El presidente ruso, Vladímir Putin, llega este martes a Pekín para asistir a una cumbre con su homólogo chino, Xi Jinping. Este encuentro, a diferencia de la visita de Donald Trump la semana pasada, probablemente reflejará una genuina afinidad. Aunque Moscú asuma cada vez más el papel de socio menor en esta relación, la ocasión permitirá que el presidente ruso pueda proyectar fortaleza al lado de otro líder autocrático, y le dará la oportunidad de desviar la atención de las grietas que están comenzando a manifestarse en la estructura de poder de Putin, tanto en el ámbito interno como en su guerra contra Ucrania.

La ofensiva estadounidense-israelí contra Irán le ha proporcionado un impulso temporal a Rusia, incrementando sus ingresos energéticos y dificultando el suministro de armamento a Ucrania. Sin embargo, las últimas semanas han dejado entrever signos de debilidad. Las informaciones publicadas por el Financial Times (FT) muestran a un líder ruso cada vez más aislado y absorto en la guerra de Ucrania, con sus protocolos de seguridad reforzados ante el temor a sufrir un atentado. Se dice que Putin pasa ahora más tiempo en búnkeres y ha reducido el número de reuniones y apariciones públicas.

En lo que podría interpretarse como un intento del Kremlin por proyectar una imagen de normalidad, Putin se ha presentado varias veces en público en los últimos días. No obstante, el nerviosismo de Moscú ante la posibilidad de ataques ucranianos quedó patente en el reducido desfile ruso del Día de la Victoria, celebrado el 9 de mayo; representó la primera vez desde 2008 en que el desfile no contó con la presencia de tanques ni misiles. El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, respondió a la propuesta rusa de alto el fuego en torno al 9 de mayo emitiendo un decreto en tono burlón para "autorizar la celebración de un desfile" en Moscú.

Los temores del Kremlin ante la creciente capacidad de Kiev para lanzar ataques con drones en la retaguardia rusa están plenamente justificados. Ucrania ha estado lanzando ataques de largo alcance contra el sector energético ruso, así como contra refinerías y fábricas de armamento. Mientras tanto, se informa que los altos mandos militares rusos han convencido a Putin de que sus fuerzas podrían conquistar el resto de la región ucraniana del Dombás que Moscú aún no controla —objetivo en el que el presidente ruso insiste como condición previa a cualquier alto el fuego— para el otoño en Europa. Sin embargo, en realidad, las fuerzas de Moscú apenas han obtenido mínimas ganancias territoriales a un devastador costo humano; el secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, sugirió la semana pasada que los rusos estaban "perdiendo entre 15.000 y 20.000 soldados al mes. No heridos, muertos".

El número de jóvenes rusos que están luchando, han muerto o están evadiendo el reclutamiento en el extranjero está exacerbando los efectos económicos colaterales. La semana pasada, Rusia recortó su previsión de crecimiento para 2026 del 1,3 % al 0,4 %; su viceprimer ministro atribuyó este descenso a la escasez de mano de obra, el excesivo gasto público y las sanciones occidentales. El déficit laboral y el gasto estatal están alimentando una inflación que, según algunos analistas, se sitúa muy por encima del 5,6 % oficial, con unos tipos de interés en un punitivo 14,5 %. El sector bancario se enfrenta a una espiral creciente de préstamos morosos.

Todo esto no significa que la guerra se haya inclinado repentinamente a favor de Ucrania. No hay indicios de una crisis financiera o económica rusa. Moscú conserva enormes capacidades para lanzar ataques de largo alcance contra Ucrania. De hecho, la semana pasada, tras el alto el fuego del Día de la Victoria, llevó a cabo uno de los mayores ataques aéreos combinados de toda la guerra. Ucrania padece graves problemas de efectivos militares que aún no ha logrado resolver. Además, el aislamiento de Putin refleja, en sí mismo, su obsesión con el conflicto y su determinación de seguir adelante a cualquier precio.

Sin embargo, los indicios recientes sugieren que la estrategia de Ucrania y sus aliados europeos —consistente en poner fin a la guerra elevando gradualmente el costo hasta el punto en que Rusia se vea obligada a llegar a un acuerdo a lo largo de las actuales líneas del frente— está empezando a dar frutos. Este desenlace sigue avanzando a pesar del menguante apoyo por parte de un EE. UU. bajo la influencia de Trump. La convicción de Putin de que puede resistir más tiempo que Occidente está siendo puesta a prueba. El paquete de préstamos de 90.000 millones de euros de la Unión Europea (UE) —que llevaba mucho tiempo estancado y fue finalmente aprobado el mes pasado, tras la derrota electoral del húngaro Viktor Orbán— constituye un avance significativo. Los socios europeos de Kiev deberían confiar en su estrategia —a la vez reconociendo que será un camino largo— y redoblar sus esfuerzos para apoyar a Ucrania con las armas, la inteligencia y los fondos necesarios para llevarla a una conclusión positiva.

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