Un gran amigo, lector atento de mis escritos, me detuvo un día con una observación que agradezco. Me dijo que suelo escribir desde la herida, que pongo los dedos donde el país duele, pero que también es necesario mirar el bálsamo. 

-Mira la otra cara -me sugirió—: los valores que aún sostienen al dominicano, la serenidad con que camina, la templanza que se respira incluso cuando el cansancio deja un sabor amargo. 

Esa frase me hizo pensar. 

Pensar en la esperanza. 

Y en lo que significa creer en el país. 

La esperanza del dominicano no es fantasía. Es una manera de mantenerse de pie cuando el panorama se nubla. Es levantarse cada mañana con la idea de que vale la pena seguir apostando por la República Dominicana. No es ingenuidad: es carácter. Es decidir no rendirse aun cuando la realidad aprieta. 

De ahí nace el creer. Creer en el barrio, en la familia, en el trabajo diario, en la calle que despierta antes del sol. El dominicano cree en su gente, en su capacidad de salir adelante, en que el país, con todos sus tropiezos, siempre encuentra cómo recomponerse. 

Yo creo en este país. Como muchos, a veces creo más de lo que reclamo. Porque reclamar cansa. Porque confrontar incomoda. Y porque el dominicano, por naturaleza, prefiere la armonía antes que el conflicto. Así cambiamos la vigilancia por la paciencia y la participación por la espera. 

Creer en la vida y ser agradecido cada día, aun cuando no todo salga bien. Agradecer el sol sobre el barrio, el pan compartido, el trabajo posible, la palabra que acompaña. Agradecer, porque quien agradece no se quiebra del todo. 

Durante años se nos ha pedido creer. Creer en promesas, en proyectos, en discursos que anuncian un mañana mejor. Y el dominicano cree. Cree porque ama su tierra. Cree porque no quiere perder la fe en lo suyo. Mientras cree, trabaja; mientras trabaja, espera. 

Pero creer no es cruzarse de brazos. La esperanza no es silencio. Cuando la confianza no se acompaña de preguntas, se debilita. El amor al país no es aplaudirlo todo, sino cuidarlo. La fe sin responsabilidad se vuelve costumbre, y la costumbre, resignación. 

Pedir cuentas no es dejar de creer en la República Dominicana. Es creerle más. Es proteger lo que es de todos. Es entender que la patria no se honra solo con emoción, sino también con atención. 

Y entonces recuerdo al amigo. 

Su consejo sencillo: mirar el bálsamo. 

El bálsamo está en el ciudadano común: en el que madruga, en la mujer que sostiene la casa, en el joven que sueña, en el viejo que todavía conversa con la esperanza. Está en la esquina donde alguien saluda, en la guagua que sigue andando, en la risa que no se rinde. 

Está también en algo más simple y más hondo: creer en la vida y ser agradecido cada día, aun cuando no todo salga bien. Agradecer el sol sobre el barrio, el pan compartido, el trabajo posible, la palabra que acompaña. Agradecer, porque quien agradece no se quiebra del todo. 

Ahí cree el dominicano. 

Cree sin ruido. 

Cree sin discursos. 

Cree porque este país le duele, pero también le pertenece. 

Creer en la República Dominicana es un acto de amor. 

Creerla con conciencia es un acto de porvenir. 

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

Ver más