos de primer grado y otras de segundo. La cuestión es si la filosofía ocupa una posición posterior y dependiente por naturaleza o si su especificidad reside en una forma particular de problematizar cuestiones que también pueden surgir en las propias ciencias, el derecho, la medicina y la práctica política. El hecho de que una reflexión filosófica necesite conocer los resultados científicos y las circunstancias concretas de un problema no implica que su relación con la realidad sea exclusivamente indirecta.

Por ello, la clasificación propuesta por Gustavo Bueno no debería aceptarse como una descripción evidente de la estructura del conocimiento, sino que debería examinarse como una construcción teórica que requiere justificar sus propios criterios. La distinción entre conceptos científicos e ideas filosóficas puede resultar útil para identificar diferencias entre determinadas operaciones intelectuales, pero todavía queda por demostrar que esas diferencias deban organizarse como grados jerárquicos del saber. No basta con señalar que la filosofía trabaja con materiales procedentes de otras disciplinas; es preciso explicar por qué esa relación la convierte en un conocimiento de segundo grado y no en una modalidad específica de investigación que puede desarrollarse en diálogo con los demás saberes. Nuestra crítica, por tanto, no consiste en negar la singularidad de la filosofía ni en reducirla a una ciencia particular, sino en cuestionar que dicha singularidad deba definirse mediante una posición epistemológicamente secundaria. Antes de establecer que unos saberes son primeros y otros segundos, debemos determinar si los criterios empleados describen diferencias efectivas entre sus operaciones o si introducen una jerarquía que todavía necesita fundamentarse.

Conclusión

En definitiva, la distinción entre saberes de primer y segundo grado, tal y como se plantea en el materialismo filosófico de Gustavo Bueno, nos obliga a examinar críticamente los criterios mediante los cuales se establece una jerarquía entre las distintas formas de conocimiento. El hecho de que un saber utilice conceptos, métodos o resultados procedentes de otros campos no significa necesariamente que ocupe una posición epistemológicamente secundaria, del mismo modo que la relación directa con determinados objetos no garantiza una condición originaria o independiente. Las relaciones de dependencia, intercambio y confrontación forman parte de la dinámica del conocimiento y no pueden convertirse automáticamente en criterios de subordinación. Por ello, antes de aceptar que la filosofía constituye un saber de segundo grado, es necesario determinar si esta clasificación expresa una diferencia efectiva entre las operaciones del conocimiento o si introduce una jerarquía cuya justificación debe demostrarse aún.

Esta discusión nos lleva a una cuestión más profunda: si la dependencia entre los saberes no basta para establecer una jerarquía, ¿qué determina la especificidad de la filosofía? No se trata de invertir la clasificación de Bueno y atribuir a la filosofía una posición superior, sino de examinar si su naturaleza puede comprenderse adecuadamente mediante la oposición entre primero y segundo. Este será el punto de partida del tercer artículo, en el que centraremos la atención en la filosofía misma, es decir, en su relación con la realidad, en su modo de construir problemas y en su vínculo con los demás saberes. La pregunta que orientará esta nueva etapa será la siguiente: ¿qué hace de la filosofía una forma específica de conocimiento y por qué habría de definirse como un saber de segundo grado? Solo abordando directamente esta cuestión podremos evaluar si la jerarquía examinada hasta ahora permite comprender la naturaleza de la actividad filosófica o si, por el contrario, necesitamos otras categorías para explicar su alcance y su especificidad.

Bibliografía

Bueno, G. (1970). El papel de la filosofía en el conjunto del saber. Ciencia Nueva.

Bueno, G. (1995). ¿Qué es la filosofía? El lugar de la filosofía en la educación. Pentalfa.

Bueno, G. (2008). El papel de la filosofía en el conjunto del saber [Edición digital del original de 1970]. Fundación Gustavo Bueno.

Derrida, J. (1967). De la grammatologie. Les Éditions de Minuit.

Derrida, J. (1972). Marges de la philosophie. Les Éditions de Minuit.

Pedro Alexander Cruz

Pedro Alexander Cruz es escritor e investigador en filosofía y teología. Es autor de La utopía filosófica como faro de la justicia, El hombre y su profunda agonía por el saber, La maravillosa significancia inicial del libro de Lucas, Manual práctico de introducción a la lógica formal (Epítome), La filosofía y la construcción del ser, Manual de filosofía para niños, Política y Ciudadanía: Intención de transformación, Contra la filosofía I y Contra la filosofía II. Actualmente cursa la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y realizó estudios en Teología en el Seminario Bíblico de la Gracia. Ha completado diversos programas de formación, entre ellos los diplomados en Investigación Cualitativa, Investigación Cuantitativa, Neuroética e Inteligencia Artificial Aplicada a la Investigación, así como los cursos de Asesoría de Tesis de Postgrado, Python Básico para Investigación, Tutor Virtual, Realidad Virtual, Realidad Aumentada y Metaverso aplicados a la Educación e Investigación, y Redacción Académica y Científica, todos impartidos por la Vicerrectoría de Investigación y Posgrado de la UASD. Además, realizó el curso Metodología e Investigación Aplicada a las Ciencias Sociales en UTESA (Gaspar Hernández), el curso Fundamentos de Inteligencia Artificial para Docentes en el IBEC, el taller Effect: Educación en Ciudadanía Global y Competencias Globales de la AFP, el programa ProÉtica (Programa Nacional para la Promoción de la Ética) y obtuvo el Certificado en Comprensión Lectora impartido por Santillana.

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