La fotografía todavía no existe, pero ya podemos imaginarla.
Donald Trump y Delcy Rodríguez frente a las banderas de Estados Unidos y Venezuela. Quizás estrechándose la mano. Quizás sentados, al margen de la Asamblea General de Naciones Unidas. Bastaría una de esas imágenes para ocupar las portadas de buena parte del mundo.
No haría falta un comunicado conjunto ni el anuncio de un gran acuerdo. La fotografía diría lo esencial: Rodríguez llegó oficialmente a Nueva York, fue recibida por el presidente estadounidense y se sentó ante él como la representante efectiva de Venezuela.
Hace apenas unos meses, esa imagen habría parecido impensable.
Según medios internacionales, Trump intenta reservar un espacio en su agenda para reunirse con ella. Nada está confirmado: ni la Casa Blanca ni el gobierno venezolano han oficializado el viaje o el encuentro. Sin embargo, la posibilidad ya no circula como un rumor remoto. Se discute como parte de la agenda de la principal cita diplomática mundial.
Fue Trump quien abrió públicamente la puerta al negarse a descartar una reunión cuando se le preguntó por ella. Después llegaron las versiones sobre preparativos y espacios disponibles entre sus otros compromisos.
La eventual visita de Rodríguez a Naciones Unidas tampoco tendría carácter privado. Si finalmente viaja, lo hará en representación de Venezuela. Las controversias sobre la legitimidad de su gobierno seguirán abiertas, pero no cambiarán el carácter oficial de su eventual participación en la Asamblea General.
Existe, además, una diferencia entre permitirle entrar al país anfitrión para asistir a una reunión de Naciones Unidas y que el presidente estadounidense decida recibirla. Lo primero responde a obligaciones internacionales. Lo segundo constituye una decisión política.
Por eso, la reunión sería noticia, pero la fotografía sería el acontecimiento.
En diplomacia, una imagen puede comunicar lo que ningún comunicado se atreve a decir. Las declaraciones admiten reservas, condiciones y desacuerdos. Una fotografía, en cambio, comprime todos esos matices en una escena: dos figuras políticas, dos banderas y un mismo espacio.
La última vez que un presidente estadounidense y un gobernante venezolano se encontraron fue en 2015, cuando Barack Obama y Nicolás Maduro conversaron durante la Cumbre de las Américas en Panamá. Aquella imagen quedó como registro de un acercamiento que no logró modificar el rumbo posterior de la relación.
Una fotografía de Trump y Rodríguez tendría otro peso. Llegaría después de la captura de Nicolás Maduro, de meses de contactos entre Washington y Caracas y de negociaciones energéticas en curso. Más que el comienzo de un diálogo, mostraría la aparición pública de un vínculo que ya se ha venido construyendo.
También tendría significados distintos para cada audiencia. Para la Casa Blanca podría representar un resultado: una dirigente venezolana dispuesta a negociar. Para Rodríguez, sería la prueba más visible de su reconocimiento como interlocutora. Para sus adversarios, la fotografía de una legitimación concedida antes de una transición democrática.
La misma imagen permitiría todas esas lecturas. Una vez publicada, nadie controlaría del todo lo que otros vieran en ella.
Ahí reside el poder de las fotografías políticas: no solo documentan una realidad, también ayudan a crearla. El apretón de manos no resuelve quién tiene legitimidad, pero demuestra quién recibe trato de gobernante. No garantiza un acuerdo, pero confirma que existe una relación entre ambas partes.
Los preparativos atribuidos a ambas partes permiten anticipar el lugar, las banderas y el apretón de manos. Antes de que exista la fotografía, la escena ya circula en la imaginación pública.
La normalización no comienza con el apretón de manos. Comienza cuando el apretón de manos deja de sorprender.
La eventual fotografía sería la culminación visual de ese proceso. Rodríguez no aparecería entrando por una puerta lateral ni reuniéndose con un funcionario de segundo nivel. Estaría junto al presidente de Estados Unidos, con su nombre, su cargo y la bandera venezolana detrás.
Quizás el viaje no ocurra. Las agendas podrían no coincidir o el costo político podría resultar demasiado alto. Todo regresaría entonces al terreno de las versiones no confirmadas.
Pero algo ya cambió. Hace unos meses, la pregunta habría sido si una imagen semejante podía concebirse. Hoy la duda es si habrá tiempo para tomarla.
Antes de conocer la agenda, ya podemos imaginar la portada.
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