La pregunta por Dios acompaña a la cultura occidental desde sus orígenes y atraviesa simultáneamente la filosofía, la teología y la reflexión sobre el lugar y el sentido del ser humano en el cosmos. Sin embargo, dentro de la tradición judeocristiana, la cuestión no se formula inicialmente como una investigación abstracta acerca del origen del universo, sino como una indagación acerca de una realidad personal que, según la propia tradición, se revela progresivamente en la historia.

Por ello, la pregunta no es simplemente qué es Dios, sino quién es Dios; tampoco dónde está, sino con quiénes.

Esas diferencias semánticas expresan un rasgo fundamental: el Dios bíblico no aparece como una hipótesis cosmológica ni como una fuerza impersonal, sino como un sujeto que habla, actúa y establece relación con el ser humano.

La comprensión de esa identidad divina se desarrolla a lo largo de distintas etapas: la experiencia religiosa de Israel, el redimensionamiento cristiano en la nueva alianza neotestamentaria, la reflexión filosófica de los Padres de la Iglesia y de la escolástica medieval y, finalmente, los debates modernos con el agnosticismo y el ateísmo científico.

Dios y las alianzas con su pueblo

El Dios de Israel. En el horizonte del judaísmo bíblico, la identidad de Dios se vincula ante todo con una experiencia histórica concreta. El episodio fundacional se encuentra en el Libro del Éxodo, cuando Moisés pregunta por el nombre divino y recibe una respuesta harto enigmática:

«Yo soy el que soy» (Ex. 3:14).

Esa expresión no funciona originalmente como una definición metafísica. Más bien afirma presencia y fidelidad: Dios es aquel que está con su pueblo y actúa en la historia, sin rendir cuenta a terceros. El mismo relato vincula esa revelación con la liberación de Israel de la esclavitud en Egipto y con el establecimiento de una alianza.

La tradición hebrea resume su fe en la confesión central del Shemá: «Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es uno» (Dt. 6:4). Este monoteísmo –alejado del politeísmo antropomórfico de griegos, romanos y otros tantos pueblos– no surge inicialmente como una conclusión filosófica, sino como una convicción religiosa derivada de la experiencia histórica del pueblo de Israel: Dios es único, soberano de la historia en la que establece una relación privilegiada con su pueblo.

El relato de la creación en el Génesis introduce además una afirmación decisiva: el universo procede de un acto libre e intencional de Dios (Gn. 1:1). El cosmos no es eterno ni fruto del caos, sino resultado de una voluntad creadora.

Los profetas profundizaron esta comprensión vinculando la identidad divina con la justicia y la santidad. En los textos proféticos, Dios aparece como defensor del pobre, juez de las naciones y garante de la alianza. Así, el Dios de Israel se caracteriza por varios rasgos fundamentales: unicidad absoluta, libertad creadora, fidelidad a la alianza, justicia y misericordia en la historia.

Esos elementos constituyen el núcleo del monoteísmo bíblico.

Interpretaciones judías posteriores. Con el desarrollo del pensamiento judío en el período helenístico y rabínico, esos textos comenzaron a recibir interpretaciones más sistemáticas.

El filósofo judío Filón de Alejandría (c. 20 a. C.-c. 45 d. C.) intentó armonizar el lenguaje bíblico con la filosofía griega, especialmente con el platonismo. Para Filón, Dios es una realidad trascendente que se encuentra más allá de toda forma sensible y que se relaciona con el mundo a través del Logos o razón divina.

En el pensamiento rabínico, al contrario, la identidad divina se mantuvo más estrechamente ligada a la historia de Israel y a la interpretación de la Torá. Dios se manifiesta en la ley, en la tradición y en la vida comunitaria del pueblo.

Ambas interpretaciones muestran que incluso dentro del judaísmo antiguo el concepto de Dios no fue completamente uniforme. Existían tensiones entre enfoques más filosóficos y otros más narrativos o históricos.

El Nuevo Testamento. El cristianismo heredó el monoteísmo judío, pero los textos bíblicos del Nuevo Testamento introducen nuevas interpretaciones de la relación entre Dios y la humanidad.

En los evangelios sinópticos, Jesús habla de Dios principalmente como Padre. Esta expresión no pretende describir una estructura metafísica detallada, sino una relación de cercanía, confianza, familiaridad. En el Sermón del Monte, por ejemplo, se invita a orar diciendo: «Padre nuestro que estás en los cielos» (Mt. 6:9; Lc. 11:2-4) y se reitera una y otra vez la envergadura de lo «nuestro» (pan, reino, culpas, ofensas, perdón, tentación, liberación).

Ahí, la relación con Dios se presenta en términos personales y comunitarios.

El Evangelio de Juan introduce un lenguaje teológico más elaborado. Su prólogo marca la tónica: «En el principio era el Logos, y el Logos estaba con Dios, y el Logos era Dios» (Jn. 1:1).

Esa identificación del Logos con la realidad divina plantea una relación singular entre Jesús y el Dios de Israel. Más adelante, el propio Jesús afirma: «Yo y el Padre somos uno» (Jn. 10:30).

Estas afirmaciones provocaron intensos debates en los primeros siglos del cristianismo, ya que revelaban una participación de Cristo en la identidad divina sin abandonar el monoteísmo heredado del judaísmo.

Las cartas de Pablo presentan todavía otro enfoque. En ellas, Dios aparece principalmente como el autor de la salvación manifestada en la vida, muerte y resurrección de Cristo Jesús, el Señor. En una fórmula que recuerda el monoteísmo judío, pero lo redimensiona y trasciende, Pablo escribe: «Para nosotros hay un solo Dios, el Padre, de quien proceden todas las cosas… y un solo Señor, Jesucristo» (1 Co. 8:6).

El conjunto del Nuevo Testamento no ofrece una única definición sistemática de Dios. Más bien presenta un conjunto de interpretaciones: Dios como creador, como Padre, como Logos encarnado y como Espíritu que actúa en la comunidad.

Los primeros concilios y la doctrina trinitaria. La diversidad de interpretaciones presentes en el Nuevo Testamento llevó a la Iglesia primitiva a formular posiciones doctrinales más precisas.

El Concilio de Nicea (325) afirmó que el Hijo es homoousios con el Padre, es decir, «de la misma sustancia». Los concilios posteriores desarrollaron esa enseñanza y formularon la doctrina de la Trinidad: un solo Dios en tres personas —Padre, Hijo y Espíritu Santo—. Esa doctrina buscaba preservar dos convicciones fundamentales:

  • La unidad absoluta de Dios heredada del judaísmo,
  • La experiencia cristiana de la divinidad de Cristo y de la acción del Espíritu.

La teología cristiana interpretó esa complexión como una comunión de relaciones. Agustín de Hipona (354-430) describió la vida trinitaria como la relación entre amante, amado y amor (De Trinitate, VIII, 10:14). De ese modo, la afirmación bíblica «Dios es amor» (1 Jn. 4:8) se convirtió en una descripción constitutiva de la vida divina.

Filosofía griega, patrística y escolástica. El encuentro del cristianismo con la filosofía griega condujo a una reinterpretación metafísica de la identidad divina.

Agustín de Hipona interpretó el «Yo soy» del Éxodo como una indicación de la plenitud del ser divino. En sus Confesiones (III, 6:1) describe a Dios como la realidad «más interior que lo íntimo mío».

Durante la escolástica medieval, dicha reflexión alcanzó una formulación sistemática en el pensamiento de Tomás de Aquino (1224/5-1274). En la Summa Theologiae (I, q. 3, a. 4) sostiene que Dios es ipsum esse subsistens, el ser subsistente en sí mismo. Lo cual significa que Dios no es un ente dentro del universo comparable a otros seres. Más bien es el fundamento mismo que hace posible que cualquier ente exista.

Desde esa perspectiva, la creación no describe simplemente un acontecimiento inicial en el tiempo, sino la dependencia radical de todo lo que existe respecto de su causa última.

Esa síntesis permitió integrar el Dios bíblico con la metafísica clásica: el Dios que liberó a Israel es también, tanto el fundamento ontológico del ser, como quien expía nuestras culpas y salva o redime de la muerte por medio de su resurrección corporal y la de cada uno y de todos nosotros.

Divergencias posteriores. Las distintas expresiones cristianas heredaron esas formulaciones doctrinales, aunque las interpretaron con acentos diferentes.

La Iglesia católica desarrolló una síntesis que incorporó la tradición conciliar y la filosofía escolástica, sin soslayar su constitución eclesial de naturaleza jerárquica.

Las iglesias ortodoxas orientales compartieron la fe trinitaria, pero pusieron mayor énfasis en el misterio y en la experiencia litúrgica, distinguiendo entre la esencia divina —inaccesible— y las energías mediante las cuales Dios se manifiesta.

El protestantismo y las comunidades protestantes surgidas a raíz de la Reforma del siglo XVI conservaron la doctrina trinitaria tradicional, al tiempo que subrayaron la autoridad de la Escritura y de la sola fe por encima de la jerarquía eclesial y de cualquier especulación filosófica posterior.

Dentro del mundo evangélico contemporáneo, consecuentemente, la reflexión sobre Dios suele presentarse en términos más bíblicos y existenciales que jerárquicos y metafísicos.

A pesar de esas diferencias, todas estas tradiciones convergen a la hora de afirmar que Dios es personal, creador, redentor y trascendente.

Objeciones modernas: agnosticismo y ateísmo científico

A partir de la modernidad, la idea de Dios comenzó a ser cuestionada desde nuevas perspectivas filosóficas y científicas.

A modo de apretadísima síntesis, hay que destacar al biólogo Thomas H. Huxley (1825-1895), quien acuñó el término agnosticismo y sostuvo que la cuestión de Dios se encuentra fuera del alcance del conocimiento demostrable. También, a Bertrand Russell (1872-1970), en Why I Am Not a Christian (1957), quien observó que las redefiniciones metafísicas de Dios pueden volver el concepto tan abstracto que pierda el contenido personal característico de la religión tradicional.

Más recientemente, autores como Richard Dawkins (n. 1941) han argumentado que la explicación evolutiva de la complejidad biológica hace innecesaria la hipótesis de un diseñador sobrenatural. En The God Delusion (2006), afirma que «Dios casi con certeza no existe».

Desde el ámbito de la cosmología, Stephen Hawking (1942-2018) sugirió que el universo podría surgir espontáneamente si las leyes físicas lo permiten. En The Grand Design escribe: «Porque existe una ley como la gravedad, el universo puede y se creará a sí mismo desde la nada» (Hawking y Mlodinow, 2010).

De su lado, filósofos contemporáneos como Daniel Dennett (1942-2024) piensan que no hay evidencia convincente de que Dios exista. La religión pudo haber sido evolutivamente útil, aunque eso no significa que sea verdadera. En su libro Breaking the Spell: Religion as a Natural Phenomenon (2006), Dennett argumentó que la religión no necesita un origen sobrenatural y que puede explicarse por evolución cultural y psicológica. Más aún, las explicaciones científicas del universo, y en particular las del cerebro humano y las de la conciencia humana, no necesitan referencia alguna a Dios, ni siquiera como hipótesis.

En síntesis, para algunos pensadores naturalistas, esas u otras explicaciones científicas reducen la necesidad de recurrir a una causa divina.

Sin embargo, filósofos y teólogos han respondido que la noción teológica de creación no se limita a describir un momento inicial del universo. En la interpretación clásica de Tomás de Aquino, la creación se refiere a la dependencia continua de la realidad respecto de su fundamento último. De modo que, incluso si la física explicara completamente el origen del universo, la pregunta metafísica acerca de por qué existe algo en lugar de nada es pertinente y puede seguir abierta.

Dios como misterio personal y fundamento del ser

La pregunta «¿quién es Dios en la tradición judeocristiana?» no conduce simplemente a una definición, sino a una interpretación de la realidad.

En el judaísmo veterotestamentario, Dios aparece como creador del mundo, presencia activa en la historia, juez y liberador de su pueblo; en el cristianismo, en cambio, se revela como misterio trinitario manifestado en la vida de Jesús de Nazaret. La reflexión filosófica posterior reinterpretó esta experiencia religiosa al describir a Dios como fundamento último del ser y de la existencia.

Así, para la tradición judeocristiana, Dios es simultáneamente el «Yo soy» presente en la historia, el creador y fundamento del ser, y el amor trinitario que se comunica con la humanidad por medio de Jesús de Nazaret, Cristo y Señor.

Las críticas modernas, sin embargo, han señalado que el universo puede explicarse sin recurrir a una causa divina. No obstante, la tradición teológica responde que la pregunta por Dios no pertenece únicamente al ámbito de la explicación científica, sino que remite a una cuestión más profunda: el sentido de la existencia consciente y el fundamento de la realidad histórica.

La cuestión de Dios, en consecuencia, permanece abierta. Se sitúa en el punto de encuentro entre la experiencia religiosa, la reflexión filosófica y el conocimiento científico, donde creyentes y críticos continúan dialogando sobre el origen, el sentido y el destino de la realidad.

En la medida en que este diálogo avanza hacia su verdad y plenitud, se hace evidente que la revelación judeocristiana no se presenta como una definición abstracta de Dios. Más bien, propone una comprensión de la realidad en la que Él es simultáneamente:

  • el «Yo soy» presente en la historia,
  • el creador y fundamento del ser,
  • el Señor único que exige justicia y suscita la fidelidad de su pueblo, y
  • el Amor trinitario que se comunica con la humanidad y permanece en comunión con ella por medio de su Palabra hecha carne: Jesús de Nazaret, quien permanece comprometido con el devenir de su pueblo por siempre.

Fernando Ferran

Educador

Profesor Investigador Programa de Estudios del Desarrollo Dominicano, PUCMM

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