En el mundo hay un país donde la ley tiene mala suerte: predomina quien la viola en la calle, quien la acomoda y vende en el Congreso y, en todo tiempo y lugar, quien no la hace cumplir.
En la calle
El motorista cruza en rojo, invade la acera, avanza contravía, se mete por donde no cabe. No pide permiso. Se declara excepción.
Su filosofía es brutal y honesta: primero yo, que llevo prisa; los demás, que se aparten.
¿La máxima del asfalto? El que hace de la excepción su regla asume que la calle es suya. Hasta que choca, lo chocan, tiene un accidente más o menos grave, o encuentra la muerte.
He ahí el chivo sin ley en su forma más primitiva.
No es un animal extraviado. Es un padre de familia y ‘ciudadano’ que a todos embiste y que convirtió la impunidad en estilo de vida.
Pero el martillo nietzscheano, de existir hoy día, no se habría quedado martillando cascos. Habría levantado el martillo hasta donde se fabrican las reglas.
Desde la curul
Antes se reconocía al “hombre del maletín”. Hoy hay que vigilar al legislador instrumental, porque juega y apuesta a todo y de todo. El primero compraba la ley desde afuera. El segundo la moldea desde adentro y la ciñe a su medida o a la de quienes apuestan a él.
Transforma la representación en coartada. La mayoría, en herramienta. Y la ley, en excusa de los suyos.
¿Toda ley votada es justa por estar votada? Qué cómoda superstición. La legalidad no convierte la conveniencia en virtud. Tampoco en legitimidad.
Máxima congresual: no toda ley es ley. A veces es un negocio con forma de artículo a la venta.
Una norma puede ser formalmente válida y moralmente sospechosa. Por eso hay que preguntar: ¿quién la promovió?, ¿a quién beneficia?, ¿qué interés la propuso y promovió?
Y por doquier
Falta el tercero. Quizás el más grave y decisivo. El que cualquier cambio prometido no cambia: el funcionario que juró cumplir la ley y la administra o no logra impedir que la gerencien como botín.
No la viola por prisa, como el motorista. No la reescribe por interés, como el legislador instrumental. La traiciona desde dentro, con sello y firma de edicto.
Es el guardián que abre la puerta en la noche o a plena luz del día. ¡Qué más da! La autoridad desautorizada.
Máxima del despacho: el que traiciona su juramento no rompe una norma. Rompe el pacto social y preserva su cargo.
Más de lo mismo
Y entonces, ¿qué hacen los tres?
El motorista reclama una excepción para sí.
El legislador instrumental redacta una regla para los suyos.
El funcionario perjuro convierte la excepción en sistema.
Uno desafía la norma. Otro la pone a su servicio. El tercero desdice incluso su propia palabra.
Tres chivos. Tres velocidades. Y una sola pedagogía: cuando el ciudadano ve que la ley es severa con el débil y flexible con el poderoso, aprende la peor lección: que respetarla es cosa de tontos.
Ahí empieza la catástrofe. No cuando alguien se salta un semáforo, sino cuando un país aprende, por experiencia propia, que la ley no es para todos: para unos se cumple y para otros se acomoda.
Moraleja
La carcoma cae sobre toda una nación debilucha, que se descompone y desintegra exponencialmente bajo una sobrepoblación de chivos sin ley en todos los niveles. Y tanto más estrepitosamente cuanto más callan los demás, mientras siguen viviendo muy orondos y embullados, eso sí, emplumados como vistosos avestruces.
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