Para legitimar el odio a los haitianos, y al anti haitianismo en general, se apela siempre al crimen de las Vírgenes de Galindo y al degüello ocurrido en Moca en 1805. Sobre este último acontecimiento Fray Cipriano de Utrera (1886-1958), un historiador erudito carente del más mínimo cariz anti haitiano, y quien dedicó muchos años de su vida al estudio de la historia dominicana, hizo relevantes precisiones que cuestionan el manido relato.

Al cabo de haber mantenido sitiada durante veintiún días la ciudad de Santo Domingo y de percatarse de la presencia de una escuadra francesa surta en el Placer de los Estudios, el líder militar haitiano Jean-Jacques Dessalines, atemorizado de que la parte occidental de la isla pudiera ser invadida de nuevo por Francia, desistió del acorralamiento el 29 de marzo de 1805 y raudo emprendió la marcha hacia su país.

Cipriano de Utrera, sacerdote de la orden de los Capuchinos, toma como referencia los estropicios de mayor relieve consumados por la tropa de Dessalines en las poblaciones por las cuales transitó y establece un contrapunteo entre los historiadores Antonio del Monte y Tejada y José Gabriel García. Su punto de partida es la narración de los destrozos provocados por los haitianos que hizo García:

“Dadas por Cristóbal amplias garantías a Frai Pedro Geraldino, sacerdote de reconocidas virtudes, en favor de las familias fugitivas, fueron estas saliendo poco a poco de sus escondites, y se dirigieron a la población, donde en vez de las seguridades con que contaban, no encontraron sino una muerte desastrosa; pues habiéndose anunciado que el día 3 de Abril se cantaría un Tedeum solemne en acción de gracias por la feliz terminación de la lucha, acudieron al templo más de quinientas personas de todas clases, sexos y edades, además de la soldadesca desenfrenada de Faubert, la cual cerró todas las puertas al comenzar la ceremonia y se entregó de lleno al desorden, saciando su furor brutal sobre aquella concurrencia inofensiva, de la que quedaron muy pocas personas con vida, por cuanto hasta el sacerdote que oficiaba fue ensartado en las bayonetas, en medio de la gritería de aquella horda de salvajes”. (Op., t. I, págs. 339-340).

En ese pasaje de la historia dominicana, a juicio de Cipriano de Utrera, el historiador García puso más de lo que leyó en el libro de Antonio del Monte y Tejada titulado Historia de Santo Domingo quien fue contemporáneo de este acontecimiento y dijo que los haitianos hicieron “un degüello horroroso en la parroquia de Moca, a cuatro leguas de Santiago, donde se habían refugiado varios fugitivos bajo la fe de perdón o amnistía que dio el general Cristóbal al cura Pedro Geraldino”. (Opus, tomo III, p. 198).

Las palabras de Del Monte y Tejada, dice Cipriano de Utrera, son más lacónicas en comparación con las de García:

“[…] y no se les pueden hacer reparos razonables como escasas de verdad o poco explícitas, salvo que por no expresar las condiciones morales del Fray Pedro Geraldino, parece que la candidez de este religioso ayudó a la ejecución del horroroso degüello, aunque es durillo de creer en los haitianos piedad para un fraile, en ellos que dieron muerte a cuantos sacerdotes cayeron en sus manos”.

Cipriano de Utrera plantea la certidumbre de que los degollados en la parroquia de Moca fueron varios fugitivos, es decir, dentro de su demarcación territorial, y no al interior de la iglesia parroquial. Además, agrega otros reparos: desde el 29 de marzo por la tarde hasta la mañana del 3 de abril siguiente, transcurrió un tiempo limitado, insuficiente para los haitianos trasladarse de Santo Domingo a Moca, pueblos que en la actualidad media una distancia de 154 kilómetros aproximadamente, y no un tiempo razonablemente más dilatado para que las familias fugitivas fueran saliendo poco a poco de sus escondrijos, persuadidas por fray Pedro Geraldino quien habría de ir en diferentes direcciones por campos o montes congregando a sus atemorizados devotos.

Asimismo, rechaza la posibilidad de que se hubiera dado un Tedeum en acción de gracias por la culminación de la lucha entre una población que conocía, debido a las cortas distancias, la conducta de las tropas haitianas en Cotuí y La Vega, aunque sí era factible la posibilidad de una falaz promesa de perdón dada por medio de un sacerdote a un minúsculo grupo de prófugos cuyo escondite fuera conocido por el sacerdote.

De manera enfática el ducho historiador Cipriano de Utrera asegura que no hubo tal Tedeum, ni el sacerdote fue ensartado en las bayonetas, ni la matanza fue por esta causa dentro de la iglesia y que tampoco podía afirmarse que fuera fray Pedro el que oficiara el Tedeum porque ni siquiera La Vega lo tenía desde el 26 de febrero de 1805, cuyo sacerdote era el mercedario Agustín Hernández quien había dejado la ciudad un día antes al enterarse de la llegada de los haitianos a Santiago. El dato se conoce, afirma, por haberse interrumpido desde esa fecha la inscripción de las partidas de bautismo en Moca cuya parroquia dependía en esa época de La Vega.

Para ratificar su certeza de la traición del fray Pedro Geraldino, Cipriano de Utrera dice que en 1807 este se desempeñaba como capellán de la ermita Santa Ana en San Francisco de Macorís y se salvó de la guillotina no por sus virtudes sino por su condición de traidor no obstante ser descrito por el historiador como un “sacerdote de reconocidas virtudes”. Por consiguiente, califica como "inadmisible” que se hubiera dado un Tedeum y de la reunión de 500 personas en la parroquia pues la población de Moca en la época era inferior a esa cifra.

En el colofón de su esclarecedor artículo, Cipriano de Utrera admite que como hecho histórico el “horroroso degüello” no puede ser negado, pero como se ha visto siente mayor afinidad con lo escrito por el historiador Del Monte del cual infiere que varios fugitivos de los pocos o muchos que buscaron refugio en Moca y confiaron de buena fe en las palabras de Fray Pedro Geraldino y este a su vez en las promesas del negro, fueron asesinados en la parroquia, o más bien en la jurisdicción de esta.  El “crimen bárbaro” fue contra “hombres señalados” más que sobre una población indefensa. “Por tanto, estimo que el degüello de Moca fue simplemente un hecho criminal efectuado contra varias personas, y no una miseria o desgracia general de la población de Moca. (Panfilia, año I, Núm. 10, 30 de noviembre de 1923).

El artículo de Cipriano de Utrera fue refutado por el historiador Leonidas García Lluberes (Panfilia, Núm. 11, año I, 15 de diciembre de 1923) quien descarta la versión ofrecida por Del Monte pues este había salido del país un año antes (1804) del degüello y se basó una relación de los acontecimientos que hizo su compueblano don Gaspar de Arredondo Pichardo en la que se refiere a la devastación de Santiago por la entrada de Cristóbal con su ejército en 1805 que ejecutó un degüello general del que solo se salvaron cinco personas y que los fugitivos que se refugiaron en Moca no eran otros que los pocos santiagueros que abandonaron la ciudad al aproximarse al enemigo. García Lluberes, sin embargo, incurre en un desacierto cuando dice que Del Monte y Tejada no se refiere al degüello de Moca y como se vio más arriba sí lo hizo. Entiende que Del Monte emplea el concepto de parroquia en el sentido de iglesia y no de distrito eclesiástico como lo hace Cipriano de Utrera.

Sobre cómo el cura Pedro Geraldino salvó su vida García Lluberes, siempre basándose en el testimonio de Arredondo Pichardo, expone que los paisanos de Santiago refugiados en Moca le pidieron rendirle pleitesía a Cristóbal quien les ofreció protección y lo autorizó a continuar su ministerio. Este es un alegato bastante endeble y luce más plausible la versión ofrecida por Cipriano de Utrera que presenta al cura Pedro Geraldino como un traidor que negoció la entrega de los fugitivos a cambio de preservar su vida. Las tropas haitianas no le perdonaban la vida a ningún sacerdote y asesinaron a los presbíteros Vásquez, Lima, Puerto Alegre, Basarte y Ortega. Otro sacerdote, Silvestre Núñez, cura de Moca entre 1834 y 1872, dejó una carta sobre su iglesia desde antes de la invasión de los haitianos, “brigantes” los llama Cipriano de Utrera, y no escribió nada sobre el degüello por no haber tenido relación con la ermita. Otro testimonio citado por García Lluberes, esta vez del sacerdote Juan de Js. Ayala y García, también luce poco verosímil según el cual luego de que los haitianos bajaran de Santo Domingo el general Clervó ordenó que todos los habitantes perecieran a cuchillo y que al ser informado el cura Pedro Geraldino por un oficial de que solo él escaparía, de todos los que encontraban reunidos en el templo, exhortó desde el altar a sus feligreses a realizar un acto de contrición porque iban a morir en el momento. En caso de que esto fuera cierto es evidente que se trataban entonces de un cura desalmado y cobarde que abandonó a su suerte a sus parroquianos. No parece válida la forma en que García Lluberes justifica la realización del Tedeum como una supuesta iniciativa de los haitianos en acción de gracias por la culminación de las luchas pues los haitianos también cometieron otros destrozos en el trayecto a la frontera y en este punto el historiador admite que en el supuesto degüello de Moca no pereció ningún eclesiástico.

Como último recurso, García Lluberes apela a las revelaciones de Javier Angulo Guridi quien afirma que al llegar Dessalines a Moca de manera artera hizo salir de los montes a las familias allí refugiadas y los invitó a participar del Tedeum que él había dispuesto se hiciera y que al día siguiente, cuando se hallaban en el templo unas 450 personas, cerró las puertas, hizo una seña, y hasta el sacerdote fue salvajemente degollado. Esta es probablemente la explicación inconsistente de cuantas se han ofrecido y como se ha visto ha sido impugnada por Fray Cipriano de Utrera.

Rafael Dario Herrera

Historiador

El autor es historiador, miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Historia. En el 2018 obtuvo el premio anual de historia José Gabriel García con su obra “El Gobierno del Triunvirato, 1963-1965”. Ha realizado estudios pioneros sobre historia regional de la Línea Noroeste. Profesor emérito de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

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