En medicina, hay pacientes que no están en estado crítico… pero tampoco están sanos. Caminan, hablan, incluso aparentan normalidad. Sin embargo, sus órganos vitales funcionan al límite.

La justicia dominicana es uno de esos pacientes. No está muerta. Pero tampoco está curada.

Y en ese estado intermedio —esa peligrosa “estabilidad aparente”— es donde se incuban las crisis más profundas.

El sistema inmunológico debilitado

En la fisiología de una democracia, la justicia no es un accesorio institucional. Es su sistema inmunológico.

Su función es simple y brutal: identificar al corrupto, aislarlo y neutralizarlo. Cuando ese sistema falla, la infección se propaga.

Los datos son claros. El World Justice Project sitúa a la República Dominicana en la posición 86 de 142 países en Estado de Derecho y en la 20 de 32 en América Latina y el Caribe.

No somos el peor sistema. Pero estamos lejos de ser uno confiable. En términos clínicos: somos un paciente crónico.

La sobrecarga que asfixia

El Poder Judicial dominicano recibe más de 1.2 millones de solicitudes al año, con más de 50,000 procesos penales anuales. Ningún sistema puede procesar ese volumen sin consecuencias.

La mora judicial —esa acumulación de expedientes sin resolver— no es un problema técnico. Es una forma silenciosa de negación de justicia.

Cada expediente pendiente es una víctima sin reparación, un acusado sin sentencia, una empresa sin certeza jurídica. En medicina, esto tiene un nombre: fallo sistémico por saturación.

El síntoma más peligroso: la impunidad

Pero la sobrecarga no es el diagnóstico principal. El síntoma más grave es otro. La impunidad.

El Índice de Percepción de la Corrupción 2024 otorga a República Dominicana 36/100 puntos, ubicándola en el puesto 104 de 180 países.

Hay mejoras. Sí. Pero la tendencia aún describe un sistema donde el castigo no es la regla. Y cuando el castigo deja de ser predecible, la corrupción deja de ser riesgo. Se convierte en estrategia.

El caso clínico que lo explica todo

El caso Medusa no es solo un expediente judicial. Es una radiografía del sistema. Noventa y cuatro aplazamientos antes de una decisión preliminar.

Noventa y cuatro. En medicina, eso equivaldría a diagnosticar un cáncer… y posponer el tratamiento casi cien veces. El problema no es el caso. El problema es que el sistema permite que ocurra.

La anemia ética

Durante años hemos hablado de reformas estructurales: presupuesto, digitalización, reorganización territorial. Todo eso es necesario. Pero no es suficiente.

El problema más profundo es biológico. Es una anemia ética institucional. Un sistema cuyos procesos disciplinarios son mínimos, con sanciones son excepcionales y una responsabilidad difusa no tiene anticuerpos.

Y un sistema sin anticuerpos no combate la enfermedad. La tolera.

El costo invisible

La crisis judicial no solo afecta tribunales. Afecta la economía. Afecta la vida. Cuando la justicia no funciona la inversión se retrae, el crédito se encarece y los contratos pierden valor.

Pero el impacto más grave no se mide en PIB. Se mide en vidas. Una orden de protección que no llega. Un preso sin condena. Una víctima que abandona el proceso.

Eso no es teoría jurídica. Es sufrimiento humano.

El espejo incómodo

La región demuestra que otra justicia es posible. Costa Rica garantiza constitucionalmente cerca del 6% del presupuesto al Poder Judicial, asegurando independencia real. Uruguay ha construido una cultura institucional de rendición de cuentas. Chile implementó evaluaciones sistemáticas de desempeño judicial.

Ninguno de estos países es perfecto. Pero entendieron algo esencial: La justicia no mejora por discurso.

Mejora por diseño institucional sostenido.

La tesis que incomoda

Durante años se ha repetido una idea que muchos consideran ingenua: “Necesitamos un juez.” Hoy es momento de decirlo con precisión técnica. No es una consigna. Es una hipótesis institucional.

Los sistemas cambian cuando aparece un precedente. No cien jueces. No una reforma completa. Uno. Un juez que no negocie la ley, no tema al poder, no administre el expediente, sino la justicia. Porque una sola sentencia puede hacer lo que cien discursos no logran: crear jurisprudencia moral.

Así comenzó Mani Pulite en Italia, los procesos anticorrupción en Brasil, las decisiones estructurales en tribunales estadounidenses. Siempre hubo un punto de inflexión. Siempre hubo alguien qué dijo: «Basta ya, ¡ya basta!»

La receta impostergable.

El tratamiento está claro. No es ideológico. Es técnico:

1. Independencia financiera real, no declarativa.

2. Selección meritocrática blindada de la política.

3. Régimen de consecuencias efectivo y visible.

4. Digitalización total y redistribución de carga judicial.

5. Formación continua obligatoria.

Sin estos elementos, cualquier reforma será cosmética.

El veredicto

La justicia dominicana no es un sistema colapsado. Pero tampoco es un sistema sano. Es un paciente compensado. Y en medicina, los pacientes compensados son los más peligrosos: porque dan la ilusión de estabilidad mientras la enfermedad avanza.

El punto de inflexión

La República Dominicana no necesita perfección inmediata. Necesita un punto de quiebre. Un momento. Un nombre. Un juez. Uno solo que entienda que su firma no es tinta. Es historia.

Porque el día en que ese juez dicte una sentencia que nadie esperaba —pero todos necesitaban— este país dejará de preguntarse si la justicia existe. Y comenzará, por fin, a sentirla.

Víctor Garrido Peralta

Médico

El Dr. Víctor Garrido Peralta es un destacado médico dominicano con una impresionante trayectoria internacional en cirugía hepatobiliar y trasplante de órganos. Formado en prestigiosas instituciones de España, Francia, Estados Unidos, Corea y Taiwán, ha liderado divisiones de cirugía y realizado investigaciones en el ámbito de los trasplantes. Además de su labor médica, el Dr. Garrido ha sido docente en la Universidad de Pittsburgh, EE.UU., Cónsul General Honorífico de la República Dominicana en Pittsburgh, EE.UU., y es un prolífico autor de artículos sobre temas sociales y médicos en diversas revistas y periódicos nacionales e internacionales.

Ver más