La historia política dominicana del último medio siglo no puede comprenderse sin detenerse en el punto de inflexión que se produce a partir del año 1990.
Fue entonces cuando, como sociedad y como sistema político, evitamos definitivamente deslizar al país hacia una salida autoritaria o ideológicamente radical semejante a la que se consolidó en Cuba, Nicaragua o, años más tarde, en Venezuela.
No fue un accidente ni una casualidad: fue el resultado de una acumulación de experiencias históricas, de errores costosos y de decisiones políticas conscientes.
Ya antes de ese momento, Juan Bosch había dejado claramente definido el rumbo que debía seguir el país. En una conferencia ante la Cámara Americana de Comercio, puso los puntos sobre las íes: afirmó que el Estado no existe para hacer negocios y anunció que, de ganar las elecciones, impulsaría la privatización de las empresas públicas.
A ello se sumó un gesto político de gran significado internacional. En 1989, Bosch viajó a Washington junto a Leonel Fernández y Euclides Gutiérrez Félix, donde sostuvieron encuentros en el Departamento de Estado. Allí, Bernard Aronson, durante la administración de George Bush padre, les garantizó que, en caso de triunfo electoral, un gobierno del PLD contaría con el apoyo y el reconocimiento del gobierno de los Estados Unidos.
En 1990, los resultados electorales reflejaron una fragmentación inédita del voto entre los principales líderes históricos y sus respectivos partidos. Joaquín Balaguer, José Francisco Peña Gómez, Juan Bosch y Jacobo Majluta encabezaban fuerzas políticas con arraigo real, pero ninguna alcanzó la mitad más uno de los votos.
La legislación electoral vigente aún no contemplaba el sistema de doble vuelta, de modo que la elección presidencial, congresional y municipal se resolvía en una sola jornada. Esa regla permitió que Joaquín Balaguer resultara favorecido por la división de la oposición, aun sin contar con una mayoría absoluta del electorado.
Sin embargo, esos resultados no pueden analizarse de manera aislada. Treinta años antes, el país había salido de la dictadura de Rafael Trujillo sin una transición democrática ordenada.
El 20 de diciembre de 1962, el Partido Revolucionario Dominicano, unido y dirigido por Juan Bosch, ganó las elecciones con más del 60 % de los votos frente a una coalición encabezada por Viriato Fiallo desde la Unión Cívica Nacional.
Bosch sabía que no iba a ganar; su objetivo era diferenciar al PLD del PRD y dejar claro, especialmente ante los campesinos y los sectores populares, que se trataba de un partido distinto
Aquel gobierno democrático se instaló el 27 de febrero de 1963, pero fue derrocado apenas siete meses después, el 25 de septiembre de 1963.
A partir de ahí se abrió uno de los períodos más traumáticos de nuestra historia contemporánea. Se impuso un triunvirato ilegítimo y, el 24 de abril de 1965, estalló una guerra civil cuyo eje central era el retorno a la Constitución de 1963 y al gobierno legítimo derrocado.
El 28 de abril de 1965 intervinieron las tropas de los Estados Unidos, bajo el argumento de que podía establecerse un régimen comunista en la República Dominicana.
Esa justificación fue falsa entonces y sigue siéndolo hoy. Lo que correspondía era restablecer el gobierno democrático, pero eso no ocurrió.
Tras un año de ocupación y administración tutelada, el país fue gradualmente estabilizado y el 1 de junio de 1966 se celebraron elecciones. Joaquín Balaguer resultó electo frente a Juan Bosch y Rafael Bonelli, en un contexto político condicionado por la intervención extranjera reciente y por severas limitaciones a la competencia real.
Con esa victoria se inició el período conocido como los Doce Años de Balaguer, durante el cual el poder se ejerció con una oposición débil, reprimida o ausente.
Esa dinámica se reflejó en las elecciones de 1970, cuando el PRD, todavía dirigido por Juan Bosch, se abstuvo de participar. Balaguer compitió prácticamente solo, acompañado de partidos de menor importancia.
El mismo patrón se repitió en 1974, cuando el PRD, ya sin Bosch en su dirección y con Antonio Guzmán como candidato, volvió a abstenerse. Balaguer continuó en el poder sin una competencia efectiva.
El verdadero cambio comenzó en 1978, cuando el PRD decidió competir y logró la victoria con Antonio Guzmán. En esas elecciones participó también el Partido de la Liberación Dominicana, encabezado por Juan Bosch.
Bosch sabía que no iba a ganar; su objetivo era diferenciar al PLD del PRD y dejar claro, especialmente ante los campesinos y los sectores populares, que se trataba de un partido distinto.
A partir de ahí, el PLD inició un crecimiento gradual que se reflejó en 1982 y 1986, hasta convertirse en una fuerza decisiva en 1990.
La importancia de 1990 radica en lo que ocurrió después. Aunque en 1994 el voto del PLD se redujo, entre 1990 y 1994 el partido vivió un proceso profundo de depuración interna. Durante los años previos se habían incorporado al PLD grupos e individuos provenientes de la izquierda, incluidos sectores sindicales y militantes con simpatías hacia la revolución cubana y la revolución sandinista en Nicaragua. Entre 1991 y 1992, Juan Bosch aprobó y, en buena medida, impulsó la salida de esos sectores.
Esa decisión definió de manera definitiva el rumbo del PLD. Se descartó cualquier posibilidad de radicalización ideológica y se consolidó una conducción colegiada.
Bosch permaneció como líder histórico, pero el peso político efectivo pasó a un equipo integrado por Temístocles Montás, Danilo Medina, Euclides Gutiérrez Félix, Norge Botello, Leonel Fernández y otros dirigentes que marcarían el futuro del partido.
No fue un accidente ni una casualidad: fue el resultado de una acumulación de experiencias históricas, de errores costosos y de decisiones políticas conscientes.
A partir de ese momento, el PLD se convirtió en una opción real y final de poder. Estableció una relación política pragmática con Joaquín Balaguer y participó en la implementación de reformas económicas clave para la estabilidad del país.
Esa cercanía permitió el desenlace de 1996, cuando Leonel Fernández llegó a la presidencia mediante el llamado Pacto Patriótico, firmado públicamente por Balaguer y Bosch, con constancia en la prensa escrita y en los registros audiovisuales de la época.
Visto en perspectiva histórica, queda claro que a partir de 1990 la República Dominicana tomó una decisión fundamental.
Se descartó definitivamente el camino de la radicalización ideológica y se optó por una democracia imperfecta, pero funcional, compatible con las libertades públicas, la alternancia y los principios que sostienen al Occidente democrático.
Así fue como evitamos convertirnos en otra Cuba, otra Nicaragua o, más tarde, otra Venezuela. No por azar, sino como resultado de decisiones políticas concretas tomadas en el momento justo.
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