Cuando el presidente Gabriel Boric pronunció aquella frase durante el lanzamiento de LatamGPT — "si no estamos en la mesa, estamos en el menú" — no estaba haciendo retórica. Estaba describiendo con precisión quirúrgica la realidad geopolítica de América Latina en la era algorítmica.
Los modelos de lenguaje globales se entrenan con apenas un 2% a 3% de datos latinoamericanos. Eso significa que cuando ChatGPT o Gemini hablan de nosotros, lo hacen desde la perspectiva del comensal que lee la carta, no del cocinero que conoce los ingredientes. Nuestras historias, nuestros matices lingüísticos, nuestra memoria colectiva quedan reducidas a una nota al pie estadística en corpus entrenados predominantemente en inglés.
Es precisamente por eso que el resultado del benchmark cultural de LatamGPT merece una lectura que trascienda la celebración inmediata. República Dominicana obtuvo el primer lugar con un 16.2%, superando a Ecuador, Colombia, México, Perú e incluso a Chile, el país que lidera el desarrollo del modelo. Esto no es un accidente ni un golpe de suerte. Es el resultado directo de una decisión estratégica que tomamos desde el sector privado: aportar más de 42,000 registros periodísticos del archivo histórico de CDN Canal 37 al entrenamiento de LatamGPT, a través de la alianza entre CDN, Tabuga y CENIA.
En la recta final, Tabuga logró colectar más de 300 contextos históricos, culturales y geográficos del país. Con ese aporte, República Dominicana se convirtió en el primer país del Caribe en contribuir datos desde el sector privado a un modelo masivo de inteligencia artificial regional.
Aquí es donde la historia se vuelve más compleja y, francamente, más reveladora.
Ese liderazgo cultural en el benchmark no provino del Estado. No surgió de una política pública coordinada ni de un plan nacional de digitalización del patrimonio. Surgió de la iniciativa privada, de una empresa de medios y una empresa de tecnología que entendieron que la identidad cultural de un país se defiende más allá de los discursos y las narrativas, sino con datos estructurados, curados y disponibles para que los algoritmos aprendan quiénes somos.
Mientras el país ha retrocedido en los índices gubernamentales de innovación — cayendo al puesto 97 en el Global Innovation Index y al noveno en el ILIA 2025, con puntajes de apenas 47.43 en factores habilitantes — el sector privado demostró que es posible sentarse a la mesa regional cuando hay visión y voluntad de ejecución.
Este contraste es importante señalarlo: lo que hemos venido informando desde 2022 en artículos como "Inteligencia Artificial en República Dominicana: Desafíos y Oportunidades para el Liderazgo Regional" se materializa aquí con claridad incómoda: la brecha entre la retórica digital del país y su capacidad real de producción tecnológica. Tenemos una ratio de 30 a 1 entre consumo de IA (más de 300 millones de dólares) e inversión local en desarrollo de IA (aproximadamente 10 millones). LatamGPT nos pone frente a un espejo.
Podemos liderar un benchmark cultural con contenido histórico periodístico, pero carecemos de la infraestructura de cómputo, los marcos regulatorios y la coordinación institucional para sostener ese liderazgo de manera sistemática.
Lo que LatamGPT valida es algo que he insistido en llamar soberanía cognitiva. No se trata solamente de tener un modelo de lenguaje propio — que ya de por sí es un logro monumental para la región. Se trata de que la inteligencia artificial que nos describe nos analiza y toma decisiones sobre nosotros, lo haga con conocimiento real de nuestro contexto.
Cuando un modelo global "alucina" sobre nuestra historia, nuestra literatura o nuestra geografía, no está cometiendo un error técnico menor; está perpetuando una forma de invisibilidad cultural que tiene consecuencias económicas y políticas concretas. El dato que aportamos desde CDN — noticias, crónicas, coberturas que documentan décadas de vida dominicana — no es simplemente contenido. Es memoria. Y la memoria, en la era algorítmica, es poder.
Ahora bien, el benchmark cultural es un punto de partida, no una línea de llegada. El principal desafío que enfrentamos no es técnico sino estructural: la digitalización y apertura de datos públicos. Bibliotecas, archivos nacionales, registros culturales, patrimonio documental — una cantidad enorme de contenido que define nuestra identidad permanece en formatos inaccesibles para los sistemas de inteligencia artificial. No podemos construir soberanía cognitiva sobre una base de datos fragmentada e incompleta.
Si el sector privado ya demostró que es posible aportar más de 42,000 registros, imaginemos qué pasaría si las instituciones públicas asumieran esa misma responsabilidad con el acervo cultural e histórico que custodian.
El modelo de LatamGPT, al ser de código abierto y auditable, ofrece algo que los modelos cerrados del norte global no pueden: la posibilidad de que universidades, desarrolladores y startups de la región construyan sobre una base que respeta la identidad local sin pagar lo que yo llamo un "peaje cognitivo" a las grandes tecnológicas.
El entrenamiento se realizó sobre infraestructura de AWS pero coordinado por CENIA con participación de 15 países y más de 100 profesionales — muchos de ellos voluntarios. Esto confirma una tesis que hemos defendido consistentemente: no necesitamos construir todo solos. La ruta es la colaboración regional federada, la Open Innovation aplicada a escala continental.
Para quienes seguimos de cerca la geopolítica tecnológica de la región, LatamGPT representa la diferencia entre ser un ingrediente del menú — datos extraídos, procesados y monetizados por otros — y sentarse a diseñar el plato. República Dominicana dio un primer paso desde el sector privado. Ahora la pregunta incómoda pero necesaria: ¿cuándo se sienta el Estado a la mesa?
La construcción de soberanía tecnológica no depende únicamente de lanzar modelos propios, estrategia desatinada de las autoridades locales. La colaboración es el acto de valentía que 13 países demostraron durante más de 12 meses. Depende de garantizar que nuestra información esté digitalizada, organizada y disponible. Depende de formar talento local que no solo use estas herramientas, sino que las adapte y las mejore. Depende de una corresponsabilidad digital real entre el sector público, el privado, la academia y la sociedad civil.
El benchmark cultural del LatamGPT nos dice algo poderoso: cuando aportamos nuestra voz, la inteligencia artificial nos escucha. La pregunta es si tendremos la visión colectiva para que esa voz no se quede en un solo resultado, sino que se convierta en una estrategia sostenida de posicionamiento en la economía del conocimiento.
En la era de la Inteligencia Artificial el presupuesto no se consume en la articulación sino en el cómputo. El que tiene oídos para oír, que oiga.
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