A comienzos del siglo XX, Werner Sombart (1863-1941) intentó captar la estructura moral profunda del capitalismo moderno. En Der Bourgeois (1913), delineó el tipo humano que había hecho posible la expansión económica de Occidente: un sujeto regido por la disciplina, la racionalidad, la previsión y el autocontrol. El capitalismo no se sostenía, para Sombart, solo en la técnica o en la acumulación, sino en una ética social interiorizada, una forma específica de carácter.
Poco más de un siglo después, los Epstein Files ofrecen una imagen radicalmente distinta del poder económico global: no ya una élite disciplinada, sino una claque financiera cínica, impune, exhibicionista y moralmente exhausta. Como señala Francis Fukuyama, el escándalo Epstein funciona como una radiografía moral de las élites contemporáneas, revelando un universo gobernado por conspiración, opacidad e infracción. En la misma línea, Pratap Bhanu Mehta interpreta el caso como síntoma de una degradación civilizatoria, donde la desmesura privada erosiona la legitimidad pública.
El contraste es brutal: del burgués disciplinado al engreído poderoso; del ascetismo productivo al hedonismo parasitario; de la ética del trabajo al comportamiento del desparpajo, el atropello e incluso la violación. Ese tránsito revela una mutación profunda del capitalismo tardío: el poder económico ha dejado de legitimarse por la creación y la responsabilidad, para devenir alarde, vanidad, dominación y encubrimiento.
El burgués de Sombart: disciplinado, calculador y virtuoso
En Der Bourgeois, Sombart identifica los rasgos esenciales del sujeto capitalista moderno: racionalidad instrumental, dominio de las pasiones, previsión sistemática, disciplina vital y culto al trabajo. El burgués organiza su existencia conforme a una estricta ética de la eficiencia, donde el tiempo se convierte en recurso y la compostura en método.
El espíritu capitalista se compone de lo que denomina “virtudes de clase media”: honestidad, confiabilidad, frugalidad, autocontrol y responsabilidad. Esas cualidades no son meramente privadas, sino fundamentos morales del orden económico, sin los cuales el crédito, la inversión y la cooperación social serían inviables.
“El burgués debe vivir correctamente. Su vida privada no es asunto puramente personal, pues de ella depende su crédito y su posición social.”
Ahí no hay que buscar romanticismo alguno: la moral es una tecnología social. La honestidad no es un valor sentimental, sino una infraestructura invisible que sostiene contratos, promesas y reputaciones. De ahí su severidad: “La llamada honestidad burguesa no es un adorno moral, sino una exigencia práctica: toda conducta moral eleva el crédito”.
El burgués clásico no deja de ser una figura paradójica: austera, calculadora, previsora, incluso gris, pero portadora de una ética civilizatoria. Su riqueza no se exhibe; se reinvierte. Su poder no se ostenta; se administra y racionaliza. Su prestigio proviene del orden, no del exceso y menos del escándalo o de la llamada de atención.
La suya es una moral dura, limitante, incluso asfixiante. Pero… eficaz. Y, sobre todo, creíble y creída.
En términos complementarios, Max Weber (1864-1920) tildaba esa disciplina interiorizada como la forma más acabada de lo que llamó el ascetismo intramundano: una racionalización sistemática de la conducta orientada al dominio metódico del tiempo, los impulsos y el deseo. En La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1904-1905), Weber ya advertía que el verdadero motor del capitalismo moderno no fue la codicia, sino la transformación de la vida entera en una vocación racionalmente organizada (Beruf), donde el autocontrol operaba como imperativo moral y como mecanismo de autogobierno.
El burgués no se limita a obedecer normas externas: interioriza un régimen disciplinario que convierte la sobriedad, la previsión y la contención en signos de elección moral. La acumulación deja de ser un fin hedonista para devenir prueba ética.
De ese modo, la dominación económica se legitima como mérito, la desigualdad como consecuencia del esfuerzo y el orden social como resultado de una ética compartida. Esa alquimia cultural —que transfigura la renuncia en virtud y la frugalidad en prestigio— constituye, quizás, el mayor logro simbólico del capitalismo clásico.
Los arrogantes de Epstein: presumidos, altaneros y posesivos
El universo revelado por los archivos de Epstein constituye la negación exacta de ese ideal. Las élites contemporáneas aparecen como sujetos sin autocontención, atrapados en redes de sometimiento, manipulación, distorsión del poder, encubrimiento y consumo ilimitado de lo que sea.
Fukuyama observa que el escándalo no solo expone delitos individuales, sino una mutación ideológica del conservadurismo estadounidense, ahora dominado por la conspiración, la paranoia y la lógica del espectáculo. Epstein no encarna la figura clásica de la Celestina, sino la del mediador corrupto, capaz de articular redes políticas, financieras y sexuales en un sistema informal de favores, chantajes y desmanes.
Mehta va aún más lejos: interpreta el escándalo como el síntoma de una crisis moral estructural. En su análisis, los documentos de Epstein revelan una élite marcada por la impunidad emocional, la cosificación del otro y la disolución de cualquier noción de límite. Ya no se trata de transgresión, sino de normalización del exceso abusivo en detrimento incluso de menores de edad y del ágora pública.
Ese nuevo poder no se justifica mediante la virtud y el mérito, sino mediante la opacidad legal, la manipulación mediática y la capacidad de intimidación. La obscenidad no es un desvío: es un lenguaje. La prepotencia no es un accidente: es una estrategia.
Desde una perspectiva foucaultiana, esa mutación no implica la desaparición del poder disciplinario, sino su reconfiguración. Como muestra Michel Foucault en Vigilar y castigar y en sus análisis sobre la microfísica del poder, las formas de dominación no se extinguen: se desplazan, se rearticulan, cambian de gramática. Allí donde el capitalismo clásico exigía autocontrol, interiorización de la norma y vigilancia de sí, el capitalismo tardío produce subjetividades liberadas del escrutinio moral, pero sometidas a un régimen de impunidad estructural.
El poder ya no necesita legitimarse mediante la virtud: le basta con controlar los circuitos de visibilidad, los dispositivos judiciales, las redes mediáticas y los mecanismos de silenciamiento. En este nuevo régimen, la obscenidad no es transgresión, sino demostración soberana de dominio. La capacidad de violar normas sin consecuencias se convierte en el signo supremo de poder. La impunidad deja de ser excepción para devenir espectáculo. Y niñas y mujeres no dejan de ser objeto pedestre de placer y de simulada ostentación.
Así, el escándalo Epstein no representa una anomalía del sistema, sino su forma más desnuda: un orden donde el privilegio absoluto se expresa en la suspensión efectiva de toda norma.
Del autocontrol al narcisismo: mutación del espíritu capitalista
El tránsito histórico que separa al burgués de Sombart del fenómeno de Epstein marca una inversión moral del capitalismo y de sus máximos representantes.
Donde antes había ascetismo productivo, hoy hay narcisismo vanidoso. Donde había cálculo racional, hoy hay pasión compulsiva y desenfrenada. Donde había previsión, hoy hay vulgaridad y saqueo. La ética del trabajo ha sido desplazada por cierta estética de la ilusión y del poder.
Ese desplazamiento no es anecdótico: transforma la legitimidad misma del sistema. El capitalismo clásico se justificaba por su capacidad de generar orden, previsibilidad y movilidad social. El capitalismo tardío, en cambio, solo se legitima por la concentración extrema de riqueza y su descontrol, desligado de cualquier horizonte moral ascético y compartido.
Tal grado de degradación recuerda las descripciones romanas de la decadencia imperial pues, cuando las élites pierden toda contención privada, la autoridad pública se vacía, y el poder se sostiene únicamente mediante la propaganda, la represión, el chantaje y el miedo.
Conclusión: cuando la profanación sobrevive a la moral
El poder económico ha devenido alarde, apariencia y abuso.
El contraste entre Sombart y Epstein ilumina una verdad incómoda: el capitalismo ha sobrevivido a su ética fundacional, pero (aún) no ha encontrado una nueva legitimidad moral que no sea la deshonra de quienes nos son más indispensables y complementarios.
El burgués disciplinado fue reemplazado por el magnate, autócrata y libertino. La frugalidad cedió ante la obscenidad. La previsión ante la depredación. La responsabilidad familiar, empresarial y social queda postrada a los pies de la iniquidad y el exceso.
Hoy, el poder económico ya no se justifica por la creación, sino por la dominación; no por el orden, sino por la capacidad de escapar a toda norma. Ha devenido irresponsable alarde y maltrato desmedido.
En ese proceso, no solo se ha degradado la conducta privada de las élites: se ha erosionado la arquitectura moral que sostenía la confianza social. Y cuando la confianza colapsa, el sistema entero se vuelve frágil, inestable y explosivo.
Tal y como previeron los historiadores romanos, la decadencia moral de las élites no es un simple escándalo: es el preludio de una nueva crisis histórica justificada por la deshonestidad de una supuesta ética desprovista de conducta y de valor.
Desprovistos de honorabilidad, quienes presumen de magnates de este mundo exponen al género humano a hacer el ridículo y ser el hazmerreír del reino animal.
Por ello, nunca como ahora esta verdad: los monos, al igual que la mona, aunque de seda vistan, monos quedan.
Bibliografía de referencia
Foucault, Michel. (1975). Surveiller et punir. Naissance de la prison. Paris: Gallimard.
————(1977). Microphysique du pouvoir. Paris: Gallimard.
Fukuyama, Francis. (11 de agosto de 2025). “Can Trump Escape the Epstein Files? Conspiracy theories have become an essential part of being a conservative.” Persuasion.
Mehta, Pratap Bhanu. (5 de febrero 2026). “The Epstein Files and Elite Moral Collapse.” Persuasion.
Sombart, Werner. (1913). Der Bourgeois. Zur 7)geistigen Geschichte des modernen Wirtschaftsmenschen. München / Leipzig: Duncker & Humblot.
——– (1967) The Quintessence of Capitalism: A Study of the History and Psychology of the Modern Business Man. New York: Howard Fertig.
Weber, Max. (1920). Gesammelte Aufsätze zur Religionssoziologie I. Tübingen: J.C.B. Mohr (Paul Siebeck).
——-(2010). Die protestantische Ethik und der Geist des Kapitalismus.
Herausgegeben von Dirk Kaesler. München: C.H. Beck.
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