Nuestras democracias viven una paradoja difícil de ignorar. Nunca hubo tantos derechos escritos, tantas elecciones periódicas ni tantos mecanismos formales de participación. Y, sin embargo, pocas veces fue tan extendida la sensación de que las decisiones importantes se toman lejos, por otros y para otros.
La gente vota, opina en las redes y se indigna, pero siente que decide muy poco. Los derechos y las leyes abundan, pero el poder de la ciudadanía es más formal que real, es más simbólico que efectivo.
Latinobarómetro 2026 refleja esa brecha. El apoyo a la democracia en América Latina se mantiene en el 52%, pero el 76% no se siente representado por su parlamento y solo el 16% expresa mucha o alguna confianza en los partidos, En el plano global, el informe V-Dem 2026 estima que el 74% de la población mundial vivía bajo autocracias en 2025 y que, para el ciudadano promedio, la democracia había retrocedido a los niveles de 1978[1].
Los momentos de participación son episódico y puntuales, legitiman gobernantes, escogen representantes y delegan decisiones. Muchos sienten que la ciudadanía es un estatus que se posee, mientras el poder es algo que otros ejercen.
República Dominicana no escapa a ese cuadro. Según las cifras que recoge el sociólogo Wilson Castillo, el apoyo a la democracia cayó del 55% en 2024 al 47% en 2026. Señala que un 61% acepta cualquier tipo de gobierno con tal de que resuelva sus problemas y que casi siete de cada diez no se sienten representados por el Congreso[2]. Latinobarómetro registra, además, que solo el 20% expresa mucha o alguna confianza en los partidos políticos.
Un libro para repensar la acción colectiva
En Ciudadanía y poder: alternativas y desafíos para construir el poder desde abajo, publicado en 2025, Radamés Martínez examina cómo construir una ciudadanía capaz de impulsar y sostener transformaciones sociales. Su propuesta invita a repensar el poder como un derecho y una herramienta que la comunidad puede forjar desde abajo, superando la idea de que es un privilegio reservado a las élites.
La obra recrea discusiones y conversaciones con protagonistas ficticios que expresan experiencias y reflexiones del trabajo social. Los intercambios transcurren en espacios cotidianos: reuniones comunitarias, programas radiales, diplomados y grupos de WhatsApp.
El volumen incluye un prólogo de Guadalupe Valdez, cuya vida es un ejemplo de entrega a las luchas populares y a la defensa de los derechos de los más excluidos. Ella destaca la cercanía del libro con las experiencias comunitarias y su valor para la formación y la acción colectiva. Subraya el diálogo de saberes, la solidaridad y el fortalecimiento del tejido social como fundamentos de una ciudadanía capaz de transformar su realidad y construir una democracia más participativa e incluyente.
Las claves de un poder que se construye desde abajo
La ciudadanía, como la entiende Radamés Martínez, no es un carné que se porta ni el momento en que se vota en las urnas. Es una práctica cotidiana de pertenencia a una comunidad, de corresponsabilidad sobre lo común y de participación en las decisiones que definen su destino. Esa distinción atraviesa todo el libro y explica por qué tantos derechos escritos no se traducen en poder real.
La lucha de clases, por sí sola, ya no alcanza para leer el presente. El planteamiento de Ernesto Laclau de que ya no existe un sujeto privilegiado del cambio social, cuestionado en su momento al ser formulado antes de la caída del bloque soviético, cobra hoy mayor vigencia cuando las desigualdades económicas conviven con otras territoriales, de género, generacionales, étnicas, ambientales, que exigen estrategias y herramientas diversas.
Radamés no niega el peso de lo económico; pero sostiene que el marco clásico se quedó corto para articular el malestar de quienes no se reconocen únicamente como trabajadores; por lo que, sin ese ajuste, nos referimos a otro momento histórico.
La complejidad contemporánea exige nuevas y creativas formas de articulación política y social. Es el escenario está profundamente fragmentado. Los problemas y las necesidades se viven de forma bastante individual, operando como un archipiélago de reclamos sueltos. Las redes sociales dan visibilidad a las denuncias, pero no garantizan que las demandas se sostengan ni se conviertan en acción colectiva.
Los ecosistemas digitales suelen producir "llaneros solitarios" inmersos en burbujas virtuales, satisfechos con likes y seguidores, en lugar de forjar verdaderos actores colectivos capaces de sostener demandas y transformaciones reales. El resultado es un activismo virtual individual que casi siempre se agota sin acumular fuerza colectiva.
Hacen falta agendas comunes que articulen sectores y demandas diversas, sin suprimir la pluralidad ni imponer una organización única que asfixie las diferencias, sino definir objetivos que aglutinen intereses y voluntades diversas.
Para Radamés, el poder tiene valor por las transformaciones que permite. Lo define como “la capacidad de hacer cosas, a veces a pesar de la resistencia de otros”[3] y distingue entre poder electoral y poder ciudadano. El primero permite ganar elecciones, pero puede apoyarse en un descontento que reaparece si persisten los problemas estructurales. El segundo requiere una organización duradera, se esté o no gobernando. Propone vincularlos para que la participación electoral contribuya a una estrategia de cambio sostenida.
Esa estrategia exige alianzas amplias, objetivos de largo plazo y metas realizables. Los avances parciales permiten ganar confianza y acumular fuerza, mientras el sectarismo y la defensa de una supuesta pureza ideológica pueden impedir acuerdos.
La construcción debe arraigarse en lo local y conectar organizaciones comunitarias, universidades, centros de investigación y sectores socialmente comprometidos. Ese trabajo permite vincular las demandas cotidianas con una agenda nacional y reducir la dependencia de campañas intermitentes.
Radamés también subraya la dimensión emocional de la organización. Aunque las emociones pueden utilizarse para manipular; la alegría, el afecto y la solidaridad ayudan a construir comunidad. Su experiencia en los barrios le enseñó que las organizaciones deben parecerse a su gente, atender sus necesidades y lograr que esta se “enamore” de ellas.
Ciudadanizar la política significa recuperar su vínculo con las necesidades y capacidades de la sociedad, pero el clientelismo y los partidos convertidos en maquinarias electorales alimentan la antipolítica. Las candidaturas independientes pueden abrir oportunidades, pero su aporte depende de sus vínculos sociales y compromisos colectivos.
La cultura del “búscame lo mío” antepone el beneficio particular al bien común y fomenta la dependencia de favores. Esta crítica converge con la tesis de Wilson Castillo: la amenaza se incuba dentro del propio sistema; lo cual sucede a partir de la reproducción de tradiciones y prácticas clientelares, populistas y antidemocráticas.
Las iniciativas de economía solidaria y autogestión pueden generar ingresos para los hogares, afianzar la autonomía de las organizaciones y ofrecer respuestas colectivas a necesidades que, en ocasiones, el clientelismo aprovecha.
El conocimiento amplía esas capacidades. Radamés propone acercar la investigación a las demandas comunitarias, sistematizar las experiencias para aprender de ellas y promover un diálogo horizontal entre saber académico y popular, con universidades y organizaciones sin fines de lucro acompañando sin desplazar el protagonismo de las comunidades.
El escenario definitivo de esta convergencia es el territorio. El municipio debe ser una escuela de democracia por la proximidad ciudadana y por ser el principal frente para combatir la desigualdad territorial que frena el desarrollo humano.
La administración pública también puede abrir espacios de participación y fortalecer capacidades ciudadanas. Esto exige superar las trabas burocráticas y el verticalismo, coordinar instituciones y trabajar con las organizaciones sociales. La ciudadanía gana protagonismo al participar en la definición de políticas, acompañar su ejecución y exigir cuentas.
Del desencanto a la acción
La democracia dominicana necesita que la participación social incida en las decisiones públicas y en las condiciones de vida. Esto requiere organizaciones capaces de reunir voluntades e impulsar demandas que vinculen los problemas cotidianos con una agenda más amplia en la que cada conquista fortalezca la capacidad de alcanzar otras mayores.
La confianza ciudadana se consolida y la organización social se fortalece cuando la gente comprueba que actuar en común arroja resultados. Así ocurre cuando una comunidad consigue agua y exige la continuidad del servicio; cuando los vecinos logran incluir la construcción de una escuela en el presupuesto municipal participativo y luego vigilan su ejecución; o cuando un movimiento ciudadano conquista el 4 % del PIB para la educación y da seguimiento al uso de esos recursos. En cada uno de esos casos, la gente no solo obtiene una respuesta inmediata, sino que también aprende a defender y garantizar un derecho.
[1] Nord, M., Altman, D., Fernandes, T., Good God, A., y Lindberg, S. I. (2026). Democracy report 2026: Unraveling the democratic era? V-Dem Institute, Universidad de Gotemburgo, pp. 5, 8.
[2] Castillo, W. (2026, 10 de octubre). La democracia dominicana contra sí misma. Acento. https://acento.com.do/opinion/la-democracia-dominicana-contra-si-misma-9767406.html
[3] Martínez, R. (2025). Ciudadanía y poder: alternativas y desafíos para construir el poder desde abajo. Editora Búho, pp. 35.
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