Hay libros que se leen para conocer una historia. Hay otros que, sin proponérselo, terminan convirtiéndose en un espejo donde descubrimos preguntas que hacía tiempo estaban esperando ser formuladas. La Universidad de las Narices, del académico español Francisco Esteban Bara, pertenece a esta segunda categoría.

Acabo de terminar su lectura gracias a la generosidad de su autor, quien tuvo la deferencia de enviarme un ejemplar. Le estoy profundamente agradecido por ese gesto. Pero, sobre todo, le agradezco haber escrito una obra que, desde la sencillez de una alegoría, provoca una reflexión extraordinariamente profunda sobre el sentido de la universidad. Las ideas que comparto en este artículo nacen precisamente del diálogo intelectual que esa lectura abrió con mis propias preocupaciones sobre el futuro de la educación superior dominicana.

Nuestro país ha iniciado un amplio proceso de reflexión sobre la transformación del sistema educativo. En ese contexto se discuten nuevas formas de gobernanza, mecanismos de aseguramiento de la calidad, financiamiento, investigación, acreditación, inteligencia artificial, internacionalización y empleabilidad. Todos estos temas son importantes. Sin embargo, mientras leía La Universidad de las Narices, no podía dejar de pensar que existe una pregunta anterior a todas ellas y de cuya respuesta dependen todas las demás:

La fuerza de la alegoría de Bara consiste precisamente en que no pretende describir una universidad imaginaria. Su propósito es mucho más ambicioso: invitarnos a reconocer procesos que pueden ocurrir en cualquier universidad cuando, casi sin advertirlo, comienza a alejarse de aquello que le dio origen.

La historia comienza en una pequeña comarca cuyos habitantes poseen una curiosidad extraordinaria. Esa curiosidad ya existía, pero adquiere una nueva dimensión cuando llega la universidad. Es ella la que la moldea y la orienta hacia un conocimiento cada vez más profundo, hasta convertirla en un auténtico amor al conocimiento.

Este punto merece especial atención. Para Bara, la universidad no nace simplemente para producir conocimiento ni para transmitir información. Su mayor aportación consiste en enseñar una manera particular de relacionarse con el conocimiento. No se trata solo de saber más. Se trata de aprender a buscar la verdad, admirar la belleza, perseguir el bien y comprender el mundo desde una curiosidad que deja de ser utilitaria para convertirse en una forma de vida.

Poco a poco esa manera de comprender el saber termina configurando una forma particular de enseñar, investigar, dialogar y convivir. En conjunto, todos estos elementos constituyen lo que Francisco Esteban Bara denomina el espíritu universitario.

Y quizás ahí reside la idea más importante de toda la obra.

A medida que avanzaba la lectura fui descubriendo una distinción que, aunque nunca aparece formulada como una definición académica, atraviesa prácticamente toda la alegoría. No es lo mismo la universidad que lo universitario. La universidad es la institución. Lo universitario es el espíritu que la anima.

La primera puede medirse por el número de estudiantes, la calidad de sus laboratorios, sus publicaciones científicas, sus rankings internacionales, la empleabilidad de sus egresados o la modernidad de sus instalaciones.

Lo segundo pertenece a otra dimensión. Tiene que ver con el amor al conocimiento, la libertad intelectual, la búsqueda de la verdad, la formación integral de la persona, la deliberación crítica, la conversación entre disciplinas y la existencia de una auténtica comunidad académica.

Esta distinción resulta decisiva para entender los problemas de la universidad de hoy,  porque una universidad puede conservar sus edificios, sus reglamentos, sus títulos, sus profesores y su prestigio institucional y, sin embargo, comenzar a perder aquello que la hace verdaderamente universidad.

La alegoría resulta especialmente sugerente porque muestra que ese proceso no ocurre de manera abrupta. No aparece un enemigo que destruya la universidad. No desaparecen las facultades. No cierran los laboratorios. No dejan de otorgarse títulos. Lo que ocurre es mucho más sutil.

Poco a poco aparecen nuevas demandas sociales. Crecen las exigencias del mercado laboral. Aumenta la presión por la utilidad inmediata del conocimiento. Se multiplican las especializaciones. La universidad responde a cada uno de estos desafíos. Y cada respuesta parece razonable cuando se observa aisladamente.

El problema no radica en la profesionalización. Tampoco en la investigación aplicada, en la vinculación con el sector productivo o en la incorporación de nuevas tecnologías.

Todo ello forma parte legítima de la misión universitaria.

Sin embargo, a pesar de esos cambios,  el problema aparece cuando esas funciones dejan de estar orientadas por el espíritu universitario y comienzan a convertirse en el criterio principal que organiza la vida de la institución. La universidad continúa existiendo. Pero empieza a olvidar por qué existe.

Esta reflexión interpela directamente a nuestro país.

Durante los últimos años hemos discutido intensamente sobre el futuro de la educación superior dominicana. Hemos debatido sobre gobernanza, acreditación, regulación, financiamiento, investigación, innovación e internacionalización. Todas esas discusiones son necesarias. Pero la lectura de Bara obliga a replantear el orden de las preguntas.

Antes de decidir cómo reorganizar nuestras universidades deberíamos preguntarnos qué espíritu queremos preservar y fortalecer. Porque reorganizar una universidad no equivale necesariamente a fortalecerla. Y modernizarla tampoco garantiza que siga siendo plenamente universitaria.

Si asumimos estas reflexiones que resultan de la lectura del libro de Bara,  la pregunta que hoy enfrenta la educación superior dominicana cambia de naturaleza. El desafío ya no consiste únicamente en modernizar nuestras universidades o hacerlas más eficientes. La verdadera cuestión consiste en determinar si esas transformaciones fortalecerán el espíritu universitario o terminarán debilitándolo.

Paradójicamente, el mayor riesgo que enfrenta hoy nuestra educación superior quizá no sea quedarse rezagada frente al cambio. Tal vez sea cambiar exactamente en la misma dirección que casi todas las universidades del mundo, sin detenerse a preguntarse si esa dirección preserva aquello que históricamente dio sentido a la institución universitaria.

La irrupción de la inteligencia artificial vuelve todavía más pertinente esta reflexión. Durante siglos, buena parte del valor de la universidad descansó en su capacidad para producir y transmitir conocimiento especializado. Hoy las máquinas comienzan a realizar muchas de esas tareas con una rapidez y una eficacia extraordinarias. Lejos de disminuir la importancia de la universidad, esta realidad hace todavía más evidente la necesidad de preservar aquello que ninguna tecnología puede sustituir plenamente.

La inteligencia artificial puede producir respuestas. Puede sintetizar información. Puede asistir procesos de investigación. Pero continúa dependiendo de los seres humanos para formular las preguntas relevantes, establecer prioridades éticas, comprender la complejidad de la realidad y decidir hacia dónde orientar el conocimiento.

Paradójicamente, cuanto más capaces se vuelven las máquinas de procesar información, más importante resulta preservar aquello que las máquinas no pueden reemplazar: el espíritu universitario.

La lectura de Bara conduce también a una reflexión particularmente actual. Nunca la humanidad había producido tantos especialistas. Y, sin embargo, nunca había necesitado tanto personas capaces de integrar conocimientos diversos para comprender problemas complejos.

No afirmo que esta sea una tesis formulada explícitamente por Bara. Es, más bien, una reflexión que su alegoría provoca. Los grandes desafíos contemporáneos —la inteligencia artificial, el cambio climático, las migraciones, la desigualdad, la sostenibilidad o la gobernanza democrática— ya no pueden comprenderse desde una única disciplina. Necesitan especialistas altamente competentes. Pero necesitan igualmente universitarios. Es decir, personas capaces de relacionar conocimientos, comprender contextos, deliberar responsablemente y orientar el saber hacia el bien común.

La especialización seguirá siendo indispensable. Lo que la universidad no puede perder es precisamente la capacidad de integrar aquello que inevitablemente las especializaciones fragmentan.

Hay una última reflexión que el libro despertó en mí y que deseo compartir.

Aunque Francisco Esteban Bara no la formula expresamente, toda su alegoría parece conducir hacia ella. La universidad no nació únicamente para responder las preguntas que la sociedad le formula. Nació también para ayudar a la sociedad a descubrir las preguntas que todavía no sabe que necesita hacerse. Ese ha sido, históricamente, uno de sus mayores aportes.

Una universidad que únicamente responde demandas externas termina adaptándose permanentemente a la realidad. Una universidad auténticamente universitaria también ayuda a comprender esa realidad, a cuestionarla y, cuando es necesario, a transformarla. No sigue simplemente el curso de la historia. Contribuye a orientarlo.

La República Dominicana necesita transformar profundamente su educación superior.

Necesita universidades más abiertas al mundo, más conectadas con la innovación, más comprometidas con la investigación, más vinculadas con el desarrollo nacional y más capaces de responder a los desafíos de una economía basada en el conocimiento.

Pero ninguna de esas transformaciones tendrá sentido si, durante el proceso, dejamos escapar aquello que hace de la universidad una institución única. Podemos modernizar edificios, rediseñar currículos, fortalecer la investigación, reorganizar la gobernanza e incorporar inteligencia artificial. Todo ello será necesario. Pero el verdadero desafío consiste en preservar y renovar el espíritu universitario.

Porque una sociedad puede tener muchas universidades y, sin embargo, haber perdido lo verdaderamente universitario. Quizá ese sea el mensaje más profundo que hoy nos ofrece La Universidad de las Narices.

No nos invita a regresar nostálgicamente al pasado. Nos invita a recordar que la universidad solo podrá construir el futuro si nunca olvida aquello que le dio origen: ser una comunidad dedicada a amar el conocimiento, buscar la verdad y formar personas capaces de poner ese conocimiento al servicio del bien común.

Ese es, probablemente, el desafío más importante que enfrenta hoy la educación superior dominicana.

Radhamés Mejía

Académico

Educador. Profesor Emérito de la PUCMM ExVicerrector de la PUCMM por más de 35 años y exrector de UNAPEC. Actualmente es Coodinador de la Comisión de Educación de la Academia de Ciencias de la República Dominicana (ACRD). En la actualidad es Director del Centro de Investigación y Desarrollo Humano (CIEDHUMANO)-PUCMM.

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