En la República Dominicana, según contaban mis abuelos, la escasez de petróleo se sintió por primera vez durante los años de la Segunda Guerra Mundial, especialmente en 1944, en pleno centenario de la República.

Aquel país era pequeño, casi rural, con una economía todavía simple. Sin embargo, ya entonces se percibía una verdad que con el tiempo se haría estructural: la energía, aun en sus formas más básicas, condicionaba la vida nacional.

Yo nací en 1949, pero mi conciencia de ese fenómeno comenzó en 1973.

Recuerdo claramente el impacto del alza del petróleo tras la guerra de octubre de 1973, en el Yom Kipur, y cómo sus efectos se extendieron hasta 1976, afectando de manera severa el sistema eléctrico dominicano.

Aquella crisis no fue solo un problema de precios: fue una dislocación de la vida cotidiana.

La oscuridad de los apagones comenzó a volverse una experiencia social compartida. El país sintió, en la rutina más simple, que dependía de fuerzas lejanas que no controlaba.

Hay que destacar que entre los años 1943-1945 y 1973-1975 (treinta años de diferencia), el precio del crudo petrolero no había tenido variaciones significativas.

La subida a partir de 1973 fue violenta, de aproximadamente un doscientos por ciento. El dólar, además, venía devaluándose en los últimos años del decenio anterior.

No fue solo la guerra del Yom Kipur el único elemento influyente, y los países miembros de la organización llamada OPEP aprovecharon la coyuntura para ejecutar un embargo petrolero y subir los precios.

En esas circunstancias, hace cincuenta años, organicé una mesa redonda en Casa de Teatro, transmitida en vivo por Color Visión, en la que participaron, entre otros, José Miguel Bonetti Guerra, presidente en ese momento de la Asociación de Industrias, y Julio Sauri, entonces administrador de la Corporación Dominicana de Electricidad.

El tema de la mesa redonda, noticia de primeras páginas, fue "La crisis eléctrica".

En mi primer libro, "Entrevistas, análisis y reportajes", publicado en 1977, aparece una foto y una amplia nota sobre aquella mesa redonda.

No era un tema accidental.

Ya desde entonces me preocupaba comprender la relación entre energía, economía, poder y dependencia. Julio Sauri era, en la práctica, el zar de la energía, pues en 1976 la CDE era el monopolio estatal de la producción, distribución y venta de la electricidad.

La crisis de los apagones fue gravísima. Pocas empresas poseían plantas propias para producir electricidad. La mayoría del país estaba a merced de un sistema centralizado, frágil y expuesto. Ya en ese momento se entendía que el problema energético no era coyuntural, sino estructural.

Y ese problema no podía analizarse únicamente como una dificultad técnica o administrativa. Las subidas de los precios del petróleo y de los combustibles, vinculadas a los llamados "choques" petroleros y económicos, tienen relaciones muy estrechas con los procesos de las economías de los países que dominan los centros de poder mundial.

Está además presente el factor geopolítico y el elemento de los ciclos del centro que se extienden a las periferias, teoría desarrollada por Raúl Prebisch.

Por cierto, una entrevista que le hice en 1972 está en mi libro. No lo menciono por nostalgia, sino porque ya entonces era visible que la economía dominicana no podía comprenderse al margen de la estructura internacional que condiciona a las economías periféricas.

Prebisch vino al país con motivo de la celebración del 25.º aniversario del Banco Central de la República Dominicana, organismo que él contribuyó a crear.

Esos y otros aspectos los abordé en "Entrevistas, análisis y reportajes", que fue una selección de mis ensayos publicados originalmente en una página que edité en el vespertino La Noticia desde 1973.

Lo escribo ahora porque acabo de leer un análisis de Temístocles Montás sobre los choques petroleros.

Su planteamiento es correcto, pero la historia demuestra que el fenómeno es más profundo y tiene más antecedentes.

No se trata solo de registrar alzas y bajas del barril, sino de entender la lógica histórica y estructural de una vulnerabilidad que acompaña a la economía dominicana desde hace más de medio siglo.

El petróleo ha sido el principal choque externo de la economía dominicana moderna, el más persistente y el más determinante.

Pero al mismo tiempo también es verdad que hemos sido capaces de resistir, de reinventarnos y de diversificar la economía para desarrollarnos y cubrir, una y otra vez, los déficits que generan esos desequilibrios.

La razón de fondo es simple: somos una economía abierta, importadora de hidrocarburos, con alta dependencia del transporte terrestre y de la generación eléctrica térmica.

Por tanto, cuando sube el petróleo, no sube solo el combustible: sube toda la estructura de costos del país.

Desde el punto de vista económico, el choque petrolero actúa simultáneamente sobre múltiples variables.

Deteriora la balanza comercial al aumentar la factura en divisas; presiona el tipo de cambio; alimenta la inflación; obliga al Estado a intervenir fiscalmente mediante subsidios; y termina desacelerando el crecimiento. Es, en toda regla, un choque sistémico. No golpea un solo sector: golpea el conjunto.

Esta vulnerabilidad no comienza en 2008. Tiene una historia larga.

El primer gran choque fue el de 1973-1974, con la guerra de Yom Kipur y el embargo petrolero árabe.

Fue el momento en que el petróleo se convirtió explícitamente en arma geopolítica.

El precio se multiplicó y las economías importadoras, incluida la dominicana, sintieron un golpe directo sobre sus cuentas externas. Allí se reveló con crudeza que la energía no era solo una mercancía, sino un instrumento de poder.

El segundo choque, en 1979-1980, estuvo vinculado a la revolución iraní y a la guerra Irán-Irak.

Allí no solo operó la reducción de oferta, sino también el miedo del mercado.

Los precios reaccionaron tanto a los hechos como a las expectativas. La crisis fue grave.

En mayo de 1979, el equipo económico del PLD —que integrábamos Vicente Bengoa, Felucho Jiménez y un servidor, dirigidos por Juan Bosch— preparó un conjunto de sugerencias al Gobierno del presidente Antonio Guzmán.

Las sugerencias fueron expuestas por Juan Bosch en un discurso transmitido por cadena nacional de televisión y radio. Tuvo tal impacto ese discurso que el presidente Guzmán le envió una carta a Bosch felicitándolo y dispuso que el ministro de Hacienda se reuniera con nosotros para estudiar las propuestas.

Esa fue una demostración de que, en tiempos de crisis, la seriedad del análisis podía abrir espacio al diálogo entre gobierno y oposición.

El tercer episodio fue el de 1990-1991, con la invasión de Kuwait y la primera guerra del Golfo.

Bastó la amenaza sobre el suministro para disparar los precios, confirmando que el petróleo no necesita una interrupción prolongada para generar inestabilidad.

A veces basta la posibilidad del peligro para alterar el sistema entero. El mercado energético también se alimenta de expectativas, temores y cálculos estratégicos.

El choque de 2008 fue, sin embargo, el más intenso en términos relativos de aquel momento para la economía dominicana en aquel contexto. El barril alcanzó cerca de 147 dólares. La factura petrolera superó los 4200 millones de dólares, más del 31 % de las importaciones y cerca del 9 % del PIB.

En términos simples, casi uno de cada diez dólares producidos por el país se destinaba a pagar petróleo. Ese episodio coincidió con la crisis financiera internacional, creando una doble presión: más salida de divisas y menos acceso a financiamiento.

Fue en ese contexto que asumí la embajada ante la Santa Sede. No fue una misión en tiempos normales, sino en un momento de estrechez.

La diplomacia, en esas condiciones, se convierte en disciplina de administración. Cada gasto cuenta. Cada decisión pesa. Representar al país exige sobriedad, contención y sentido de Estado.

También allí, lejos del ruido interno, se entendía que la crisis del petróleo no era un asunto técnico de economistas, sino una presión real sobre la vida nacional y sobre la conducta responsable de las instituciones.

Luego vinieron los años 2012-2013, con precios nuevamente por encima de 100 dólares, en parte por sanciones a Irán.

La factura petrolera volvió a ocupar una proporción significativa del PIB y de las importaciones.

En 2022, la guerra en Ucrania provocó otro repunte, llevando la factura a más de 6100 millones de dólares.

Aunque la economía era mayor, el mecanismo fue el mismo. Cambiaban las cifras, cambiaba la escala, pero no cambiaba la dependencia.

Y aquí conviene hacer una precisión importante: existe una diferencia clave entre magnitud nominal y carga relativa.

No es lo mismo pagar más en términos absolutos que en proporción al tamaño de la economía. En 2008, el peso relativo fue mucho más asfixiante. Ese año la carga del petróleo sobre la economía dominicana fue especialmente severa, aunque en años posteriores la factura nominal fuera más alta.

La lección de estos cincuenta años es clara: el petróleo ha sido el principal choque externo sistémico de la economía dominicana.

Afecta simultáneamente inflación, tipo de cambio, cuentas fiscales, crecimiento y estabilidad social.

No hay otro factor externo que, con tanta frecuencia y durante tanto tiempo, haya penetrado tan profundamente en la estructura de costos y en los equilibrios generales del país.

Además, todos los choques tienen un componente geopolítico.

El golfo Pérsico sigue siendo el epicentro.

Cada conflicto allí se traduce en presión económica aquí.

La distancia geográfica no elimina la dependencia. Al contrario: la confirma.

Por eso, la política energética no es un lujo, sino una necesidad estratégica.

Diversificar la matriz, mejorar la eficiencia, fortalecer el sistema eléctrico y acumular reservas monetarias en divisas no son opciones, sino condiciones de estabilidad.

Un país que no aprende de sus vulnerabilidades está condenado a repetirlas.

También es fundamental no olvidar. Cada período de petróleo barato es una oportunidad para prepararse, no para descuidarse.

El error más frecuente de las sociedades dependientes consiste en confundir una tregua con una solución.

Los precios bajan, la presión cede, el discurso se relaja, y entonces vuelve el próximo choque a recordarnos que el problema seguía intacto.

Yo viví esa realidad desde 1973. Otros la vivieron desde la empresa, el hogar o la política. Pero el fenómeno era el mismo. El petróleo no es solo una mercancía. Es una prueba recurrente de la vulnerabilidad nacional.

Y sin embargo, también es una prueba de resistencia.

Porque la República Dominicana, a pesar de todo, ha seguido en pie.

Ha soportado apagones, inflación, devaluaciones, subsidios costosos y crisis importadas.

Ha aprendido a crecer aun bajo presión.

Ha diversificado su economía, ha ensanchado su base de servicios, turismo, zonas francas y remesas, y ha buscado compensar por otras vías lo que pierde cuando el mundo se incendia en los mercados energéticos.

Pero esa capacidad de resistencia no debe confundirse con invulnerabilidad.

La lección final es sencilla, pero dura.

La estabilidad no se hereda.

La estabilidad no se importa.

La estabilidad se construye.

Víctor Grimaldi

Víctor Manuel Grimaldi Céspedes (Santo Domingo, 22 de diciembre de 1949) periodista, historiador, político y diplomático dominicano.

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