"La ciencia es la creencia en la ignorancia de los expertos". —Richard Feynman

Todos aprendimos en la escuela un experimento que, probablemente, nunca existió tal como nos lo contaron. Y todo porque una de las mayores ficciones de nuestra educación es una imagen que millones de personas siguen repitiendo sin sospecharlo: la del método científico como una secuencia única, ordenada e invariable.

Pero, ¿y si uno de los mayores mitos de la cultura moderna fuera precisamente esa idea del método científico?

Todos creemos saber cómo funciona la ciencia. La escuela nos enseñó una secuencia aparentemente impecable: primero se observa. Después se formula una hipótesis. Luego se experimenta. Finalmente, se verifica. Y, a partir de ahí, se acepta, modifica o rechaza la hipótesis y, con ella, una teoría, una ley o una explicación científica.

El procedimiento parece tan claro que termina pareciendo natural. Durante generaciones imaginamos que así trabajaron Galileo, Newton, Pasteur, Darwin o Einstein.

La historia verdadera resulta bastante más interesante y humana. Cuando algunos filósofos decidieron estudiar no cómo debería funcionar la ciencia, sino cómo había funcionado realmente, llegaron a una conclusión inesperada: la ciencia no ha seguido nunca un único manual universal, rígido e infalible.

Eso no significa que la ciencia sea arbitraria. Mucho menos que todas las opiniones valgan lo mismo.

Significa algo bastante más fundamental: la ciencia funciona extraordinariamente bien sin necesitar un método único que pueda aplicarse mecánicamente a todos los problemas, todas las épocas y todos los descubrimientos.

Ahí comienza una de las aventuras intelectuales más fascinantes del siglo XX.

El primero en sembrar la duda fue Karl Popper. Hasta entonces predominaba una idea sencilla: una teoría científica adquiría fuerza en la medida en que los hechos parecían confirmarla. Popper, profundamente influido por la tradición crítica inaugurada por David Hume, invirtió la pregunta y dejó toda inducción lógica al desnudo.

Ninguna cantidad de observaciones puede demostrar definitivamente que una teoría universal sea verdadera. El próximo caso podría contradecirla. Lo que sí podemos hacer es intentar someterla a pruebas severas que puedan mostrar que es falsa.

De ahí surge su célebre criterio de falsabilidad (o de refutabilidad). Una teoría científica debe exponerse, al menos en principio, a la posibilidad de ser refutada por la experiencia. Si resiste los intentos rigurosos de refutación, continúa siendo una explicación provisionalmente aceptable. Si fracasa, debe ser modificada o reemplazada.

La ciencia dejó así de parecer un edificio construido con certezas definitivas para convertirse en una empresa crítica, donde el conocimiento progresa no solamente acumulando confirmaciones, sino también eliminando errores.

Era una revolución silenciosa. Pero todavía no era la mayor.

Thomas Kuhn decidió formular una pregunta diferente. En lugar de preguntarse únicamente cómo debería funcionar la ciencia, observó cómo había funcionado históricamente. Lo que descubrió transformó profundamente nuestra imagen del progreso científico.

Durante largos períodos, las comunidades científicas no viven cuestionándolo todo.

Trabajan dentro de un paradigma: un conjunto compartido de conceptos, problemas, métodos, instrumentos y criterios que orientan lo que los científicos consideran una buena pregunta y una solución aceptable.

Mientras ese paradigma funciona satisfactoriamente, la ciencia avanza dentro de él.

Kuhn llamó a esta actividad ciencia normal.

Pero empiezan a aparecer anomalías. Hechos que no encajan. Problemas que se resisten. Resultados que el paradigma no consigue explicar adecuadamente.

Al principio parecen excepciones. Después comienzan a acumularse. Y llega un momento en que la confianza en el marco existente entra en crisis.

Entonces puede producirse una revolución científica. Y aquí aparece una de las ideas más perturbadoras de Kuhn: no cambia únicamente una teoría. Puede cambiar también la manera en que los científicos ven, formulan e interpretan los problemas.

Copérnico transformó el lugar de la Tierra en la arquitectura cosmológica.

La revolución newtoniana desplazó la física aristotélica y creó un nuevo marco para comprender el movimiento y la naturaleza.

Einstein modificó radicalmente conceptos fundamentales de espacio, tiempo, movimiento y gravedad, aunque la física newtoniana continuara siendo extraordinariamente útil dentro de determinados dominios.

La ciencia, por tanto, no avanza únicamente acumulando datos.

También cambia los marcos conceptuales desde los cuales esos datos adquieren significado.

No solamente descubrimos nuevos hechos.

A veces tenemos que aprender a ver de otra manera los hechos que ya conocíamos.

Cuando parecía que la discusión había llegado a su límite, apareció Paul Feyerabend. Y rompió el tablero.

Después de recorrer la historia de la ciencia, Feyerabend llegó a una conclusión tan provocadora que todavía hoy incomoda. Los grandes descubrimientos científicos no siempre nacieron obedeciendo reglas metodológicas previamente establecidas.

Con frecuencia, los científicos tuvieron que apartarse de las reglas, combinar procedimientos distintos, utilizar argumentos considerados poco ortodoxos o defender ideas que, en su momento, parecían incompatibles con los criterios dominantes.

De ahí su famosa expresión: Anything goes”.Todo vale.”

La frase fue interpretada muchas veces como una invitación al caos. Pero el sentido de Feyerabend era más complejo.

No estaba diciendo que la ciencia y la charlatanería fueran equivalentes. Tampoco argumentaba que cualquier afirmación tuviera el mismo valor que una teoría respaldada por evidencia.

Su provocación iba dirigida contra la pretensión de que pudiera existir un conjunto único de reglas metodológicas capaz de explicar toda la creatividad científica.

La historia de la ciencia, para Feyerabend, era demasiado rica, contradictoria e inventiva para caber dentro de un reglamento.

Galileo no avanzó simplemente siguiendo un manual.

Darwin no descubrió la evolución mediante una receta.

Einstein no llegó a la relatividad recorriendo mecánicamente una lista de pasos.

Los grandes descubrimientos exigen imaginación.

Y la imaginación no puede ser completamente reglamentada.

Por eso la ciencia vive de la imaginación tanto como del rigor.

De la audacia tanto como de la disciplina.

De la libertad intelectual tanto como de la crítica.

La discusión, sin embargo, no termina en Popper, Kuhn o Feyerabend. Empieza con nosotros.

Vivimos en una época fascinada por los datos.

Los algoritmos clasifican personas. Las universidades clasifican investigadores. Los gobiernos clasifican y vigilan ciudadanos. Las empresas clasifican trabajadores y consumidores. Las redes sociales clasifican nuestra atención.

Todo parece adquirir legitimidad por el simple hecho de poder convertirse en una cifra.

Y es aquí donde la vieja discusión filosófica adquiere una actualidad inesperada. pues los datos no hablan por sí mismos.

Necesitan preguntas. Necesitan categorías. Necesitan modelos. Necesitan interpretaciones. Y detrás de cada clasificación existe una decisión previa sobre qué vale la pena medir y cómo debe ser medido.

La fascinación contemporánea por las expresiones numéricas y los datos puede producir, paradójicamente, una nueva forma de dogmatismo: creer que aquello que puede medirse necesariamente constituye aquello que más importa.

Pero medir no es comprender.

Y acumular información no equivale necesariamente a producir conocimiento.

Quizá por eso convenga recordar la lección que dejaron aquellos tres filósofos.

La ciencia nunca fue poderosa porque poseyera un método perfecto. Fue poderosa porque desarrolló una capacidad extraordinaria para poner a prueba sus propias afirmaciones y aprender de sus propios errores y falacias.

Por eso, convirtió la crítica en una virtud. La duda en una herramienta. La discusión en una práctica. Y la rectificación en una forma de progreso.

Popper nos recordó que debemos intentar refutar nuestras mejores ideas.

Kuhn nos recordó que incluso nuestros mejores marcos conceptuales tienen historia y pueden entrar en crisis.

Feyerabend nos recordó que la creatividad científica no cabe por completo dentro de ninguna receta.

Los tres, desde posiciones muy diferentes, contribuyeron a desmontar una imagen ingenua de la ciencia.

Y, paradójicamente, no la destruyeron.

 

La hicieron más humana. Más crítica. Más histórica. Más consciente de sus límites. Más abierta a la sorpresa.

Después de todo, la ciencia no es poderosa por ser infalible. Es poderosa precisamente porque puede descubrir que es falible, que estaba equivocada. Después de todo, el verdadero método científico nunca consistió en seguir mecánicamente un conjunto de reglas.

Consistió en algo mucho más difícil: jamás convertir alguna regla, práctica, teoría e incluso alguna autoridad en una instancia dogmática, definitiva, atemporal.

Y quizá esa sea la verdadera lección de Popper, Kuhn y Feyerabend: la ciencia progresa no cuando deja de dudar, sino cuando aprende a dudar mejor.

Fuera de ahí, hasta prueba en contrario, termina siendo el mayor mito de la ciencia contemporánea.

Bibliografía

Feyerabend, Paul. Against Method. 4th ed. London: Verso, 2010.

Feyerabend, Paul. Science in a Free Society. London: Verso, 1978.

Gerth and C. Wright Mills, 129–156. New York: Oxford University Press, 1946.

Habermas, Jürgen. Knowledge and Human Interests. Boston: Beacon Press, 1971.

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Fernando Ferran

Educador

Profesor Investigador Programa de Estudios del Desarrollo Dominicano, PUCMM

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