En un sistema internacional marcado por la fragmentación del poder, la erosión de normas compartidas y la recurrencia de crisis regionales, la estabilidad se ha convertido en un bien estratégico escaso. En ese contexto, la hipótesis de que República Dominicana tenderá a consolidarse como ancla de estabilidad regional, siempre que fortalezca su seguridad nacional, su política exterior y su control fronterizo, no es una afirmación retórica: es una proyección geopolítica condicionada. Su validez depende de factores internos —capacidad estatal, coherencia institucional— y externos —crisis vecinas, shocks energéticos, reacomodos de poder— que hoy confluyen con particular intensidad en el Caribe.
Un mundo en disputa y la securitización de la economía
La realidad global contemporánea ya no se explica por un orden unipolar estable ni por una multipolaridad cooperativa. Predomina, más bien, una multipolaridad conflictiva, donde las grandes potencias priorizan la eficacia estratégica sobre la legalidad internacional, utilizando sanciones, controles tecnológicos y energía como instrumentos de presión (Banco Mundial, 2025). Esta “securitización” de la economía convierte a los mercados, las rutas marítimas y las finanzas en extensiones del conflicto geopolítico.
En este entorno, los países pequeños y medianos sufren desproporcionadamente la volatilidad: no deciden el choque, pero pagan sus costos. Para el Caribe, altamente abierto y dependiente de importaciones energéticas, basta un aumento de la prima de riesgo o del seguro marítimo para trasladar tensiones globales a precios internos y estabilidad social (FMI, 2025).
América y el Caribe: crisis estructurales y presión sistémica
En el continente americano, la geopolítica se articula alrededor de cuatro ejes: seguridad, migración, energía y gobernabilidad. Las crisis de Venezuela y Haití no son episodios aislados, sino manifestaciones de una crisis estructural regional que actúa como multiplicador de riesgos. La diáspora venezolana supera ya los siete millones de personas, con impactos económicos y sociales sostenidos en los países receptores (OIM, 2024). Haití, por su parte, se aproxima a un umbral de colapso funcional, con violencia de pandillas, desplazamientos masivos y una capacidad estatal severamente erosionada (ONU, 2025).
A este cuadro se suma la agenda hemisférica de Estados Unidos, cada vez más orientada a la seguridad ampliada: control migratorio, crimen transnacional, energía y rutas estratégicas. Programas como la Caribbean Basin Security Initiative (CBSI) reflejan una cooperación intensa, pero también evidencian que la estabilidad regional es hoy un problema de seguridad compartida.
El conflicto entre Venezuela y Estados Unidos ha dejado de ser un expediente político para convertirse en un precedente estratégico hemisférico, donde confluyen sanciones, energía, migración y legitimidad internacional. Más allá de la retórica ideológica, lo sustantivo es la normalización de acciones coercitivas extraterritoriales y el debate abierto sobre su compatibilidad con el derecho internacional, en un contexto regional fragmentado que tensiona alianzas, polariza foros multilaterales y reduce el margen de maniobra de los Estados medianos.
Para la República Dominicana, el reto no es alinearse mecánicamente, sino sostener una política exterior de equilibrio inteligente: defender principios como la legalidad internacional y la solución pacífica de controversias, sin comprometer la cooperación estratégica que sustenta su seguridad y su economía. La credibilidad de un país que aspira a ser ancla de estabilidad regional depende de la coherencia entre discurso y práctica frente a estos precedentes.
Irán, energía y rutas marítimas: shocks que llegan al Caribe
Aunque geográficamente distante, la tensión en Irán impacta directamente al Caribe por la vía energética y marítima. Incidentes en el Estrecho de Ormuz, ejercicios militares y conflictos por intermediación elevan el riesgo percibido sobre el transporte de hidrocarburos, incrementando costos de seguros y volatilidad de precios (AP, 2025; Reuters, 2025). Para importadores netos como la República Dominicana, estos shocks se traducen en presiones fiscales, inflación y tensiones sociales si no existen amortiguadores adecuados.
¿Por qué la República Dominicana puede ser un ancla?
La noción de “ancla de estabilidad” no se reserva a las potencias. En geopolítica, un ancla es un Estado que, por su estabilidad política relativa, desempeño económico, control territorial y valor estratégico, reduce la incertidumbre en su entorno inmediato. En el Caribe, la República Dominicana reúne varias condiciones:
- Resiliencia económica relativa. Organismos internacionales proyectan crecimiento sostenido y estabilidad macroeconómica, incluso en escenarios de incertidumbre global (FMI, 2025; Banco Mundial, 2025). La economía dominicana no es inmune, pero sí más robusta que la de muchos vecinos.
- Ubicación geoestratégica. En el corazón del Caribe, con puertos, rutas aéreas y marítimas clave, el país es un nodo logístico y de seguridad regional.
- Capacidad institucional en evolución. Aunque con desafíos, la República Dominicana ha demostrado capacidad de adaptación en seguridad, control migratorio y cooperación internacional.
Las tres condiciones de la hipótesis
La hipótesis central es condicional. La República Dominicana tenderá a consolidarse como ancla si cumple tres condiciones estratégicas.
1) Seguridad nacional integrada
La seguridad ya no es solo militar o policial; es híbrida. Implica inteligencia financiera, control portuario, ciberseguridad, lucha contra el crimen transnacional y coordinación interagencial. La cooperación con socios —en particular Estados Unidos y el Caribe— es un medio, no un fin. El objetivo es convertir cooperación en capacidad soberana medible: decomisos efectivos, reducción de economías ilícitas y control del espacio marítimo (CRS, 2024).
2) Política exterior de principios y pragmatismo
En un hemisferio polarizado, la política exterior dominicana debe evitar tanto el alineamiento acrítico como la ambigüedad sin doctrina. Defender la legalidad internacional mientras se preserva la cooperación funcional es la ecuación. Un ancla regional no grita: articula. Su fuerza es la previsibilidad.
3) Control fronterizo con gobernanza
La frontera con Haití es el principal frente estratégico. El control es indispensable, pero insuficiente si no se acompaña de gobernanza: registro, salud pública, trazabilidad laboral y combate a redes ilícitas. La frontera debe ser menos informal y más administrada. La señal de control —infraestructura, tecnología, presencia estatal— es tan relevante como el control mismo.
Riesgos que pueden frustrar la consolidación
Tres factores podrían impedir que la hipótesis se materialice:
- Escalada haitiana más rápida que la capacidad de respuesta dominicana, convirtiendo la estabilidad en presión permanente (ONU, 2025).
- Shock energético prolongado derivado de tensiones globales que erosione la estabilidad de precios y el margen fiscal (FMI, 2025).
- Contradicciones institucionales internas, si las reformas de seguridad y gobernanza no se alinean con el Estado de derecho y la eficiencia administrativa.
Conclusión: una estabilidad que se construye
La República Dominicana no está destinada automáticamente a ser un ancla de estabilidad; puede convertirse en una. Su ventaja comparativa es la estabilidad relativa en un entorno en degradación. Pero en geopolítica, la estabilidad no se hereda: se administra.
Fortalecer la seguridad nacional, sostener una política exterior coherente y ejercer un control fronterizo efectivo y gobernado no son opciones aisladas; son los pilares de una estrategia de Estado. Si estos pilares se consolidan, la República Dominicana no solo resistirá las crisis del entorno: contribuirá activamente a amortiguarlas. Y en un Caribe sometido a presiones sistémicas, esa contribución es, en sí misma, un activo geopolítico de primer orden.
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