En la sociedad dominicana y en casi todas las del mundo, resulta casi pecaminoso que sus figuras públicas, sobre todo aquellos que desempeñan funciones de alto nivel gerencial y político, como presidentes, vicepresidentes, senadores, diputados, ministros, alcaldes y diplomáticos, exhiban en público ciertas acciones sociales que realmente un círculo muy íntimo de estos saben que les agrada y solo realizan en privado. Una de ellas es bailar.
Se ha dado el caso de que muchos de estos personajes han sido muy sociables y permisivos con algunas personas del público, que asiste a una reunión o concentración política durante los duros días de campaña electoral. En esos momentos de fervor político les dedican tiempo de conversación o momentos extensos de intercambio lúdico. La intención es la de ir dejando en el subconsciente de sus posibles electores que independientemente de la parafernalia mediática y política, son personas de carne y hueso, a quienes les agrada llevar a cabo actividades sociales como el común de los demás hombres y mujeres del país que tienen por meta dirigir.
Los expertos en campañas políticas consideran favorable al candidato y su propuesta, la acción casi espontánea de socializar cuerpo a cuerpo con las masas y les autorizan ciertas libertades, pero bajo su orientación estratégica. Durante el desarrollo de una contienda electoral, almorzar con los electores de un pueblo, brindar con ellos, y hasta bailar, se convierte en un atractivo especial del, o de los candidatos que forman parte de la oferta electoral de un partido que persigue alcanzar la dirección política de un determinado país.
Los ejemplos de esos momentos y su impacto en el subconsciente de los electores han resultado vitales en muchas campañas, sobre todo, presidenciales, para tratar de variar las preferencias electorales hacia ciertos candidatos que lucen parcos ante el público y, lamentablemente el diseño de la campaña que se les ha hecho, no les ha facilitado acrecentar sus simpatías ante los ciudadanos que lo elegirán.
Recordemos el caso reciente del presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump, desarrollando diversas acciones fuera de su aura regular de vida. Lo vimos atendiendo al público desde un restaurante de la empresa McDonald’s y dando unos pasos rítmicos ante ciertos contextos musicales en eventos multitudinarios. Más que restarle votantes, ese acercamiento a la realidad de un ser humano común acrecentó la popularidad del hoy presidente de los Estados Unidos de América. Dicen expertos en sociología, psicología, ciencias políticas y otras especialidades de la conducta humana, que en cierta medida a esos pequeños momentos que impactaron de manera positiva el subconsciente de las masas poblacionales del gigante del norte del continente americano, debe el presidente Donald Trump su segundo mandato presidencial.
Así ha sucedido con otros líderes políticos del continente y el mundo. Muchos de los lectores recordarán que en diversos volúmenes de nuestros historiadores se consigna que el dictador dominicano Rafael Trujillo Molina utilizó el merengue como símbolo esencial en toda su vida, pero que lo acentuó de manera cardinal durante la etapa en que ya había garantizado la salida del poder del general Horacio Vásquez. Fue tal su convencimiento de la necesidad de la música típica y estilizada del merengue para el país, que jamás la apartó de su existencia al llegar al poder. Trujillo acrecentó la incidencia del merengue en todo el país, pues lo llevó hasta el Palacio Nacional y lo mantuvo durante treinta años y cinco meses de cruenta dictadura en los más prestigiosos clubes sociales del país, convirtiéndolo en símbolo de la dominicanidad.
Desde nuestro particular punto de vista, y eso lo sabe la generalidad de la sociedad dominicana, y cada conglomerado social del mundo, los presidentes son seres humanos normales y comunes como las demás personas, y como tales necesitan divertirse en público o en privado. Lamentablemente, al asumir el poder total de una nación los equipos de protocolo y mercadotecnia política del poder estatal les imponen normas y criterios de comportamiento ante el público, decisión que luego interpretan los ciudadanos que su forma de actuar durante la campaña para llegar al poder fue solo un argumento mediático más, no una actitud habitual de estos ante sus conciudadanos.
En el país hemos visto como el señor presidente de la República, Luis Abinader, luego de instalado en el Palacio Nacional, daba sus bailaditas con algunas damas presentes en actos inaugurales de su gestión de gobierno.
En sus primeros cuatro años de gobierno, el presidente Abinader demostró en varias oportunidades sus dotes de bailarín de merengue, sobre todo; era muy espontáneo verlo jalando cualquier mujer presente en uno de los actos inaugurales y bailar con ella, de principio a fin, un buen merengue.
Incluso, en algunas oportunidades bailó con la señora primera dama, pues se encontraba presente en varios de estos eventos oficiales. Aunque el señor presidente de la República, sus amigos, asistentes y posiblemente la primera dama de la República no lo veían así, ese sencillo gesto social, lúdico, que él llevaba a cabo en su primera gestión de gobierno no se percibía mal. Todo lo contrario, estaba llegando de manera positiva a una parte significativa de la sociedad dominicana. Y uno llega a preguntarse: ¿Esa actitud complaciente era parte de la estrategia tras el segundo período de gobierno?
Al cumplir un año y medio de su segunda gestión, el primer mandatario del país no ha vuelto a bailar en los escenarios comunitarios que regularmente visita cuando debe inaugurar una o varias obras de su gobierno.
Esa actitud, o decisión personal o protocolar, nos induce a formularnos varias inquietudes:
- ¿Se lo prohibió el protocolo presidencial basado en un criterio que persigue conservar su imagen pública?
- ¿Ya no puede el señor presidente de la República bailar con cualquier mujer del pueblo?
- ¿Decidió la dirección de protocolo de la casa de gobierno que solo la señora primera dama puede bailar con él en público?
- ¿Resulta innecesario hacer ese gentil gesto público, pues él y su partido han determinado que no aspirará a la presidencia de la República en el período 2028-2032?
Para hablar del comportamiento de los presidentes del país ante las notas rítmicas de nuestro contagioso merengue, debemos retrospectivamente trasladarnos hasta los días difíciles de la dictadura trujillista, pues está amplia y debidamente documentado que al hombre fuerte de la época le encantaba bailar un buen merengue, y no escatimaba esfuerzo para hacerlo a la vista de toda su cohorte, y divulgarlo por los escasos medios de comunicación de esos años. Su costumbre, según recuentos hemerográficos de ese tiempo, era bailar con su esposa María Martínez de Trujillo, o con su hija Angelita Trujillo.
Luego de esa etapa, los presidentes nombrados de manera interina por diversas causas, o los formalmente electos, no han sido vistos en público bailando con primeras damas o alguna mujer de su entorno familiar.
El profesor Juan Bosch no era dado a esos menesteres. Joaquín Balaguer apenas chocaba copas del brindis en los actos festivos de sus distintos gobiernos.
Los presidentes Antonio Guzmán Fernández y Salvador Jorge Blanco, si bailaban, lo hacían en el ambiente familiar, nunca en público.
El expresidente Leonel Fernández bailó en actos y fiestas privadas en sus doce años de gobierno, y de esos encuentros se colaron a las redes sociales algunas muestras de sus dotes de bailarín, pero nunca llegó a hacerlo como parte de sus relaciones personales o políticas con alguna dama presente en uno de los actos inaugurales de sus gestiones gubernamentales.
Parece que al expresidente Hipólito Mejía las celebraciones y la música le atraen, pero decidió dejar ese esparcimiento lúdico en la intimidad de sus familiares y cercanos colaboradores.
El expresidente Danilo Medina no ha tenido en su agenda bailar, por lo menos en actos públicos. En sus dos gestiones de gobierno, ni por asomo dejó entrever esa posibilidad.
El presidente Abinader demostró, por lo menos en sus primeros cuatro años de gestión, que le agrada bailar un buen merengue, y luce que domina el ritmo ante las parejas con las cuales ha bailado en público además de la señora primera dama de la República.
Como externé anteriormente, parece que por alguna decisión protocolar el señor presidente de la República ha sacado de su agenda bailar con cualquier mujer de pueblo en las inauguraciones de su gobierno como lo hacía de manera ocasional durante el período 2020-2024.
Como no conozco a nadie en el equipo de protocolo presidencial, me dirijo a la persona más cercana, influyente y pública del señor presidente de la República, la señora primera dama, para saber de primera fuente a qué se debe ese cambio de actitud.
Doña Raquel, ¿prohibió la dirección de protocolo gubernamental que el señor presidente de la República pudiera volver a bailar merengue ante toda la sociedad dominicana? ¿Lo limitó usted por conveniencia familiar? ¿Lo decidió la avanzada presidencial o la seguridad militar del Palacio Nacional? Para nada ese momento recreativo va a rebajar la investidura presidencial, y mucho menos el sitial que usted con sobrado tacto se ha ganado a su lado en su condición de abnegada esposa, madre de sus hijas y primera dama de la República Dominicana.
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