En Sobre Dios, pensar con Simone Weil, Byung-Chul Han[1] propone un ejercicio poco frecuente en la filosofía contemporánea: pensar a Dios sin dogmatismo, sin teología sistemática y sin la pretensión de capturarlo conceptualmente. En lugar de todo ese ropaje, Han se aproxima a lo divino a través de la figura de Simone Weil, una pensadora radical cuya obra no se deja amansar ni por la filosofía académica ni por la espiritualidad convencional.
El resultado es, más que un libro, un breve ensayo, de esos a los que Han nos tiene acostumbrados. Esta vez, empero, denso en implicaciones, pues se mueve entre la mística, la ética y la crítica cultural. Y, al mismo tiempo, no se inhibe de engalanarse con referencias a figuras de la filosofía occidental —Sócrates, Platón, Kant, Agamben, Foucault, Steiner, Kierkegaard, Nietzsche, Heidegger, Kafka, Lévinas, Adorno y Benjamin—, que enriquecen el diálogo entre Han y Weil.
- Dios como ausencia y retirada
En términos generales, la obra explora la crisis de la religión y del espíritu, que, según el autor, se debe a causas profundas y estructurales: la saturación del yo, la violencia de la positividad , la pérdida de toda experiencia de alteridad, la pérdida del silencio, la erosión de la atención y la cacofonía mediática.
Han sintetiza su diagnóstico en una afirmación potente:
“No es Dios quien ha muerto, sino el ser humano al que Dios se revelaba”.
En ese contexto, Weil se convierte en una interlocutora viva para pensar el presente, una actualidad en la que Dios no aparece como una entidad metafísica ni como garante moral, sino como ‘aquello’ que irrumpe allí donde el yo se vacía, se retira y deja espacio.
Uno de los ejes más sugerentes del libro es la concepción weiliana de Dios como ausencia.
Han subraya que, para Simone Weil, Dios no se manifiesta mediante la plenitud, la fuerza o la presencia abrumadora, sino a través del retiro. La creación misma es entendida como un acto de renuncia divina: Dios se contrae para dejar existir al mundo. En palabras de Weil en La gravedad y la gracia: “Dios renunció a serlo, para que existiese lo que no es Él”.
La idea de la “descreación” —cercana a la kenosis cristiana y al tzimtzum de la mística judía— resulta profundamente contracultural en una época obsesionada con la visibilidad, la afirmación y el rendimiento.
Han ve en dicha teología negativa una poderosa crítica al narcisismo contemporáneo. Allí donde el sujeto neoliberal se expande sin límites, acumulando experiencias, opiniones y autoexposición, la idea de un Dios que se retira introduce una ética del límite, del silencio y de la espera. Pensar a Dios, siguiendo a Weil, no es tenerlo y apropiárselo, sino consentir en no poseerlo, en dejarlo ser.
No se trata de un objeto de conocimiento, sino de una relación que solo se da en la distancia.
Esa concepción es desarrollada con notable claridad por Han, quien conecta la mística weiliana con su crítica habitual a la sociedad del rendimiento. Dios, en Weil, no responde a la lógica de la eficiencia ni de la utilidad. No sirve para nada y, precisamente por eso salva, porque interrumpe la economía del intercambio, del mérito y de la recompensa.
- La atención como acto espiritual
Otro concepto central del libro es el de atención, una de las nociones más originales y exigentes de Simone Weil.
Han interpreta la atención como una forma de oración sin palabras, una disposición del alma que consiste en vaciarse de sí para acoger lo que es. Atender no es concentrarse con esfuerzo, sino suspender la voluntad, el deseo y la prisa.
En ese punto, Han encuentra en Weil una aliada inesperada para su crítica del régimen digital. La atención contemporánea está fragmentada, colonizada por estímulos, capturada por algoritmos. Frente a ello, la atención weiliana es radicalmente pasiva, abierta, vulnerable. No busca apropiarse del objeto, sino dejarlo ser. En términos espirituales, es una forma de amor sin posesión.
Han acierta al mostrar que esta atención no es solo una actitud religiosa, sino una ética del mundo. Atender al otro —especialmente al que sufre— es reconocer su existencia sin reducirlo a una función o a una identidad. Aquí, la idea de Dios se entrelaza con la justicia: Dios no se encuentra en la abstracción, sino en la mirada que no instrumentaliza.
III. Aflicción, mal y despersonalización
Uno de los capítulos más intensos del libro aborda la noción weiliana de aflicción (“malheur”), que Han distingue cuidadosamente del sufrimiento ordinario. La aflicción no es solo dolor físico o psicológico, sino una experiencia total de desarraigo, en la que el sujeto pierde incluso la capacidad de decir “yo”. Es una herida que atraviesa el alma y la deja sin palabras.
Al fin y al cabo, ya lo sabemos: no es Dios sino el ser humano al que hemos sacrificado en aras del esplendor del rendimiento y de la riqueza.
Han lee esa experiencia como el lugar extremo donde puede darse el encuentro con Dios, precisamente porque allí el yo queda anulado. Dios no consuela ni explica el mal; permanece en silencio. Por eso mismo —añado aquí, por motivos pedagógicos— Dios se mantiene en silencio, tal y como acontece cada Sábado Santo, litúrgico o no.
Ese silencio no es indiferencia, sino una forma radical de respeto por la libertad humana. Como diría José Saramago, “Dios es el silencio del universo, y el ser humano el grito que da sentido a ese silencio”.
En ese marco de referencia, la propuesta de Weil y Han desconoce la vigencia de los atributos clásicos de la divinidad; por ejemplo, la omnipotencia o la omnisciencia. Ellos ubican la manifestación de lo sagrado en la experiencia del vacío, la desnudez, el dolor y la belleza. No en vano, Weil sostuvo en su escrito Attente de Dieu que la belleza es la sonrisa de la materia y la contemplación estética es, por sí misma, una prueba de Dios.
En ese punto, el escrito alcanza una profundidad notable. Han no banaliza la aflicción ni la estetiza. Reconoce su carácter escandaloso y, al mismo tiempo, su potencia reveladora. En una cultura que medicaliza el dolor y busca eliminar toda negatividad, Weil —y Han con ella— nos obligan a pensar el mal sin redención fácil o entretenida.
Pero, precisamente en ese punto aparece la limitación más significativa —por no decir la más grave— del libro y, con ella, la reserva crítica que conviene formular.
- Lectura orientadora e incompleta
Byung-Chul Han privilegia una lectura contemplativa, casi ascética de Simone Weil, centrada en el vacío, la retirada y la pasividad. Pero al hacerlo, atenúa un rasgo decisivo de Weil, incómodo incluso para una filosofía crítica del presente: su radicalidad política y su compromiso con la justicia material.
Simone Weil no fue solo una mística del silencio y la atención. Fue también una pensadora obsesionada con la opresión concreta: el trabajo alienado, la violencia del Estado, la humillación de los cuerpos. Trabajó en fábricas, militó en sindicatos, se alistó en la Guerra Civil española, escribió sobre la necesidad de estructuras sociales que no destruyan el alma. En Weil, la atención no es solo espiritual: es una exigencia política.
Han, al leerla principalmente como antídoto frente al narcisismo contemporáneo, corre el riesgo de desactivar su filo subversivo. El vacío, la renuncia y la pasividad pueden convertirse —si se los separa de la justicia— en una ética de la resignación. Weil, en cambio, nunca aceptó que el sufrimiento fuera simplemente contemplado. La atención al afligido —para no escribir aquí lo que corresponde hoy día: al empobrecido, al sojuzgado y al inmigrante— implica una responsabilidad activa, incluso cuando no hay solución.
Además, Han parece sugerir, en algunos pasajes, que la disolución del yo es en sí misma liberadora. De ahí su “regreso a los orígenes”, no en el sentido de Hans Urs von Balthasar, sino en clave de comprensión oriental. Pero en Weil, el yo debe desaparecer solo para que la verdad y la justicia puedan pasar a través de él, no para que el mundo quede intacto.
En verdad, Simone Weil no pensó a Dios como un refugio frente al mundo, sino como una exigencia insoportable dentro de él. Dios no libera de la historia, sino que intensifica la responsabilidad en ella. En su pensamiento, la gracia no anula la gravedad; la atraviesa.
Byung-Chul Han ofrece una lectura bella, precisa y profundamente sugerente de Weil, pero al hacerlo corre el riesgo de armonizar en exceso una figura que fue esencialmente disonante. Weil no buscaba consuelo ni equilibrio. Buscaba verdad, incluso cuando esta desgarraba. Con razón Albert Camus afirmó que ella era el único gran espíritu de nuestro tiempo.
Reconocido el límite del nuevo ensayo de Han, conviene añadir que Sobre Dios pensar con Simone Weil es un libro necesario, pero no suficiente. En un tiempo de ruido, velocidad y autoafirmación, invita a pensar a Dios —y al otro— desde el silencio, la atención y la retirada del yo. Sin embargo, leer a Simone Weil exige algo más que contemplar su mística: exige aceptar su incomodidad radical.
Pensar a Dios con Weil no es solo vaciarse, sino dejarse atravesar por una exigencia de justicia que no admite atajos ni sublimaciones espirituales. Dios no aparece como refugio frente al mundo, sino como una presión insoportable dentro de él. Allí donde el dolor es irreductible y la injusticia concreta, la gracia no consuela: obliga.
Tal vez ahí —en esa herida que no cierra, como el costado abierto de Jesús en la cruz— resida lo que aún escapa a la lectura de Han y, sin embargo, nos concierne de manera decisiva: que pensar a Dios desde la herida no es un gesto contemplativo, sino una forma extrema de responsabilidad. Y que, mientras esa herida permanezca abierta, el pensamiento y la respuesta no pueden darse por concluido.
[1] Este nuevo ensayo de Han está disponible en castellano gracias a la editorial Paidos, desde el pasado mes de octubre 2025.
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