La oportunidad de ver la obra teatral “Aquí a la sombra, Salomé” se me cerraba. La compañía Teatro Rodante apenas ofreció tres funciones en el Teatro de Bellas Artes de Santo Domingo antes de partir al resto del país.
Teatro Rodante es una institución de carácter popular e itinerante cuyo objetivo principal es llevar teatro gratuito de interés cultural a los barrios populares, comunidades periféricas, provincias y municipios de todo el país.
Robé una hora de mi lunes corporativo para sentarme como mosca vestida de traje caída dentro de un vaso de leche pura: los estudiantes de liceos de la capital dominicana con sus uniformes pasteles, que abarrotaban la sala Máximo Avilés Blonda, auditorio principal del complejo. Antes de subirse el telón, reían y bromeaban, luego guardaron absoluto silencio.
Mi amigo y compañero de labores fílmicas Leo Pérez, cinematógrafo, me apuró a ver esa puesta en escena bajo la dirección artística de Indiana Brito, co-dirección de Jozze Sánchez y dramaturgia de Robelitza Pérez.
Desde hace algunos meses, Leo, los productores Desirée Reyes, Franchesca Placeres, Ricardo Tejeda y con ellos un equipo de suplidores cinematográficos, desde otro punto de vista, también damos tratamiento a Salomé Ureña de Henríquez. En nuestro caso, como parte largometraje documental de Poncho Morado Films en curso, “Mi Pedro”.
Aunque fuese presentada a las 11:00 de la mañana de un maniático lunes no quise perderme la adaptación de la compañía de teatro. La Salomé de esta pieza performática salió a nuestro encuentro o debo decir todas ellas; Salomé en sus múltiples edades y facetas, Salomé multiplicada al cubo, no por la inteligencia artificial, sino por tres versátiles actrices que unidas, en un canto coral, la interpretan: Paloma Palacios, Madeline Abreu y la antes mencionada Robelitza Pérez.
El movimiento escénico y la poesía coreada de las tres Salomé eran hipnóticos. Ellas se suceden una a la otra para expresar al personaje; se vuelven ecos de sí y se turnan para representar las etapas vitales del personaje. En momentos Salomé es niña, al rato mujer enamorada y en otros, sufre agónica.
Las actrices se desdoblaron para darnos sus humores, sueños, diálogos, pensamientos y versos. Como una división celular, se desprenden la poeta, la madre, la maestra, la líder. Palacios, Abreu y Pérez se turnan también los roles de la madre, la hermana Ramona o las alumnas del Instituto de Señoritas, hasta dejarla sola con su condena de muerte.
La vida de Ureña de Henríquez es un complicado, y en muchos elementos, incompleto crucigrama biográfico. Robelitza Pérez, en labor de guionista, agotó un enjundioso estudio del Epistolario de la familia Henríquez, la obra lírica de la poeta y las fuentes bibliográficas.
La dramaturga presupone el universo oculto con elementos contemporáneos. Esta es una Salomé de patriotismo militante, de voz grave, que grita ideas, viste pantalones de caqui y usa lentes tipo Ray-ban, cuando se esconde bajo el seudónimo de Herminia.
La obra cuenta con música original, interpretada en vivo por José Andrés Molina en la guitarra eléctrica, marcadora de los movimientos coreográficos de Salomé. Se baila la historia desde su nacimiento, un poco después de la fundación de la República Dominicana; hasta su partida, un poco antes del nacimiento del siglo XX (1850-1897).
Hace poco, con Leo y el resto de nuestro equipo cinematográfico, visitamos el patio español original que esta obra recrea, esto es, la casa solariega donde nacieron Pedro y Max Henríquez Ureña y el Instituto de Señoritas, actualmente en remodelación.
Su propietario George Nader y su administrador Carlos Cochón, tuvieron la cortesía dejarnos pasar con nuestras luces y cámaras. El lugar es un claustro de altas paredes y arcos coloniales, un “soberbio monumento” aún visitado por aves en busca de nidos.
El interior del inmueble conserva su estructura junto a un misterioso silencio. Los directores Brito y Sánchez, la dramaturga Pérez y el elenco de actores, hicieron regresar las flores, trinos, los libros, las sonrisas y las tristezas vividas en ese patio español por Salomé, junto a sus hijitos y alumnas en la obra teatral a punto de rodar por toda la nación.
Sobre las tablas ella parió poemas y a cada uno de sus cuatro hijos. En ese patio donde experimentó amor, anhelo y desdicha, el Teatro Rodante la hace volar como un ave fénix, por encima de sus paredes del tiempo, a través de un proyecto revolucionario de educación.
Los tres hombres en la vida de Salomé, Nicolás Ureña, Francisco Henríquez y Carvajal, y Eugenio María de Hostos, entran en el cuadro escénico. “Papá”, “mi amor”, “maestro”, hombres que entran y salen de su universo femenino. Stuart Ortiz, actor que los interpreta, deja esa sensación de presencia efímera.
Me inquietaba la reacción de la audiencia juvenil, cuando descubriese el triste final de la historia. No revelaré el epílogo del Teatro Rodante, solo daré fe de cómo los muchachos aplaudieron de pie con silbidos y vítores el renacimiento de Salomé hasta sus días, como si estuvieran en el concierto de su artista urbano favorito.
Al salir de regreso a mis faenas corporativas, en las afueras de Bellas Artes me encontré con ellos y el sol del mediodía. Les pedí la foto que acompaña a este artículo. Su alegría me convenció de que el Teatro Rodante logró su cometido: Salomé salió de las sombras y se fue en espíritu con ellos a la escuela.
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