La procuradora Yeni Berenice Reynoso señaló en la prensa nacional (agosto 2026) que la violencia en República Dominicana no tiene como principal responsable al crimen organizado, se genera en la convivencia social. Destacó que la “contaminación sónica es uno de los principales detonantes de conflictividad social. Esto genera otras manifestaciones de conflictividad porque de ahí vienen las discusiones, las peleas, los heridos y, lamentablemente, los homicidios” (El Día, 13 de agosto de 2026). En su perspectiva, el ruido es un factor causal de la violencia porque genera conflictos que escalan en agresiones físicas y hechos lamentables.

Desde los estudios realizados sobre la violencia social en nuestra sociedad se reconoce su presencia en la interacción social marcando pautas de convivencia en los distintos ámbitos (familia, escuela, prácticas de  crianza, relaciones de género, espacios institucionales y públicos. Igualmente, se identifican factores causales estructurales que provienen de patrones de relaciones interpersonales marcados por el autoritarismo, desigualdad social, el machismo, el desconocimiento e irrespeto de los derechos de las personas y sus expresiones culturales diversas, entre otros elementos.

El ruido es una de las expresiones de violencia que inunda nuestra vida social. Desde la perspectiva antropológica, se analiza el ruido como resultado de violencia cultural, no como causa de la violencia. La violencia cultural produce ruido,  este  es simultáneamente síntoma y detonante, revela prácticas de imposición, dominación y ausencia de límites; es detonante porque esas prácticas, al manifestarse en el espacio social, generan conflictos que pueden terminar en violencia física.

En la sociedad dominicana, el ruido no se reduce a un fenómeno ambiental,  es una pauta social normalizada en la vida cotidiana. Su presencia constante en hogares de diferentes estratos sociales (pobres-medios) , barrios, campos y residenciales, playas, hoteles, parques, colmados, centros comerciales, vehículos, transporte público y espacios urbanos debe verse como una manifestación de violencia cultural profundamente arraigada. Esta afirmación encuentra sustento en diversos estudios antropológicos que han analizado cómo los sentidos, lejos de ser simples mecanismos biológicos, son construcciones culturales que reflejan relaciones de poder, formas de socialización y modelos de convivencia. En este sentido, el ruido no es solo sonido: es una práctica social que expresa y reproduce violencia.

La antropología de los sentidos, desarrollada por autores como David Howes, Constance Classen y Paul Stoller, muestra que la percepción sensorial es culturalmente moldeada. Howes (2005) cada sociedad produce “ecologías sensoriales” que organizan la experiencia del mundo y regulan la interacción entre los cuerpos. En el caso dominicano, esta ecología sensorial se caracteriza por una relación intensa con la música y el sonido, donde los límites entre expresión, celebración y agresión se vuelven difusos. Narváez (2015) profundiza en esta idea al definir el ruido como “violencia acústica”, entendida como una forma de agresión ejercida a través del sonido y, más específicamente, como la imposición de escuchar lo que no se desea. Esta imposición no es accidental: es un acto de poder simbólico que revela autoritarismo, jerarquías sociales, ausencia de límites y fragilidad en la convivencia.

Desde esta perspectiva, el ruido en nuestra sociedad no es la causa de la violencia, sino su resultado. Es la expresión audible de una violencia cultural que ya está instalada en las prácticas cotidianas. La música en alto volumen en hogares, colmadones, vehículos y comercios no es solo una costumbre: es una forma de interacción que se sostiene en la negación del otro, ocupación del espacio sensorial ajeno y  naturalización de la imposición. Pierre Bourdieu (1999) nombra este fenómeno como “violencia simbólica”: una forma de dominación que se ejerce de manera sutil, cotidiana y aparentemente legítima. El ruido, en este sentido, es una violencia simbólica que se vuelve física cuando afecta la salud mental y la estabilidad emocional de quienes lo reciben.

La normalización de la exaltación del volumen como signo de presencia social que violenta la diversidad de preferencias musicales e impone un género musical como ejercicio de poder entra en conflicto con el silencio, ausente en nuestras dinámicas sociales.

En República Dominicana, el ruido funciona como marcador territorial: quien controla el sonido controla el espacio. Esta lógica de dominación sensorial es una manifestación de violencia cultural que antecede y explica la conflictividad social. En espacios recreativos naturales se observa claramente este fenómeno: las personas visitan playas y balnearios con un “musicon” en alto volumen, sin reparar en que ya en el lugar hay música, u  otras personas que no necesariamente quieren escuchar música o no les gusta ese tipo de música. En el imaginario cultural se asocia “diversión -entretenimiento” con música en alto volumen.

Recientemente estuve en un restaurante y solicité que bajaran la música para  poder conversar con las personas que  me acompañaban. Me indicaron que tenía que hablar con la gerente, quien se negó indicando que el lugar era un espacio de “entretenimiento”.

La violencia acústica requiere políticas públicas que aborden sus causas culturales y su arraigo social.  La Procuradora ha propuesto un pacto de Estado contra la violencia y la criminalidad, y esta propuesta solo será efectiva si reconoce que el ruido es un resultado, no una causa, por lo que se requiere intervenir en las causas estructurales de la violencia e irrespeto de  derechos en la convivencia cotidiana.  Las campañas educativas deben apuntar a crear conciencia sobre los derechos ciudadanos desde el respeto a la diversidad y al otro, así como al reconocimiento de los efectos dañinos del ruido en el entorno social.

El ruido es una violencia que se escucha, pero también es una violencia que se aprende. Para desmontarla, es necesario intervenir en los espacios donde se reproduce: la familia, la escuela, los barrios, residenciales, colmados, comercios y entornos urbanos. La violencia cultural existente en la vida cotidiana, que produce ruido, debe ser cuestionada y atendida con políticas integrales.

Tahira Vargas García

Antropóloga social

Doctorado en Antropología Social y Profesora Especializada en Educación Musical. Investigadora en estudios etnográficos y cualitativos en temas como: pobreza- marginación social, movimientos sociales, género, violencia, migración, juventud y parentesco. Ha realizado un total de 66 estudios y evaluaciones en diversos temas en República Dominicana, Africa, México y Cuba.

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