Algunos gobiernos comienzan con tiempo de sobra, otros, con el reloj ya en marcha. En el arranque de su segundo mandato, la aprobación del presidente Donald Trump sugiere que el desgaste político —propio del ejercicio del poder— apareció antes de lo habitual. Se adelantó.

El seguimiento semanal de The Economist  muestra que la erosión del crédito político del mandatario estadounidense no es abrupta ni coyuntural, sino temprana y persistente. Estructural.

A sólo doce meses y pico de su regreso a la Casa Blanca, Trump gobierna bajo condiciones poco habituales para un inicio de mandato. Su gobierno luce algo viejo, desgastado. Muy distinto a la imagen que mostraba, por ejemplo, a inicios de 2017.

Según el approval tracker de The Economist difundida la semana pasada, su nivel de aprobación se mantiene de forma sostenida por debajo del 40%, mientras la desaprobación supera con holgura la mayoría absoluta. Sin embargo, más reveladora que la cifra puntual es la trayectoria: semana tras semana, la aprobación cae de manera marginal pero sostenida, sin señales claras de recuperación. No hay desplomes ni crisis súbitas; hay, más bien, un desgaste lento, continuo, prematuro.

Ese comportamiento se aparta del patrón histórico más habitual. Incluso, presidentes que terminaron enfrentando altos niveles de rechazo gozaron, al inicio de sus gobiernos, de un margen de crédito político que amortiguó los costos de las primeras decisiones. Ese tiempo de gracia —más corto o más largo según el contexto— suele ofrecer un colchón frente a la impopularidad inicial. En el caso de Trump, esta vez, ese margen prácticamente no existió.

  1. Un segundo mandato que no se parece a otros.

La explicación comienza por la naturaleza misma de este segundo mandato. A diferencia de otros presidentes que iniciaron un nuevo período tras ser reelegidos de manera consecutiva, Trump volvió al poder luego de una derrota electoral y de cuatro años fuera del cargo, durante los cuales gobernó Joe Biden. Esa discontinuidad no es un detalle menor. Un segundo mandato consecutivo suele venir acompañado de una validación reciente en las urnas, que refuerza la legitimidad política y concede cierto colchón inicial frente al desgaste. Un retorno no consecutivo, en cambio, reactiva juicios ya formados, arrastra conflictos no resueltos y reduce al mínimo la expectativa de novedad.

Por eso, aunque formalmente se trate del primer año de una administración, desde el punto de vista demoscópico —estudios de la opinión pública mediante encuestas, sondeos y estudios estadisticos aplicados a una población— el gobierno se percibe como si transitara una etapa más avanzada del ciclo presidencial. Los niveles de desaprobación que hoy registra Trump son más comunes en presidentes que ya han acumulado años de desgaste que en aquellos que apenas comienzan. En términos políticos, el reloj no volvió a cero: como que siguió corriendo donde lo dejó en 2020.

  1. El crédito político y el voto del “beneficio de la duda”

La evolución que captan las encuestas también obliga a observar con más detalle la composición de la coalición electoral que permitió el regreso de Trump al poder. Como ocurre en toda elección altamente polarizada, junto a un voto duro, ideológicamente comprometido y resistente a las decepciones, hubo otro segmento del electorado que optó por Trump más por descarte que por convicción. No fue un voto de adhesión plena, sino una apuesta condicionada, un beneficio de la duda concedido frente a la alternativa. En buena medida, un voto a él porque no habia de otras.

Ese tipo de apoyo es, por definición, frágil. No se sostiene en una identificación profunda, sino en expectativas moderadas y, a menudo, en la esperanza de que el ejercicio del gobierno atenúe la retórica de campaña. Cuando esas expectativas se ven frustradas en las primeras decisiones, el desencanto suele ser rápido y silencioso. No se expresa necesariamente en rupturas espectaculares, sino en una retirada gradual del respaldo, que las encuestas reflejan con nitidez.

La política migratoria ofrece un ejemplo ilustrativo. Sectores del electorado de origen inmigrante —o vinculados de manera directa a comunidades migrantes— respaldaron a Trump pese a su discurso duro, confiando en que la práctica de gobierno sería menos severa o más selectiva. La implementación inmediata y particularmente estricta de las medidas antiinmigrantes aparentemente disipó ese margen de duda en poco tiempo. El resultado no fue un quiebre abrupto, sino una pérdida progresiva de favorabilidad que se suma, semana tras semana, a la tendencia descendente registrada por The Economist.

  1. Lo que dicen —y lo que no dicen— las encuestas

Conviene evitar lecturas simplistas. Una variación de uno o dos puntos porcentuales en una medición semanal, tomada de forma aislada, no constituye un hecho extraordinario. Las encuestas fluctúan y ningún análisis serio se apoya en un solo dato. La clave está en la persistencia. Cuando esas variaciones se encadenan durante meses en la misma dirección, el mensaje deja de ser ruido estadístico y se convierte en señal política.

En ese sentido, el seguimiento semanal del medio referido ofrece una ventaja analítica importante: permite observar la erosión del crédito político en cámara lenta. Lo que emerge no es un electorado errático, sino uno que, sin prisa pero sin pausa, va retirando su respaldo. Esa dinámica es coherente con un gobierno que carece de una amplia reserva de apoyos blandos y que enfrenta, desde el inicio, una opinión pública ya endurecida.

Al mismo tiempo, estos niveles de desaprobación no son inéditos en la historia política estadounidense. Otros presidentes los han experimentado, especialmente en contextos de crisis económicas o de alta conflictividad. La diferencia aquí no es el nivel en sí, sino el momento en que aparece. Que ese desgaste se manifieste a los doce meses de iniciado el mandato, y no en su tramo mediano o final, es lo que vuelve el fenómeno particularmente relevante.

A este desgaste temprano del clima político se suma un indicador empírico proveniente del ambito económico. El informe de enero del Conference Board reportó un descenso pronunciado de la confianza del consumidor, con una caída de 9.7 puntos en un solo mes, hasta una lectura de 84.5, el nivel más bajo desde 2014. El daño no sólo sorporendió por su magnitud, sino tambien porque se ubicó muy por debajo de las expectativas del mercado, que proyectaba una caída más moderada, hasta 91.1. La sincronía entre este deterioro de las expectativas económicas y la evolución de la aprobación presidencial refuerza la lectura de un malestrar que trasciende lo estrictamente político. Cuando la confianza de los hogares retrocede con esta intensidad —incluso más allá de los mínimos observados el año pasado durante la imposición de fuertes aranceles—, el desgaste del liderazgo tiende a acelerarse.

Si un periodo presidencial de cuatro anos se comprimiera en un sólo dia, el segundo mandato de Donald Trump apenas habria superado las seis de la manana. Y, sin embargo, el desgaste que revelan las encuestas y la caida de las expectativas economicas se producen bajo un gobierno trepidante, conmocionante e incesantemente activo, cuyos efectos, medidos empiricamente, no logran traducirse en respaldo politico ni en una mejora sostenida de la confianza. Más bien, todo lo contrario.

Epílogo. En política, como en la economía, el tiempo es un recurso escaso y decisivo. No todas las presidencias comienzan en el mismo punto del reloj ni todos los gobiernos disponen del mismo margen para equivocarse. Puede sostenerse que, el segundo mandato de Donald Trump arrancó sin luna de miel y con una opinión pública ya exigente, con expectativas que comenzaron a corregirse más rapido de la cuenta, acortando desde temprano el horizonte de tolerancia.

Si es cierto que las encuestas no dictan el futuro, tambien lo es que delimitan el terreno sobre el que se gobierna. Y ese terreno, marcado por la erosion simultanea del respaldo politico y de las expectativas economicas, muestra a un presidente que ejerce el poder como si ya hubiera pasado el meridiano. Cuando el reloj politico no vuelve a cero, gobernar es desde el inicio una carrera contra el tiempo.

Reloj, no marques las horas.

Juan Tomás Monegro

Académico y consultor.

Economista, graduado en México. Académico y consultor. Doctorado en Economía. Ex viceministro de Desarrollo de Industria, Comercio y Mipymes, y ex Viceministro de Planificación en el Ministerio de Economía, Planificación y Desarrollo (MEPyD).

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