El 2026 no arranca en terreno cómodo. La economía dominicana intenta recuperar dinamismo tras un año de bajo crecimiento, pero la inflación vuelve a ganar protagonismo justo cuando más estabilidad se necesita.
En febrero de 2026, la inflación interanual se ubicó en 4.67%, 110 puntos básicos por encima del 3.57% registrado en el mismo mes del año anterior, dando una señal clara de que las tensiones de precios están regresando en un momento especialmente delicado para la economía.
Ese repunte no es uniforme ni responde a un solo factor, pero sí tiene un motor principal que explica buena parte del aumento de los precios: los alimentos. En 2025, el grupo de alimentos y bebidas no alcohólicas registró una inflación de 3.8% y explicó cerca del 25% de la inflación total. Un año después, la inflación de alimentos se elevó a 7.2% y su contribución escaló hasta el 37%. En otras palabras, más de un tercio del aumento de precios proviene de lo que la gente consume todos los días.
Pero hay un elemento menos visible —y más peligroso— que también está empujando la inflación: las expectativas. Cuando empresas, consumidores e inversionistas anticipan que los precios seguirán subiendo, ajustan su comportamiento. Las empresas aumentan precios para proteger márgenes, los trabajadores presionan por mayores salarios y los consumidores adelantan compras. Ese proceso termina alimentando la misma inflación que se intentaba evitar.
Y eso ya está ocurriendo. Las expectativas de inflación han aumentado de 4.0% a 4.3%, mientras que las expectativas de crecimiento económico se han deteriorado de 4.8% a 3.9%. Lo más preocupante es que estas estimaciones se realizaron antes del reciente conflicto geopolítico entre Estados Unidos e Irán, un factor que podría intensificar aún más estas presiones.
La República Dominicana es un importador neto de petróleo, por lo que cada aumento en los precios internacionales del crudo se traduce rápidamente en presiones inflacionarias internas. No se trata solo de combustibles más caros, también el impacto se extiende al transporte, la electricidad, los costos de producción y, finalmente, a los alimentos, que ya venían registrando una inflación elevada.
La historia lo confirma. Cada episodio de encarecimiento del petróleo ha dejado una marca en la inflación dominicana. En 2008, durante la crisis financiera global, el precio del petróleo superó los 130 dólares por barril y la inflación promedio alcanzó 10.6%. En 2011, impulsado por la Primavera Árabe, el crudo sobrepasó los 110 dólares y la inflación se situó en 8.5%. Más recientemente, en 2022, la guerra entre Rusia y Ucrania llevó el petróleo por encima de los 115 dólares, con una inflación de 8.8%. Hoy, en medio de nuevas tensiones geopolíticas, el barril ronda los 100 dólares.
El verdadero problema es que el margen de maniobra es hoy mucho más estrecho. En condiciones normales, el Banco Central recurriría a la tasa de política monetaria para contener la inflación, encareciendo el crédito y frenando el consumo y la inversión hasta moderar las presiones de precios. Ese es el mecanismo clásico. Pero ahora ese instrumento tiene un costo mucho más alto. Con la tasa en 5.25% y una economía que muestra señales de debilidad, cualquier ajuste adicional enfriaría aún más la actividad económica. El resultado no es estabilidad, sino el riesgo claro de entrar en un escenario de estanflación.
Ese es el verdadero reto que enfrenta la economía dominicana en 2026. Con presiones inflacionarias al alza, un crecimiento que pierde impulso y un margen de política cada vez más limitado, el escenario se vuelve mucho más exigente. Evitar que esa combinación termine en algo más profundo no será automático, y manejarlo bien requerirá decisiones cada vez más precisas en un entorno que no da mucho espacio para equivocarse.
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