Los últimos días me han hecho meditar mucho sobre mi vida y sobre cómo llegué a convertirme en el ser humano que soy hoy.
Durante mi discurso en la Universidad Autónoma de Santo Domingo y luego en un pequeño encuentro en mi pueblo de San Cristóbal, me encontré describiendo experiencias, personas y vivencias que contribuyeron profundamente a mi formación.
Antes de continuar, debo señalar algo importante: existen dos grandes elementos en el desarrollo humano — el individuo y el entorno.
La disciplina personal, el esfuerzo, la perseverancia y la responsabilidad individual son fundamentales. Pero también lo es el ecosistema donde una persona crece.
Muchas veces hablamos del éxito individual de manera aislada: "échale ganas", "trabaja duro", "sé disciplinado".
Sin embargo, pocas veces hablamos del entorno que ayuda a producir seres humanos funcionales, resilientes y con propósito.
Mientras conversábamos varios amigos de infancia durante mi reciente visita a San Cristóbal, coincidíamos en algo interesante: crecimos en una sociedad que, aun con limitaciones económicas, poseía una enorme riqueza comunitaria.
Lo que teníamos no era abundancia material.
Lo que teníamos era: estructura social, sentido de pertenencia, modelos positivos, disciplina, identidad cultural, comunidad, y adultos presentes.
Y eso muchas veces vale más.
Sin saberlo, crecimos dentro de lo que hoy describiría como un verdadero ecosistema del desarrollo humano.
Teníamos clubes deportivos y culturales que ayudaban a disciplinar y socializar a los jóvenes.
La música formaba parte de nuestra vida cotidiana y desarrollaba sensibilidad, creatividad y expresión emocional.
Las artes marciales enseñaban autocontrol, resiliencia y respeto.
La familia transmitía valores y dirección moral.
Y el vecindario funcionaba muchas veces como una familia extendida, donde existía supervisión colectiva, apoyo emocional y sentido de comunidad.
Todo eso ayudaba a formar jóvenes con: propósito, límites, identidad, y capacidad de sacrificio.
Y debo reconocer algo importante: no todo el mundo que tuvo acceso a esos elementos los aprovechó de la misma manera.
Por eso, cuando reflexiono sobre mi vida, trato de evitar dos extremos: ni romantizar la pobreza, ni negar la responsabilidad individual.
Hubo una comunidad que sembró. Pero también hubo una decisión personal de responder a esa oportunidad.
Para mí, todos los elementos para progresar estaban ahí… y yo los aproveché.
Con el paso del tiempo he llegado a pensar que las sociedades saludables no producen solamente profesionales exitosos. Producen seres humanos completos.
Y quizás uno de los grandes problemas de nuestro tiempo es precisamente el deterioro progresivo de ese ecosistema humano.
Muchas veces queremos corregir problemas sociales únicamente desde las instituciones finales: hospitales, cárceles, tribunales, o sistemas políticos.
Pero en realidad, gran parte de los problemas comienzan mucho antes.
Comienzan cuando desaparecen: la comunidad, la disciplina, el sentido de pertenencia, los modelos positivos, la cultura, la familia funcional, y los espacios sanos para el desarrollo de los jóvenes.
Los problemas sociales no empiezan en los hospitales. Empiezan cuando el ecosistema del desarrollo humano se deteriora.
Quizás por eso hoy valoro tanto aquellas experiencias aparentemente simples de mi juventud: el deporte, la música, el judo, la amistad, la educación pública, la familia, y mi querido San Cristóbal.
Porque ahora entiendo que todas esas piezas juntas ayudaron a construir no solamente una carrera profesional… sino un ser humano.
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