Los perdidos.
Los que andamos divagando en un mundo donde nunca se aprende; donde los sueños y deseos van de la mano y el tiempo corre veloz sin alcanzarlos.
Nosotros, que no sabemos nada y nos pasamos la vida intentando descubrir los misterios del mundo y de la vida.
Científicos y obreros que, en conversaciones añejas, terminan abrazados en una misma ignorancia: esa que nunca tiene respuesta, a pesar de tantos poetas y profetas divagando en la nada.
Nosotros, que tanto hemos amado, todavía no sabemos lo que es el amor, sino esa lumbre que brota de repente como se apaga.
Los que lloramos y reímos destilando sensaciones breves, ligeras, dolientes, perpetuas.
Los que no entendemos ni el principio ni el fin.
Nosotros, quijotes y serenos; piratas y monárquicos que solemos darnos títulos en pasiones elevadas, intentando alcanzar estrellas fugaces entre universos infinitos.
Los que pensamos y solemos igualarnos a dioses inventados ante nuestra propia ignorancia, intentando dar sentido a lo que no lo tiene… así lo tenga.
Nosotros —tú y yo y todos los demás— pasaremos por estos caminos viejos, ya andados por muchos otros, sin encontrar a nadie que sepa la razón de la existencia.
Miraremos con ojos nuevos lo que siempre ha estado: el mar, el cielo y la montaña; lo rojo de la sangre que llevamos, como otro misterio que señala los colores asignados.
Nosotros: los que estamos, los que estuvimos y los que estaremos. Veremos pasar la noche adornada de luceros, como esa fuerza que nos señala la inmensidad del universo ante la exigüidad de los momentos.
Seremos polvo y alimento de la tierra; alma impotente amarrada al cuerpo que insiste en mostrar esa luz, sin saber que para alcanzarla se necesita tocar el silencio.
¡Salud!
Mínimo Nostrero.
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